apostilla desde la mesa camilla
¡¡¡A la caza de la mozaaaaaaaaa!!!

Cuando pensábamos que ya lo
habíamos visto todo, llegó
‘Granjero busca esposa’ y nos
demostró que la tele puede ser
mucho peor de lo que creíamos.

05/02/09 · 0:00
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TRATA DE MOZAS. Este programa educativo trata de encontrar unas esposas complacientes a la par que ‘zenzuales’ a tres granjeros / Gordon Dionne

Una ya no quiere encender
la tele. Ya
no quiere tener tele.
En 2008, las estadísticas
indicaron una tendencia
creciente al empleo
mayor de tiempo navegando
por internet que viendo la tele,
especialmente en la población
joven. Es oficial: la tele
tiene una enfermedad mortal
y sólo nos queda asistir a su
decadencia y fin. Los grandes
grupos económicos se encargarán
de cablear al enfermo y
alargar artificialmente su ya
deteriorada vida. Pero criticar
cansa, es un deporte con
trampa. Quita energía para
pensar y construir. Aunque
eso, como lo del cáncer que
padece la tele, es otra historia.
Esta semana, como les prometí,
vengo a hablarles de
uno de los últimos tumores
malignos detectados. Digamos
que si el cáncer se basa
en un exceso de vida o en un
mal funcionamiento de la
muerte, cuando uno ve
Granjero busca Esposa
(Cuatro), lo primero que detecta
es que algo no va bien
en ese organismo llamado
programación. Elenco del espacio:
un buen mozo de
Lleida, un garrulo del Levante,
un vasco como más fisno
y una presentadora con
prognatismo. El medio, el rural.
Y lo rural en este país da
mucho juego. España, ya lo
dijo nosequién, son sus pueblos.
Y el rey del pueblo es el
gañán, el cortijero, ese muchacho
casadero y talludo
que vive con sus padres y que
se ha hecho cargo de la explotación
familiar agrícola,
vinícola o frutícola –parecen
extraterrestres, y lo pueden
llegar a ser–. Ese gañán necesita
una moza que le de calor
en las noches gélidas y le quite
del porno, le dé un servicio
doméstico para independizarse
de la madre y, por descontado,
le de una descendencia
para seguir explotando
el campo. Muchos de esos
muchachos son peritos agrícolas,
no se vaya usted a
creer, pero el polvillo de la
dehesa cuesta más quitárselo
de encima que a Antonio Ferrandis
hacer olvidar al vulgo
el sambenito de Chanquete –que no lo consiguió, vamos–.

Y como la mecánica de estos
realities se basa en el enfrentamiento,
de seres y de conceptos,
las zagalas vienen de
la urbe, para que el gañán se
estrese o se crezca en sus pagos
frente a los tacones de
aguja y el outfit bajo de caderas
de las leonas de la city.
A cada gañán se le asignan
dos mozas, a las que da cobijo
reproduciendo en versión
aldeana el mito del harén de
toda la vida. Las chavalas hacen
como que se llevan bien,
pero en sus confesionarios
improvisados en establos y
cochiqueras se ponen a parir
entre ellas. El mozo encantado,
ya tiene para despachar
con la cuadrilla mientras se
toma los chatos en la taberna.

Como dijo Luisa Muraro,
ideóloga del feminismo de la
diferencia: “No creas tener
derechos”. Te tocará pasar
por el examen de la madre,
que escanea tu cuerpo, juzga
tu modo de vestir, te presupone
putón, y te sale con:
“Esta viene a heredar la
plantación, pues no la habré
calado yo a esta yegua”. Te
tocará aprobar en las pruebas
donde se analizará tu
adecuación a los mandatos
de género. ¿Estás buena?
¿Eres buena? ¿Eres un bombo
en potencia, porque aquí
hace falta mano de obra?
¿Estás dispuesta a complacer
al hombre y a competir
con otra para no quedarte
con lo del arroz ya no pasao,
sino repegao?

Estos niños grandes, mimados
por el medio rural y
cebados a pucheros de la
mamá cuentan con la ayuda
de la antes mencionada presentadora –de nombre Luján
(???)– cuya función dramática
está a caballo entre
la marquesa de Los Santos
Inocentes de Delibes/Camus
y una madama de una whiskeria
de carretera. Baja de
un 4x4, maqueadísima y falsa
–una viva imagen del anticristo–,
actúa como confidente
del galán indeciso,
que está más pinocho que
otra cosa, pero tiene que
hacer como que tiene un dilema;
o Mariluz, la chica honesta
y separada de Vitoria,
con dos hijos ya la jodía y un
pasado o Tatiana, la angelical
eslava con la que apenas
puedo cruzar dos palabras
pero que rezuma zenzualidá
(sic). Qué enjundia, qué
densidad, qué riqueza, qué
sentido común.

El concurso consiste en esclarecer
en los diez días subsiguientes
a la presentación
quién de las dos chavalas
estará más presente en los
sueños húmedos o castos del
gañán, cuantas peleas en el
barro pueden llegar a protagonizar
las talluditas o inmigrantes
contrincantes –necesitadas
de hombre adjunto,
por requerimientos sociales,
en ambos casos–, o quién cae
redonda al suelo durante la
fiesta de la matanza.
Del garfio de la matanza
colgaba yo a los directivos de
Cuatro. Esto es muy triste,
insultante, inaudito. Tener
que ver a un gañán en esquijama
forzando un sándwich
con dos autoestimas desesperadas
de la capital me parece
muy deprimente. Por
favor. Como el asustadizo
Shagghy en la casa del terror
chillaría gustosa: “Bibiana
Aidooooouuuu, Where are
youuuuuu?”. En fin, seguiremos
de cerca este poco
halagüeño diagnóstico: Trata
de Mozas. Metástasis en
el prime time de los lunes.
Lo dice la doctora.

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