DOCUMENTAL 'A RAS DEL SUELO'
La soledad del vecino de arriba

Alberto García-Ortiz y Agatha Maciaszek, jóvenes cineastas de Lavapiés, recrean en ‘A ras del suelo’ la lucha de los vecinos del barrio por ser tenidos en cuenta en el continuo proceso de transformación y rehabilitación de sus lugares comunes.

24/05/07 · 0:00
Edición impresa

Los directores se centraron
originalmente
en retratar el estado
de abandono y 
surrealismo del Centro de
Salud de la calle Tribulete,
pero ante la negativa de las
autoridades del centro a dejarles
filmar dentro, decidieron
salir a la calle y que los
vecinos hablaran. A partir de
ahí, distintos habitantes del
inconfundible ecosistema
urbano de Lavapiés (desde
los obreros de la construcción
que resisten bajo el sol
día a día hasta los ancianos
del barrio, pasando por los
borrachos y ‘tiradillos’ de su
plaza, donde hasta los perros
hablan) toman la palabra y
el espacio y se convierten en
protagonistas que se van encontrando
e interactúan.
Todos filmados a ras del suelo,
en un proceso de rodaje
que se prolonga a los tres
años de duración. “Nuestra
idea”, afirman los directores,
“era partir de ese tema local
para mostrar algo universal:
la transformación de los espacios
públicos, el eterno
abismo entre los vecinos
descontentos y los políticos”.

Brochazos de hormigón

Desde lo alto y acariciado
por los reflejos de la luna o
los rayos de sol, en el barrio
de Lavapiés se configura un
hermoso mosaico. Pero sus
tejados coloridos y sus floridas
terrazas sufren la invasión
de monstruos de hormigón,
sin alma y sin color, que
irrumpen en el paisaje sin
que nadie los haya pedido.
El último y controvertido esperpento
es el Teatro Valle-
Inclán. El largometraje escenifica
a la perfección cómo
las autoridades políticas sólo
se presentan en el barrio el
día de una inauguración
(aunque sea de la misma plaza
en la que se reúnen diariamente
los vecinos), cortan
la cinta y se marchan. Y la vida
en el barrio vuelve a su ritmo
a la misma velocidad a la 
que escapan los Mercedes
tintados de las caceroladas y
las protestas vecinales. Y es
que el film, nacido como testigo
militante de la lucha vecinal,
acaba convirtiendo la
lucha en un pretexto para indagar
en la vida cotidiana del
barrio y sus gentes.

Autogestión y copyleft

El documental tiene una licencia
copyleft, y se puede
descargar desde la web 
arasdelsuelo.net. Además,
Agatha nos comenta: “ahora
vamos a sacar el DVD, porque
la gente nos pregunta
cómo conseguirlo y, aunque
esté en internet, mucha gente
lo quiere tener”. El largo
rodaje de A ras del suelo fue
muy enriquecedor: “Tras
hacer un primer montaje,
nos entraron más ganas de
adentrarnos en el barrio.
Hacer un vídeo muy militante
se nos quedaba corto. Ya
llevábamos mucho tiempo
grabando manis, eventos
detrás de colectivos... y estábamos
cansados. Así que
buscamos hacer política pero
sin dar mensajes evidentes.
Podemos grabar una 
conversación o una mirada
hacia el barrio o hacia la
gente que está hablando y
eso es política igual. Se le cede
todo el protagonismo a la
gente. La elaboración fue
también un proceso de
aprendizaje para nosotros”.
El proyecto contó con una
“financiación cero”, ya que
los mismos directores se organizaron
solos. “Con apoyos
hubiera sido de otra manera,
pero nosotros no buscamos
tampoco ningún tipo
de apoyo; lo quisimos hacer
a nuestra manera. Fue una
apuesta por la libertad total.
Si tienes una productora detrás,
te va a meter mano de
alguna forma”.

Filmar a ras del suelo

Enfrentarse a una cámara no
es una situación cómoda, así
que el método de rodaje (con
largas sesiones de grabación
y ninguna prisa) les permitió
grabar a los vecinos de la forma
más natural. “Por ejemplo,
la cuadrilla de obreros
(todos inmigrantes, salvo el
encargado) estaba todo el
día al sol. Fuimos acercándonos
a hablar con ellos, les
fuimos preguntando y al
principio se sentían bastante
incómodos, pero poco a poco
fueron actuando sin preocuparse
de la cámara. La
gente coge confianza a los
pocos días”. Agatha reconoce
que “a mí el tipo de documental
de acercarte a una
persona y hacerle una entrevista
rápida no me llama. Y
en estas escenas asoma una 
sabiduría popular y un humor,
cuando la gente se pone
a hablar en su barrio, al
salir de su casa... puede ser
lo más cotidiano del mundo, 
pero es muy bonito captarlo.
Y es que parece que para hacer
un documental te tienes
que ir a la selva amazónica,
a lo exótico, y mira todo lo
que esconden las historias
más cercanas y cotidianas”.

Una mañana con Carmen

Nos encontramos en el barrio para charlar con la codirectora del largometraje y Carmen Felipo, una de sus protagonistas. En el edificio donde vive Carmen ella es la única española. El barrio, en el que nació hace casi 80 primaveras, le ha enseñado todos los valores del respeto. Ella escucha cómo «los morenitos» le dicen «guapa» y «cariño» y agradece los piropos con su sonrisa. Y siente la herida del racismo contra los inmigrantes: «Cuando les abres la puerta o les atiendes, se quedan cortados... No están acostumbrados a que la gente les trate así». También se muestra muy sensible con los «borrachines» de la plaza. Se considera una mujer rebelde, y ciertamente en su generación no se encuentran muchos casos de mujer soltera que se ha gestionado siempre sola: «La mujer sólo estaba para cocinar y procrear. Yo no me he casado, ¿para qué?». De joven «era muy guapa, y venían mucho pero sólo a ligar... y yo tenía un romanticismo muy para mí sola».

Cada día se levanta temprano para escribir versos, y tiene publicado un libro de poemas, Cuando el corazón habla. La vida le ha  enseñado a desconfiar de la mentira con mayúsculas, la de los medios de comunicación y los políticos... Le preguntamos por las elecciones del 27-M: «Yo no voto ya. ¿Para qué? Si son todo mentiras». Reconoce que votó alguna vez «a los socialistas» cuando estaba Felipe. Pero en su vida ya no entran los políticos: «Todos vienen a llenarse los bolsillos, y entre ellos van cambiando». De los lugares del barrio, el que mas prefiere es la calle Argumosa, porque le gusta ir donde está la juventud. «La gente mayor no quiere avanzar, y con los curas calentándoles la cabeza... No me siento identificada con la gente de mi edad. Prefiero a los jóvenes». 

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