A su paso por Madrid, el dramaturgo y director de teatro Marco Canale
(Buenos Aires, 1977) explica el proceso de creación de su última obra.
¿Cómo decides trabajar con
artículos de periódicos para
montar La puta y el gigante?
Más que pensar en trabajar con
artículos del periódico, la obra
surgió de leer durante meses El
País y de la rabia concreta ante
la deformación que se aplicaba
y se aplica sobre Latinoamérica,
específicamente en Colombia y
Bolivia, cuando fue el intento de
golpe de Estado y la masacre de
Pando. Esto se cruzó un tiempo
después con el viaje que hice al
sur de Colombia, con los relatos
de la gente de a pie, de las comunidades,
que te hablan de
manera clara de los intereses
que hay detrás de las masacres
paramilitares, de la relación de
las multinacionales y del poder
político con los desplazamientos.
El contraste fue tan grande
que dije “a la mierda”, y salió el
texto como un vómito, sin pensar
que eso iba a ser una obra.
Investigando en El País y en
otros medios, se fue generando
una perforación en los diferentes
niveles o napas que hay entre
la verdad y la información.
Tu obra es teatro de no ficción
y autobiográfico…
Quise tomar el material informativo
y atravesarlo desde diferentes
lugares, desvelarlo y
deconstruirlo para mostrar su
carga de mediocridad. Algo
que si se desestabiliza se acerca
a lo grotesco, a un verdadero
teatro del absurdo bañado
por una pátina de solemnidad e
intelectualidad vacía.
“Quise tomar el
material informativo
y atravesarlo para
mostrar su
mediocridad”
También
quería preguntarme cómo este
poder nos construye y nos destruye.
Aquí es donde se une un
componente biográfico. Me
pregunto dónde estoy parado
para ver cómo las trampas se
van metiendo dentro del cuerpo,
y asumir que no se trata sólo
de estar enfrentado, si no
también de volver a posicionarnos
profunda y políticamente
sobre nuestras propias vidas y
caminos.
¿Podríamos hablar de tu trabajo
como ‘teatro periodístico’,
un teatro-documento vinculado
a los acontecimientos que
se suelen llamar ‘actualidad’?
Yo creo que sí y que no. Se tocan
los mismos temas que aparecen
en los periódicos, pero
también, y de manera decisiva,
los que no aparecen, que a veces
dicen más que lo que está
escrito. En la escritura de La
puta y el gigante, me di cuenta
de que durante los gobiernos
de Álvaro Uribe El País no sacó
ni una sola noticia sobre las masacres
cometidas por los paramilitares
y el Ejército colombiano.
Y esto es una decisión política
de ocultamiento con dos de
los ejes de la “política” uribista.
Por un lado, “los paramilitares
no existen porque se desmovilizaron”.
Y por otro, “el conflicto
armado se resume en las
FARC”, es decir, en la política
antiterrorista. A la vez se “valora”
la relación abierta de la política
económica de Uribe, que
es la más neoliberal de
Latinoamérica, lo que –como ya
sabemos– favorece los intereses
de España, del grupo Prisa,
y de sus aliados económicos y
políticos.
Me pregunté y me pregunto
dónde se quedan todas las
personas masacradas por los
paramilitares y el ejército, en
qué sótano de El País están escondidas.
Son decenas de miles
de muertos, descuartizados
y violados. ¿En qué lugar
de su conciencia lo metieron?
Si yo entro en Google para enterarme
de lo que no nombran,
los periodistas también
lo saben. Se supone que la
prensa es la garante de la libertad
de expresión, pero si el
monopolio de la información
está en manos de quienes controlan
el poder económico,
¿de qué libertad estamos hablando?
“Es necesario
reflexionar sobre el
medio en el que
estamos intentando
hacer algo artístico”
En La puta y el gigante intento
quitar el disfraz de ese
poder, mostrar eso que es evidente,
pero que se niega día a
día. Porque la “actualidad” es
una construcción propia del
poder. Lo hemos visto en el caso
de Wikileaks: El País dedicó
la portada al supuesto desequilibrio
mental de la presidenta
argentina y no a las
pruebas de las sistemáticas
torturas de la OTAN en Afganistán.
¿Consideras que el teatro y el
periodismo deben posicionarse
en sus acciones?
Creo que hay una diferencia
respecto a la responsabilidad
del teatro y del periodismo. El
primero no tiene la obligación
de posicionarse. Hay una inmensidad
de mundos que tienen
sus propias necesidades,
sus propias contradicciones.
El arte puede o no actuar en este
sentido, y yo personalmente
lo que pido es que sea honesto
en torno a lo que aborde.
Respecto al periodismo tiene
que informar de lo que está
sucediendo sin manipular
ni omitir, que es lo que pasa
con El País en Latinoamérica.
Has hablado a veces de “nueva
teatralidad”, con la que te
identificas. Explícamelo un
poco más...
Siento que el teatro hoy en día
está en un lugar en el que tiene
que reflexionar sobre el qué, el
cómo, desde dónde decimos lo
que decimos. Y siento que, sin
caer en recetas posmodernas
simplificadoras –al fin y al cabo
nuevos dogmas–, es necesario
reflexionar sobre el medio en el
que estamos intentando hacer
algo artístico, no un acto profesional
remunerado, que nos lleva
a actuar en la nueva autocensura
y complacencia, que nos
pone en una situación cercana
a la de quienes creaban para
príncipes o reyes.
Esta reflexión tiene consecuencias
sobre el lenguaje,
sobre una teatralidad que se
corresponda con el momento
que estamos viviendo, en fin,
hacia una búsqueda viva. //
Teatro y periodismo:
- [«La puta y el gigante»->13715]
- [La escena que no es ficción->13713]
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