NUEVAS PERSPECTIVAS DEL CINE ORIENTAL (Y II)
Japón y Corea del Sur

El cine oriental está provocando,
desde hace tiempo, una brecha en el
panorama cinematográfico actual,
gracias a una renovación del
lenguaje fílmico que aúna tradición
propia e influencias occidentales.
Finalizamos este breve acercamiento
al nuevo cine asiático con una
mirada a dos cinematografías
punteras: Japón y Corea del Sur.

17/06/06 · 21:13
Edición impresa

JAPÓN: Mutarse
o morir


El siglo XX es para
Japón una centuria
problemática ya que
cuestiona los mecanismos
que generan su propia
identidad nacional. Se pasó
del mundo rural al urbano
sin poder asumirlo. Toda una
serie de valores fueron sometidos
a una revisión dolorosa,
en unos casos para desaparecer,
en otros para mutarse. De
Akira Kurosawa a Takeshi
Kitano hay una magistral lección
visual de cambio de la
cultura japonesa que lucha
salvajemente por sobrevivir.
Roland Barthes definió a
Japón como “el imperio de
los signos” debido a la extrañeza
de su cultura; las diversas
maneras de acercarnos a
ella siempre son desde el
punto de vista del gaijin (extranjero).

Llegados a este
punto de no retorno, directores
como Takeshi Kitano,
Kiyoshi Kurosawa, Shinya
Tsukamoto, Hirokasu Koreeda,
Takashi Miike, Hideo
Nakata, Mamoru Oshii o
Hayao Mizayaki, entre otros,
son el cuerpo de un cine que
no idealiza a Japón ni pretende
deslumbrar con su estética
oriental para erotizar la
mirada del público de occidente,
sino más bien trata de
plasmar el ocaso de un mundo
que ya no tiene validez ni
comprende los códigos propios,
originando un distanciamiento
inquietante con respecto
a su cultura y sociedad.

La violencia de los yakuzas
de Kitano, el fantástico de
Miike, los fantasmas de Nakata,
el cyberpunk de Tsukamato
o el anime de Mizayaki
encubren la evidente extinción
de ese Japón antiguo.
Una forma de entender la cultura
termina para comenzar
otra. Es aquí cuando el cine
interpreta estos datos de una
manera violenta.

El cine manga de Katsuhiro

Otomo (Akira, 1989), el
anime de Mamoru Oshii
(Ghost in the Shell, 1995) o
el extreme oriental de
Takashi Miike (Ichi the
Killer, 2001) son variaciones
de una sociedad y una cultura
que ya por la época Meiji
(1868) empezó a desplomarse -incluso antes de que el cine
naciera- poniendo de relieve
aspectos de un país que
intenta sobrevivir por encima
de unas determinadas
circunstancias históricas.

La década de los ‘90 está
marcada en Japón por tres sucesos
importantes: la muerte
del emperador Hiro Hito, el
gran terremoto de Kobe en
1995 y la matanza en el metro
de Tokio por la secta
Verdad Suprema. Aquí es
cuando emerge la violencia
del desencuentro que Kitano
muestra con sutilidad en los
silencios absolutos, en el
montaje abrupto de los planos,
en la explosión violenta
de sus protagonistas o en la
descontextualización de los
emblemas nacionales. El cine
de Kitano es una lectura
moderna de las tradiciones
japonesas: desde la brillante
Dolls (2003) hasta su película
más premiada, Hana-Bi, flores
de fuego (1999), toda su
obra es una continua evolución
de su país recogido a través
de una cámara.

El ‘extreme’ oriental

Pero la gran mutación cultural
cinematográfica se descarga
sobre las espaldas de
dos jóvenes directores que
se atreven con todo, ellos
son Takashi Miike y Shinja
Tsukamoto. Ambos recogen
y amplían las fronteras estéticas
de un cine condenado
a contaminarse con la cultura
de masas (televisión, vídeo,
manga, anime...), con
el cine asiático, americano y
europeo. Ellos lideran el extreme
oriental, una modalidad
de lo ‘fantástico’ que
parte de la experiencia real
y física para sucumbir al horror
y al terror. En definitiva,
miedo al cuerpo.

