RESEÑAS
Jamaica en el cine de ficción

Si algo ha caracterizado la filmografía de ficción jamaicana es su
capacidad para retratar con fidelidad y sin excesivos artificios el
contexto sociopolítico que engloba cada uno de los periodos musicales
que en la isla se han producido, excepción hecha de los rituales
africanistas y del mento, expresiones del desarrollo cultural
en la Jamaica pre-independiente (1962). En el cine jamaicano la
creatividad de los cineastas y la autenticidad del amateurismo interpretativo
autóctono prevalecen ante la ausencia de medios.

02/08/10 · 7:54
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Si algo ha caracterizado la filmografía de ficción jamaicana es su
capacidad para retratar con fidelidad y sin excesivos artificios el
contexto sociopolítico que engloba cada uno de los periodos musicales
que en la isla se han producido, excepción hecha de los rituales
africanistas y del mento, expresiones del desarrollo cultural
en la Jamaica pre-independiente (1962). En el cine jamaicano la
creatividad de los cineastas y la autenticidad del amateurismo interpretativo
autóctono prevalecen ante la ausencia de medios.

El largometraje más conocido por todos es The Harder They
Come (1972), un biopic en el que el cantante Jimmy Cliff encarna a
un countryman, Ivanhoe ‘Rhygin’ Martin, quien decide migrar con
la intención de labrarse un porvenir como cantante. Desde el mismo
instante en que pone el pie en Kingston, su vida se ve trufada de
adversidades y termina por convertirse en un gángster a la jamaicana,
un rude boy que se ve en la tesitura de traficar con marihuana y
disparar para evitar ser disparado. El productor Chris Blackwell vio
en Cliff su potencial emergente, aunque a la postre apostaría sus
cartas por Bob Marley. La repercusión de la cinta del cineasta Perry
Henzell ha sido tal que fue traducida a varias lenguas –Caiga Quien
Caiga, se llama en castellano–; su BSO despachó una apreciable
cantidad de copias e incluso ha motivado un musical.

Propuesto inicialmente como documental, el siguiente largometraje
que alcanzó un cierto reconocimiento, Rockers (1978), refleja,
en palabras del director Ted Bafaloukos, que “los jamaicanos
que vivían en los guetos de Kingston eran gente inocente viviendo
vidas corrientes. Esto era exactamente lo que yo quería capturar
en el film: una imagen más realista de quiénes eran y quiénes deseaban
ser”. Es este pulso entre la desesperanza de una familia
desestructurada y la aspiración a una vida digna el que libra el batería
“Horsemouth” Wallace en un metraje que incluye cameos
tan destacables como los de cantantes Jacob Miller, Big Youth,
Gregory Isaacs, Burning Spear o Dillinger. Las restricciones presupuestarias
–apenas medio millón de dólares– fue suplida por la
alta implicación de los actores, la confianza absoluta del productor
y por las cantidades incuantificables de hierba que director y
actores consumieron durante el rodaje.

Pese a no ser tan popular, Countryman (1982), a medio camino
entre ficción y documental, es la historia de un pescador rasta que
vive una vida austera y en armonía con el medio al que se le vuelve
en contra su inmensa calidad humana cuando sufre una persecución
armada por parte de la CIA tras haber acogido, mantenido
y alimentado durante varios días a una agradecida pareja de turistas
norteamericanos cuyo avión se estampó en las proximidades
de su selvático hogar. La banda sonora incluye piezas de The
Wailers, The Maytals o Steel Pulse y contribuye a hacer más ameno
un filme quizá demasiado plano en su trama.

El periodo que corresponde al dancehall es, sin duda, el que se
ha tratado con mayor profundidad y, por tanto, resulta más complicado
decantarse por un sólo largometraje. Optaría por dos:
Dancehall Queen (1997), dirigida por Rick Elgood y Don Letts,
que refleja las andanzas de una vendedora ambulante que decide
experimentar una doble vida cual cenicienta posmoderna para,
ante la situación de desamparo familiar, plantearse el reto de alzarse
con el cetro de reina del baile jamaicana; y Thirld World Cop
(1999), de Chris Browne, un oscuro drama en que un policía se debate
entre cumplir con su deber persiguiendo una banda de criminales
–traicionando con ello a amigos de la infancia– o encubrir a
estos faltando a su deber como profesional.

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