02. El sí de cada no
La superstición de la paloma

Columna publicada en la edición en papel del número 177 de Diagonal.

02/07/12 · 10:28
Edición impresa

En la película Mr. Nobody, de Jaco
Van Dormael, asistimos a un experimento
conocido. Una paloma
acciona una palanca y por un pequeño
ventanuco se le suministran
semillas para comer. Como la mayoría
de los seres vivos, la paloma
asocia en seguida el accionar la
palanca con la recompensa. Pero a
continuación un temporizador
suelta la comida de forma automática
cada 20 segundos. La paloma
se pregunta: “¿Qué he hecho para
que me la den?”. Si en ese momento
estaba aleteando, continuará
aleteando, convencida de que
sus actos tienen una influencia decisiva
en lo que ocurre. Lo
llamamos superstición de la paloma.

Ha venido la crisis, el temporizador
ya no proporciona comida
sino hambre, pero seguimos
aleteando, como si en cualquier
momento eso fuera a traernos de
vuelta el plato de semillas. Aún
hoy se recuerda a las palomas que
dijeron: quien pone el plato de comida
no es libre de ponerlo cuando
quiere ni cuando la paloma
mueve las alas. El sustento de millones
de trabajadores y trabajadoras
no depende de que algunos
se reúnan y fijen un precio y una
tasa de ganancia. Su sustento depende
de un mecanismo –capitalismo–
que obliga a destinar una
parte cada vez mayor de la plusvalía
al capital fijo, con la interesada
mediación del capital financiero,
de manera que cada cierto
tiempo la retribución de la clase
trabajadora se quiebra y surge la
sobreproducción. Entonces caen
palomas; entonces, con violencia,
se amplía el número de lugares y
plazas donde ir a apresarlas y
también se vuelven a extraer recursos
del planeta que va quedando
exhausto.

Algunas palomas vuelven a obtener
un plato de comida pero
muchas caen, la comida empeora
y lleva ya su parte de veneno. No
se trata de aletear, se trata de derribar
las jaulas y organizar la manutención,
porque “los capitalistas no
son libres (Brecht) para fabricar
tantos trajes como sean necesarios.
Sólo pueden fabricar tantos trajes
como admite el mercado”. Sólo son
libres cuando eligen y refuerzan el
sistema que obliga a enloquecer
palomas. Dejemos, por tanto, el
discurso de la codicia y la falta de
responsabilidad y la estupidez del
temporizador. Los temporizadores
no razonan. Podemos apagarlos,
dejarlos atrás. Llamamos a esto:
revolución.

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