KIKO AMAT: THIS IS SANT BOI
“Intento narrar una historia no contada y que nadie iba a contar”

Menos mal que nos queda Kiko Amat. La prematura muerte de Francisco Casavella nos privó de uno de los escasos narradores autorizados para retratar con honestidad la voz de calles, barrios y bares. Por fortuna, Kiko Amat llega al rescate con ‘Rompepistas’.

16/04/09 · 0:00
Edición impresa
ROMPEPISTAS, el protagonista que da título a la novela, vive en el extrarradio barcelonés. En la imagen, el autor. / Inma Varandela

En su tercera novela, Amat ofrece con voz creíble un testimonio crudo, aunque preñado de ternura, sobre lo que significó crecer en un pueblo del extrarradio barcelonés en los años ‘80.

Rompepistas es
 un ajuste de cuentas con el
 pasado. Un intento de explicarnos
 y explicarte ese período
 extraño y fronterizo de los
 17 años. ¿Era necesario mirar
 al pasado antes de seguir
a delante?

Está feo que lo
 diga yo, pero Rompepistas
me parece un clarísimo paso
 adelante. Pero un paso adelante
despojándote de todo lo
 que entiendes que puede ser
 una carga o en lo que habías
incidido por error. Por ejemplo,
 Cosas que hacen bum [su
segunda novela] tenía una
carga de “os voy a meter por
vía rectal mi universo personal”
que era excesiva y un poco
 artificiosa. Cuando escribía
 Rompepistas ya era consciente
de que no quería lo
 mismo. Porque parece como
si ese universo referencial
 fuera la defensa de la novela
 y lo que quería era verdad y
honestidad. Aunque no fuera
 completamente biográfica,
porque quiero ficción y me
 quiero inventar, que es la gracia
de escribir novelas.

Efectivamente, leyendo
 Rompepistas se percibe el
 esfuerzo en renunciar a
 cualquier información que
 no encaje en la crónica del
 Sant Boi (Barcelona) de los
‘80. La banda sonora la componen
 grupos de punk británico
 (Clash, Jam, Generation
X…) y sus émulos locales
 (La Banda Trapera,
 Kortatu …). Imagino que
muchas de estas bandas
 quedan ya algo lejanas y te
habrás visto obligado a realizar
labores de arqueología.

Cosas que hacen bum
 
tenía mucho más de verdad
 musical que Rompepistas.
Estos grupos eran mi banda
 sonora de los 17, pero también
 estaba ya escuchando a
 Tamla-Motown. Decidí ficcionalizar
 al protagonista como
 un punk rocker porque
 quería más empatía y menos
gueto. Si quiero algo es diferenciarme
 de esta gente que
escribe libros que, para entenderlos,
necesitas haber leído
antes otros. Rompepistas es
 un intento de hablar de mi
 experiencia en el extrarradio,
 narrar una historia no
contada y que nadie iba a
contar, por otra parte; y luego
 marcar una diferencia con
 ese tipo de escritores que para
 leerlos necesitas haber hecho
una carrera universitaria
 de cinco años.

El libro desprende todo el
 tiempo un aire de reconciliación
 con el pasado.

Hacía falta distancia.
Yo viví años muy burros con
mis amigos, muy anticulturales
 en el sentido de alta
cultura. Luego pasé por una
 época un poco indie, de negación
 del pasado, de decir:
también tengo derecho a
mostrar mi debilidad después
 de todos estos años que
pasé escondiéndola, haciéndome
 el duro.

Al leer la novela se entiende
que era casi un deber
moral escribirla, en tanto que
ninguno de sus protagonistas
tendría la oportunidad de
hacerlo.

Para mí Rompepistas se
 convirtió en una suerte de
 cruzada, de obligación moral.
Llevo toda la vida pensando
 en Rompepistas; y si haces
 arqueología en artículos
en los que no viene a cuento
 o en frases de mi primera novela,
 ya se está hablando de
 Rompepistas. Incluso cuando
lo estaba viviendo, ya pensaba:
 “Algún día alguien tendrá
que contar todo esto tan extraño
que nos está ocurriendo”.
Y yo tenía la obligación
moral de hacerlo. Nosotros
no éramos como la generación
beat que si cascaba uno
tenías a otros veinte para
 contar su historia.

 

Sin embargo, has esperado
a tu tercera novela para
narrarlo.

No podía contarlo antes
 porque no sabía cómo hacerlo.
 Hasta ahora no tenía las
 herramientas para acercarme
a ello honestamente, sin
ser ridículo, ni sobreheroico,
ni dramático; para poder hacerlo
 con la verdad por delante,
 como Nelson Algren.

Algunos párrafos del libro
conmueven y emocionan
hasta la lágrima. Resulta curioso
 que la carrera de obstáculos
 que vivisteis en el
 Sant Boi de los ‘80 no está
 nada lejana de las que vivimos
 otros muchachos de barrio
 en otras ciudades.

Aquí está la mezcla de
la experiencia privada en
 ese Sant Boi tan extraño,
con su equipo de rugby, y lo
 universal de la experiencia
de extrarradio.

La presencia de Barcelona
 desaparece por completo
de la novela.

Quizá íbamos más de lo
 que se menciona en el libro,
 pero los mecanismos de la
ficción requerían que hubiese
aún más aislamiento.

La familia aparece retratada
en sus miserias con
una honestidad brutal, pero
 a la vez con una enorme dosis
 de ternura.

Es cierto y para mí es
una de las victorias de
Rompepistas.
Tanto con la familia,
 con sus múltiples rechazos
y decepciones mutuas,
 como con el resto del
pueblo y sus deportistas, la
mirada que utilizo no es nada
maniquea: es intentar comprender
 al de enfrente siempre.
Y esto sólo se puede hacer
 con veinte años de distancia.
 Ahora puedo entender
cosas que hacían mis padres
 o lo ridículo de nuestra postura
 estableciendo un combate
eterno con unos tíos que
 hace un año eran nuestros
 amigos de EGB. Empezamos
una guerra sin fin, como si
fueran realmente ‘el mal’, el
enemigo. Y no podían ser tan
 ‘el enemigo’. La mirada es un
intento de comprensión de
 que esta gente seguro que era
 guay, pero nosotros queríamos
 establecer batallas como
 modo de afirmación en
 un lugar en que no había.
 Esto me hizo sentir bien
 cuando acabé Rompepistas:
 en lugar de ponerme en plan
 heroico, en general se plantea
 como “qué queréis, hijos,
 nos tocó así…”. Fue una gran
 manera de crecer, pero tampoco
 hubo elección.

Durante toda la novela ‘el
mal’ se muestra con varios
rostros (los quinquis, el cura…)
pero cuando se vence a
‘el mal’ es siempre cuando los
 protagonistas se enfrentan a
‘el miedo’.

Es como esa frase que
 casi se ha convertido en cliché,
 de que la verdadera valentía
 es ser muy cobarde y
 vencer el miedo. Todos hemos
 conocido tíos que parecían
 muy valientes y en realidad
es que estaban locos y no
temían ni por su integridad física,
 ni por nada. Esto no es
 ser exactamente valiente, ser
valiente es ser un cagado
[pronuncia cagao] y superar
el miedo porque es lo que reclama
 el momento: por honor,
 por amistad…

Queda en elipsis cuáles
son los recursos de Rompepistas
para urdir su fuga
 del pueblo.

En primeros intentos se
concretaba mucho más. Pero
 creo que en el libro lo importante
 no es tanto el cómo lo
 logra, sino reflejar que estaba
 tan claro que quería hacerlo,
 que encontraría la manera.

Echémosle la culpa al
boogie...

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