PASEO POR EL FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE DE DONOSTIA
A la espera de esa gran película...

Del 15 al 24 de septiembre se celebró el Festival Internacional de Cine de Donostia, 10 días de
maratonianas sesiones de cine que configuran una oferta abrumadora entre películas,
presentaciones, coloquios y encuentros de diversa índole. Ante la imposibilidad de dar cuenta
de la totalidad del Festival, las líneas que siguen son un relato personal y necesariamente
incompleto de algunas de las cosas más interesantes que se pudieron ver durante esos días.

17/05/06 · 22:06
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Este año han llovido las críticas
sobre una poco estimulante
Sección Oficial, a la
que, a la cola de los grandes
festivales (Berlín, Cannes y
Venecia), le cuesta encontrar
una selección de películas de
altura. Los días pasan esperando
ver ‘esa’ película que
salve el Festival. A falta de
obras maestras, ahí van algunas
sugerencias que en
breve llegarán (o no) a las
carteleras.

Vuelve el realismo social

Las películas españolas que
más gustaron transitan por
el camino recurrente del cine
social. 7 vírgenes, de Alberto
Rodríguez (El traje),
cuenta las 48 horas de permiso
de un adolescente
(Juan José El Bola Ballesta)
internado en un reformatorio.
Una película humilde y
honesta hecha con la intención
de mostrar que, en palabras
de su director, “en este
país no sólo hay gente de
clase media que vive bien.
También existe otra realidad
oculta tras esos personajes”.
Por su parte, Malas
temporadas, de Manuel
Martín Cuenca (La flaqueza
del bolchevique) inserta a
sus personajes en un Madrid
duro, en una realidad
desquiciante en la que tienen
que sobrevivir. Buena
profundidad en los personajes
aunque de cada uno de
los temas, por ser muchos,
quede tan sólo un boceto
pendiente de mayor elaboración.

Entre el documental
y la ficción

Los límites entre el documental
y la ficción se difuminan
en Sud Express (de
Chema de la Peña y Gabriel
Velázquez), que sigue el trayecto
de un tren que atraviesa
la Península desde Lisboa
hasta París. ¿Qué historias se
esconden tras los paisajes
que atraviesa? Un ingenioso
trabajo que comenzó como
un documental y que sus directores
acabaron transformando
en ficción para poder
recrear todos esos fragmentos
de vida.

Aguaviva, de Ariadna Pujol,
pertenece a esa nueva
tendencia del documental de
creación que pasa de lo periodístico
a lo antropológico:
la cámara está presente en
las conversaciones, se mezcla
entre la gente, discreta,
observadora. Documental de
la escuela de José Luis Guerín,
Aguaviva comparte muchos
elementos con su predecesor
El cielo gira: si en el
primero Mercedes Álvarez
volvía a su pueblo natal a recoger
la desintegración de
las aldeas castellanas, Ariadna
Pujol llega también a una
comunidad rural, pero en
proceso de repoblación con
familias inmigrantes. En ambas
hay retrato y escucha,
pero Aguaviva resulta demasiado
similar a El cielo
gira; las conversaciones carecen
de carga suficiente
para mantener el interés y
la narración se hace lenta.

Luz sobre la guerra

El año pasado, una pequeña
película argentina, Iluminados
por el fuego, se presentó
en bruto en el Festival. Concurría
en Cine en Construcción,
sección en la que se
muestran películas inacabadas
en busca de productor, y
que supone un balón de oxígeno
para muchas obras de
países latinoamericanos. Iluminados
ganó el premio de
la sección, consiguió financiación
y este año concurrió
en la Sección Oficial. La película,
dirigida por Tristán
Bauer, vuelve la vista hacia
un episodio deshonroso, la
guerra de las Malvinas, para
contarlo desde el punto de
vista de jóvenes que fueron
reclutados para combatir en
una guerra suicida, que volvieron
a casa en la más absoluta
soledad y nunca fueron
considerados víctimas de la
dictadura. La incomprensión
de la sociedad y la experiencia
de la guerra ha motivado
que, como señala su director,
“en Argentina son más los
muertos que hay por suicidio-
superan los 300- que los
que murieron combatiendo”.

Destellos de cine

A cock and bull story, de
Michael Winterbottom, y la
checa Algo parecido a la felicidad,
de Bohdan Sláma, representaron
las dos caras de
la moneda de la Sección
Oficial. La primera supuso la
reconciliación de Winterbottom
con la crítica, que saludó
su irónico ejercicio de cine
dentro del cine, pero se
fue con las manos vacías del
Festival. La segunda, historia
de amor y retrato de la vida
de los vecinos de un bloque
de viviendas de una deprimida
ciudad industrial, fue ignorada
por los cronistas, que
silbaron su indignación
cuando se le concedió la
Concha de Plata. Polémicas
aparte, son dos buenas películas
que merece la pena ver.
El público tiene la palabra.

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