Islas flotantes

Aquí la carne enferma y el delirio palpitan. Aquí, en medio de la obscenidad del cáncer y las rutinas de un hospital suizo. Hay que desconfiar de las argucias del desierto interior, nos dice. Lo terrible debe ser domado. Hay que reír para no morir. Por eso Joyce Mansour (1928-1986), que había perdido a su primer marido por un cáncer y que escribió este libro en el trance del tratamiento de su padre, decide realizar el exorcismo, rompiendo un espejo dentro del lenguaje. Un espejo deformante, un callejón del gato dentro de la muerte y el dolor, que acaba reflejando un circo lúbrico.

, Reseña por Raúl Quinto
28/11/12 · 20:36
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Aquí la carne enferma y el delirio palpitan. Aquí, en medio de la obscenidad del cáncer y las rutinas de un hospital suizo. Hay que desconfiar de las argucias del desierto interior, nos dice. Lo terrible debe ser domado. Hay que reír para no morir. Por eso Joyce Mansour (1928-1986), que había perdido a su primer marido por un cáncer y que escribió este libro en el trance del tratamiento de su padre, decide realizar el exorcismo, rompiendo un espejo dentro del lenguaje. Un espejo deformante, un callejón del gato dentro de la muerte y el dolor, que acaba reflejando un circo lúbrico. Mezcla la biografía con el arrebato onírico, la precisión realista de la enfermedad con el expresionismo más bizarro.

Para rendir tributo a la carne y sus excesos, como ya sucedía en su poesía (Gritos, Desgarraduras y Rapaces, Igitur, 2009). Mansour es de estirpe surrealista, y aquí se nota que bebe de las mismas fuentes envenenadas. Y no solo por las referencias y los ejercicios de (auto) psicoanálisis, sino por el oscuro fondo de sueño que lo recorre todo. Aquí. Solo la carne, despojada de identidad, pura voluptuosidad de sexo y enfermedad. El ser humano como mera carcasa. Para Mansour los pacientes del hospital son simples pijamas, una procesión de medusas hundiéndose en la corriente. Ese desquiciado ejército es solo un guiñol, una nada soñada. Pero resulta fascinante desfilar, entre el asco y la iluminación, por esos pasillos.  quinto
 

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