Tetsuo: el hombre de hierro
(1989) de Tsukamoto y Audition
(2001) de Miike son las
obras clave del cine del exceso
y la desmesura, edificando
la pesadilla del mañana. Testimonios
que verifican el cambio
abismal de la mentalidad
nipona en estos últimos años.

Las altas expectativas económicas,
sexuales, históricas e
ideológicas formulan un nuevo
paisaje en la iconografía
mental japonesa, un rumbo
que evidentemente se aleja
cada vez más de la identidad
tradicional. Toda nueva realidad
necesita una nueva estética,
un cine renovado; al menos
es la conclusión que se
obtiene de los últimos directores
japoneses, que parecen
transpirar los cambios sociales,
históricos y culturales a
través del cuerpo.


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‘OLD BOY’ o la historia de una venganza, por Park Chang-wook.

Corea del Sur: El cine como representación
de un territorio dividido


En 1997 fue cuando
el Partido Democrático
del Milenio
liderado por Kim
Dae-jung ganaba las elecciones
en Corea del Sur, proclamándose
la democracia en el
país. El inicio de los procesos
democráticos trajo consigo
una serie de reformas que facilitaron
una pujanza económica
y que afianzó las grandes
industrias. El cine dio, como
resultado de esta serie de
iniciativas, un aumento de taquilla
de películas nacionales,
siendo en la actualidad
del 40% sobre otras producciones
de corte americano o
europeo. Lo más interesante,
desde un punto de vista económico,
del cine coreano, es
su versatilidad y sus ganas de
querer rivalizar con el cine
de Hollywood. El ‘blockbuster
coreano’ tiene capacidad
suficiente como para resistir
a la homogeneización cultural
que se intenta imponer
desde las grandes corporaciones
financieras; por ello
se crean modos alternativos
de financiación cinematográfica
como las netizen funds,
subvenciones privadas realizadas
a través de Internet, o
las chaebols, multinacionales
de Corea del Sur como
Daewoo o Hyundai que respaldan
proyectos de cine comerciales
para buscar una
rentabilidad a su capital.

Corea del Sur atraviesa su
identidad nacional por oposición
al régimen comunista,
al igual que Taiwán; ambos
países conocieron además la
ocupación japonesa, en el caso
de Corea, de 1910 hasta
1945. Pasó de ser colonia para
ser producto de una batalla
ideológica de dos grandes
potencias. Tragedias históricas
que se manifiestan en su
cine, de la misma forma que
el sentimiento de saberse dividido
y no exclusivamente
de una manera territorial, sino
también emocional.

Cuerpo y culpa

El cine coreano va de la liberación
al castigo con asombrosa
facilidad. Esta dualidad
se materializa en el
cuerpo, el estigma de la culpabilidad
como símbolo evidente
de que no se asumen
las desdichas. Corea del Sur
evidencia los signos de una
nación que se mira violenta,
sin referentes y descontextualizada.
Una mirada agria
y vengativa como demuestra
ser el cine de Park Changwook
en su monumental Old
Boy (2004), Palma de Oro a
la Mejor Película en Cannes.

Cuando la culpabilidad es
tan grande y no es capaz de
asumirse, se produce un
desdoblamiento para afrontar
el dolor. Y en este punto
el maestro es Kim Ki-duk,
un director que define a sus
personajes a través de la negación
de sus hechos, que
al no aceptar sus acciones
terminan en suicidio. Creador
imparable, conocido en
España gracias a La Isla
(1999) o Hierro 3 (2004), su
universo está plagado de
sentimientos fragmentados
y contrapuestos.

Corea del Sur se debate
entre el cine comercial y el
de autor, pero sobre todo de
excelente calidad. No hay
duda de que en él reside el tabú,
lo no dicho de una nación
no reconciliada con su historia,
ni con sus sentimientos,
ni con su identidad.

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