“La rabia individual es fácilmente asumible por el sistema”

Constantino Bértolo, director de Caballo de Troya, es un editor extraño: cuando habla de edición no elude nunca la escena de lo político.

13/01/11 · 6:37
¿Qué papel cumples dentro de un grupo como Random House?

Caballo de Troya supone para la
multinacional a la que pertenece,
Random House Mondadori,
una especie de “invernadero” o
laboratorio centrado en el trabajo
de exploración hacia nuevos
autores, nuevas voces y nuevas
literaturas, con el objetivo interno
de encontrar escritores que
en algún momento pudiesen nutrir
a las editoriales literarias,
Mondadori, Lumen, con mayor
peso y visibilidad dentro del grupo.
Ése es el objetivo marcado
que conlleva un dato colateral,
pero básico: la empresa no pide
al proyecto beneficios económicos

directos. Éste es para mí el
“rasgo diferencial” del proyecto,
porque este dato es el que permite
leer los originales que llegan
sin atender a criterios de
rentabilidad a corto plazo. Eso
supone un “leer diferente”. No
digo que mejor: diferente.

Hasta qué punto eres libre de
editar lo que quieres. ¿Hay algún
límite? ¿Dónde está?

No, no soy tan ingenuo como para
creerme que soy un editor libre.
Tampoco soy un editor independiente,
por mucho que la
editorial haya buscado situarse
en ese perfil. Soy un editor, un
director literario, con autonomía
relativa a la hora de leer y decidir
la programación. Pero autonomía
no es soberanía. La autonomía
es siempre el resultado
de un desequilibrio en la relación
de fuerzas: se es autónomo
respecto a un poder superior. Sé
que el trabajo de la editorial tendrá
sentido para la empresa
siempre y cuando cumpla con
sus objetivos: el trasvase en un
número razonable de autores a
las editoriales que soportan con
más fuerza la exigencia de rentabilidad.
Ése es el pacto, si de
pacto puede hablarse existiendo
una relación laboral por el medio.
Y lo que trato de editar, de
“hacer público”, es una literatura
con vocación de intervenir y
con voluntad de interpelar.

¿Sería tu trabajo distinto en
una editorial sin grupo?

Sería radicalmente distinto. En
un gran grupo, los beneficios
directos o indirectos pueden establecerse
desde una estrategia
económica a medio plazo. Con
capital propio, y salvo que uno
sea rico por su casa –suelo afirmar,
medio en broma, que para
ser editor lo mejor es ser catalán
y rico–, el negocio editorial
obliga a trabajar con toda una
serie de variables económicas
que determinan en buena parte
el criterio editorial.
Trato de ser, en lo posible, un
editor “pendiente”. Pendiente de
lo que entiendo que esta sociedad
reclama más allá o por debajo
de sus demandas domesticadas
y prefabricadas. Pero confieso
que a veces tengo nostalgia
de la dependencia económica directa.
La rentabilidad funciona,
queramos o no, como brújula de
la actividad, de cualquier actividad.
En realidad es la única brújula
legitimada en nuestra sociedad.
He tenido que establecer
otra: el número de originales
que me llegan me sirve para
ponderar su recepción.

Parece que trabajar para el capital
es un problema con el
que se debe enfrentar todo escritor/
editor que cobra por su
trabajo, ¡¡pero...!!

Bueno, lo que hemos venido llamando
arte y literatura son
construcciones históricas profundamente
ligadas a las castas
sacerdotales, ya religiosas, ya
políticas. Arte y literatura son
producto del “excedente”
e históricamente
han contribuido a
que ese excedente siga gestionado
por unas clases dominantes
que entienden el arte como un
espejo, en plan madrastra de
Blancanieves, donde verse como
los más guapos, superiores,
y legitimados para ejercer su poder.
De forma brutal podríamos
decir que la literatura ha venido
suministrando los textos de autoayuda
necesarios al respecto y
este reflejo sólo ha sido puesto
en duda cuando los movimientos
de emancipación pusieron
en cuestión su hegemonía.
Frente a esa amenaza, las clases
dominantes reaccionaron y siguen
reaccionando con enorme
agresividad estética: la política
nada tiene que decir sobre el
arte. La burguesía siempre ha
pagado a sus sacerdotes, bien
a través del mecenazgo, bien a
través del mercado.

La proliferación de editoriales
y pequeñas librerías, esta apertura
de macroespacios institucionales
(Matadero, Casa
Encendida, etc.) o mixtos
(Tabacalera) a prácticas culturales
más o menos críticas,
incluso a la intromisión de los
movimientos, ¿a qué puede responder?
Uno, a veces, piensa
que nuestra producción cultural
es estructuralmente inofensiva
y que no hace sino canalizar
y moderar la rabia.

No me preocupa tanto la canalización
de la rabia como la domesticación
de la imaginación
que la institucionalización de las
actividades críticas puede representar.
Si esto fuera una guerra
–y para mí la lucha de clases lo
es– hablaríamos de maniobras
de diversión en las retaguardias
dando cancha a los pacifistas y
opositores internos para que no
se les ocurra lo necesario: pasarse
al enemigo. La rabia individual
es fácilmente y favorablemente
asumible por el sistema,
incluso por la televisión; la rabia
grupal, llamémosla punk, mientras
se oriente a okupar espacios
en barbecho
, requiere mayor vigilancia,
pero no parece capaz
de generar altos riesgos (salvo
que se dedicase a okupar bancos,
cuarteles o empresas). Lo
peligroso para el sistema es la
rabia colectiva organizándose
para el asalto y a ese respecto no
deja de ser llamativo –llega con
comprobar qué memoria se está
forjando de la Guerra Civil– el
fomento por doquier, por tierra,
mar y letra, de la sospecha y el
descrédito hacia las organizaciones
de clase, incluso y muy especialmente,
en el seno de los
movimientos sociales.

Los restos del aura
_ Constantino Bértolo es uno de los
fundadores de la Escuela de Letras,
la primera de este tipo creada en
Madrid. Como referencia política de
la edición en español, Bértolo cree
que, a pesar de la situación de crisis
económica la burguesía está
atravesando su Siglo de Oro «con la
imposición sin aparentes alternativas
de su lógica constituyente: la lógica
de la rentabilidad. Ocurre sin embargo
que el avance de esta lógica, la
ola neoliberal, crea toda una serie
de contradicciones: si ya todo es
mercancía, lo sagrado -el arte-
deja de tener lugar y los sacerdotes
quedan secularizados, es decir, convertidos
en productores de fetiches,
todavía portadores de los restos del
aura pero desposeídos por tanto de
sus tradicionales privilegios».

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