DEPORTES
Jim Thorpe: cien años sin medallas

Se cumplen cien años del auge y caída de Thorpe:
los oros olímpicos que obtuvo le fueron arrebatados
por transgredir el estatuto del amateurismo.

15/02/12 · 7:50
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Jim Thorpe. Foto: Jim Thorpe Association

Las fotografías que capturan a
Jim Thorpe (Oklahoma, 1887-
California, 1953) en los Juegos
Olímpicos de 1912, celebrados
en Estocolmo, muestran su musculatura
poderosa, su rostro de
rasgos mestizos sobre un cuello
ancho. Compitió en las modalidades
de pentatlón y decatlón,
que se incluían por primera vez
en el programa, y obtuvo sendas
medallas de oro. El catálogo fotográfico
finaliza con la figura de
Thorpe, con un traje holgado, recibiendo
de manos del rey
Gustavo V de Suecia losmetales
de la victoria. “Usted, señor, es el
más grande atleta delmundo”
, le
dijo el monarca. “Gracias, rey”,
contestó Thorpe.

Los méritos del atleta estadounidense podrían
haberle dado un
lugar en la historia de los Juegos.
Sin embargo, un año después
pasaría a la historia del olimpismo
moderno por otra razón.
Acusado de haber transgredido
el estatuto del amateurismo
–había
percibido modestas cantidades
por jugar en verano en las
ligas menores de béisbol–, fue
desposeído de sus medallas
olímpicas. Las mismas biografías
que recuerdan su lacónico
agradecimiento al rey de Suecia
cuentan que en sus últimos años
de vida reclamaba con amargura que le fueran
devueltos aquellos títulos.

Setenta años después de los
Juegos de Estocolmo, el Comité
Olímpico Internacional tuvo a
bien acordarse de Thorpe. En
una reunión celebrada en octubre
de 1982 le rehabilitaron en
su condición de amateur –a título
póstumo– y acordaron devolver
las medallas a sus hijos.

La rehabilitación de Thorpe
puso fin a la historia oficial, pero
sólo fue un apunte en el relato de
cómo el mejor deportista de la
primera mitad del siglo XX fue
deshonrado por el olimpismo.
Ese relato alude a que el atleta
fue criado como un indio perteneciente
a la tribu de Sac y Fox,
y detalla que su nombre nativo,
Wa-Tho-Huk, podía traducirse
como Sendero Brillante. De modo
que Thorpe vivió la segregación
y el trato paternalista que el
país ofrecía a sus nativos, y sus
hazañas deportivas, al menos en
los primeros años, siempre fueron
acompañadas del recuerdo
de que era un indio ajeno a los
entrenamientos clásicos, una
fuerza de la naturaleza…y otros
tópicos semejantes.

¿La decisión de desposeerle de
sus medallas tuvo un componente
racista?

Es más que probable,
pero no fue el único ingrediente.
El modelo olímpico de principios
del siglo XX propugnaba un deporte
para blancos desocupados
que podían ganarse su vida en
otros quehaceres y disfrutar de
los Juegos como simples aficionados.
Un atleta mestizo que ganaba
unos dólares con el béisbol
estaba en las antípodas de la estética
de sportman.
La desposesión de sus medallas
olímpicas arrojó a Thorpe en
brazos del deporte profesional y
durante casi dos décadas no hizo
otra cosa que jugar al fútbol
americano, al béisbol y al baloncesto.
Se convirtió en una leyenda
y, como corresponde, tuvo un
final a la altura. Con dificultades
para asimilar su declive deportivo,
alcohólico crónico, sin apenas
recursos económicos, malvivió
en los años de la Gran
Depresión ganándose la vida como
pudo. Fue vigilante, albañil,
marino y actuó de extra en numerosas
películas. En algunos
westerns de la época pueden reconocerse
sus rasgos bajo las
plumas del gran jefe indio.

Curtiz y Keaton

Pero el cine fue más allá. Dos
años antes de su muerte, Thorpe
pudo ver su vida, o algo parecido,
llevada a la gran pantalla.
Dirigida por Michael Curtiz y
protagonizada por Burt Lancaster,
Jim Thorpe: All American
(1951) retrata en tono edulcorado
el ascenso y caída del ídolo.
La historia que propone el director
de Casablanca es la de un joven
indio para quien es posible
el sueño americano... y la pesadilla.
Quizá lo más peculiar de la
propuesta es que inventa una redención
final, un homenaje en el
que se le reconocen sus méritos
y Sendero Brillante vislumbra el
final del túnel: se dedicará a entrenar
a los jóvenes, a compartir
los valores que había olvidado.
Un notable happy end que poco
tuvo que ver con los últimos días
de JimThorpe.

Quien desee contemplar otro
homenaje bien distinto puede
acudir al cortometraje de Buster
Keaton One Run Elmer (1935),
una comedia muy ligera a mitad
de camino entre el cine mudo y
el sonoro. No aparece en los créditos,
no hay redención posible,
pero un plano se detiene unos
instantes en el segunda base y
puede reconocerse su rostro.

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Jim Thorpe. Foto: Jim Thorpe Association
Jim Thorpe. Foto: Jim Thorpe Association
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