MÚSICA
Joe Bataan, el predicador del Bugalú



Si has tenido ocasión de asistir
a alguna de sus vibrantes actuaciones,
muy probablemente te
hayas sorprendido a ti mismo
bailando hipnóticamente al
compás del latin soul. Es más,
puede que hasta te hayas encontrado
agarrado a la cintura
de alguien a quien no conoces e

22/06/09 · 0:15
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Si has tenido ocasión de asistir
a alguna de sus vibrantes actuaciones,
muy probablemente te
hayas sorprendido a ti mismo
bailando hipnóticamente al
compás del latin soul. Es más,
puede que hasta te hayas encontrado
agarrado a la cintura
de alguien a quien no conoces e
inmerso en una conga frenética
y serpenteante encabezada por
el propio Joe. La música posee
una capacidad catártica inigualable
y Joe Bataan es consciente
de ello hasta tal extremo, que
podría acusársele de instrumentalizarlo
bienintencionadamente
en favor del jolgorio colectivo.

Es su forma de abrirse camino
en la vida, que no ha cesado
de someterlo a pruebas desde el
instante en que saliera del vientre
de su madre aquella lluviosa
mañana de mayo de 1942.
Nacido y crecido en el corazón
de la miseria, el Spanish
Harlem de Nueva York, conocido
como “El Barrio” por acoger
al contingente de la migración
latina, el rebelde Bataan
Nitollano no tardaría en dar con
sus huesos en prisión a la cándida
edad de 15 años como autor
del robo de un vehículo. “En la
adolescencia yo era un luchador
callejero, me defendía con los
puños. Me metí en problemas”,
admite con franqueza. Cinco
años en el reformatorio alejado
de la cruda realidad de los gangs
–Joe perteneció a uno de ellos,
los Dragons–, que aprovecharía
para instruirse musicalmente en
el piano: “Era joven y salvaje y
en la cárcel pude reflexionar, co-
sa que no habría hecho fuera”.

Inspirado por Frankie Lymon

& The Teenagers, Joe emprende
en 1961 un proyecto de doo wop,
The Latin Swingers, del que se
autoproclama líder por un sencillo
motivo: era el único que superaba
la mayoría de edad en la
banda y eso le concedía un distintivo
vivencial sobre sus compañeros,
habida cuenta del halo
de respeto y credibilidad que le
granjeaba su paso por prisión.
“Eran muchachos muy jóvenes
y sus padres no querían que anduviesen
conmigo por mi reputación,
así que les prometí que,
después de cada ensayo, les llevaría
a casa”, rememora.

Latin Soul

La música americana fue mutando
de doo wop en soul y la
comunidad latina alumbró una
fecundación cultural que engendró
un género mestizo, influido
por el chachachá, que fue
llamado latin soul. Ray Barretto,
Tito Puente, Mongo Santamaría,
Eddie Palmieri, Joe Cuba o
Johnny Colon fueron unos de
tantos talentos que se sumaron
al nuevo estilo.

Mediados los ‘70, Bataan se
convirtió en una pieza cotizada
por múltiples discográficas, si
bien fue Jerry Masucci quien finalmente
lo atrajo a su terreno
para firmar con Fania Records.
Con las posibilidades que brindaba
el apogeo de la factoría salsera,
Joe no tardó en apropiarse
de éxitos ajenos como Gypsy
Woman de The Impressions o
de composiciones propias como
Special Girl, Subway Joe o
Ordinary Guy para labrarse un
nombre en la farándula neoyorquina.
En 1973 Fania comienza
a languidecer y sus estertores
provocan un efecto desalentador
en Joe, que estuvo un par de
años sin producir álbum alguno,
ni recibir la merecida compensación
monetaria por los trabajos
previos: “Nunca recibí cheques
por royalties y las ventas
en el extranjero era como si no
existieran”, admite. El cambio
de compañía en 1974 fue un soplo
de aire fresco en su trayectoria,
Bataan se reinventó creando
un nuevo género, que servía a su
vez para dar nombre a su propia
etiqueta: Salsoul.

Con un oído siempre atento a
las inquietudes de los barrios, a
cuya juventud prestaría un apoyo
incuestionable, Joe se sintió
maravillado ante unos jovencitos
que provocaban el delirio de
la audiencia con sus incisivas rimas.
Respondían al nombre de
Jeckyll & Hide, y Bataan los invitó
a que sus voces fluyeran libremente
en la grabación de su
rompepistas, Rap-O-Clap-O. Pero
finalmente fue Bataan quien
interpretó la canción. Si atendemos
a su testimonio: “Me había
fijado en lo que hacían los chavales
en la calle y uno de ellos tenía
que cantar en el estudio, pero
no se presentó, así que la tuve
que grabar yo”. El tema en cuestión,
una suerte de funk tardío y
rimado, despacharía millones de
copias y anticipó –junto a Rapper’s
Delight de Sugarhill Gangel,
grabada en la misma época–
el advenimiento del rap.
Un par de años más tarde
(1981) y desengañado del negocio
musical, Joe Bataan se
desmarca con un larga duración,
Joe Bataan II, su décimotercer
disco. A continuación se
retiró para aconsejar a los jóvenes
desde su puesto de educador
en el centro en el que ingresara
en su adolescencia.

Tras varios lustros apartado
de la música, Joe es recuperado
por aclamación popular para
ofrecer una actuación testimonial
junto a renombradas figuras
de la factoría Fania, si bien
no es hasta 2005 cuando Munster
Records, a través del subsello
especializado en sonidos
afroamericanos y latinos Vampisoul,
apuesta decididamente
por su regreso. Call my name
demuestra la vigencia de su groove
y cosecha buenas críticas,
devolviendo a Bataan la inquietud
por transmitir su savoir faire
escénico, azuzada por una revelación
divina tras debatirse entre
la vida y la muerte.

Vampisoul ha decidido durante
los últimos años remasterizar
y editar en CD las perlas que hicieron
las delicias de nuyoricans
y chicanos en los ‘60 y ‘70. Su
más reciente aparición como solista,
King of Latin Soul, la realiza
con la inestimable compañía
de Los Fulanos. El resultado no
descubre la pólvora, antes bien,
consigue remozar viejos éxitos
de este afrofilipino universal con
un respaldo instrumental solvente
que sirve como pretexto
para ganar adeptos al endiabladamente
rítmico bugalú. //

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