Inolvidable Javier Ortiz

El 28 de abril se cumple el cuarto aniversario de la muerte, a los 61 años, de un autor incomparable. Cuatro años de ausencia física y sólo física. Porque su memoria sigue viva.

26/04/13 · 8:01
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Javier Ortíz durante su exilio en París en 1975 / Archivo

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Fueron las injusticias las que empujaron a Javier Ortiz a cultivar “el noble género del panfleto”. A diario. Desde los 17 años hasta el final. Tampoco abandonó nunca “la agitación política”, empujado también por las injusticias. Pasó por la cárcel. Dirigió los periódicos del Movimiento Comunista, que para él siempre fue “más que un partido”. Escribió en muchos medios –Diagonal incluido–, de Zutik a Público, pasando por Saida –revista que fundó y que fue secuestrada por orden ministerial– y El Mundo, del que llegó a ser subdirector de Opinión antes de dimitir “por razones de incompatibilidad ideológica”.

Autor y editor de unos cuantos libros, se consideró ante todo un columnista. Respetó el lenguaje. Reverencialmente. Sobrio e incisivo, destacó por su tono ácido y por su rigor intelectual. Sobre todo por su rigor intelectual.

“La divinidad” le había “castigado a darle constantemente al coco”, y alguien dijo que practicaba la lógica molesta. Era su particular forma de poner el dedo en la llaga. Escribía muy lentamente porque corregía sin parar, para que quien hubiera de leerle pudiera hacerlo de corrido, como si le estuvieran hablando. Lo logró.

“Decía que era un opinador compulsivo, y para ello se informaba”, recuerda su hija Ane, quien tecleó sus últimos artículos cuando a él no le quedaban fuerzas, lo que no le impidió seguir haciendo “malabares” con las palabras y los caracteres. “Hasta el final” mantuvo también los valores asumidos en su Donostia natal y en el exilio francés.

Hizo de sus principios una opción de vida Su mujer, Charo, destaca que era un hombre “arriesgado”, pese a haber estado “muy solo” en sus labores de denuncia. Fue el precio que tuvo que pagar por ser fiel a sus principios. Sabía que hay gente que no puede permitirse tenerlos, pero él los mantuvo hasta el último día, e hizo de ello “una opción de vida”. Ambas coinciden en que se habría ilusionado con los últimos brotes de rebeldía que vienen surgiendo. Creía en el potencial revolucionario de la juventud.

“No sé dónde puede estar su nombre ahora, pero sí que se las ha arreglado para seguir siendo imprescindible”, asegura Patxi Ibarrondo, director del desaparecido semanario cántabro La Realidad. Ibarrondo –otro imprescindible– evoca la “crítica nada complaciente” y la “borroka continua” del “despertador de conciencias” que fue Ortiz. Reconoce estar “preso de agradecimiento” a él, lo cual “no supone una carga en absoluto, sino un orgullo”: la “estrella” de Javier Ortiz –siempre dispuesto a echar una mano– “rayó a una gran altura” cuando el periódico fue acosado y derribado por los poderes fácticos. “Y lo hizo mientras otros progresistas y material de la izquierda orgánica y honorífica se escondían tras los arbustos del disimulo”.

También fue uno de los primeros en llegar a internet, donde publicaba a diario. Su amigo Mikel Iturria recuerda que “de julio de 2000 a abril de 2009 no faltó a su cita diaria con los lectores, salvo una o dos veces, y siempre por fuerza mayor”. Su libro Diario de un resentido social recoge una selección de sus primeros artículos en una web que pronto se convirtió en un confortable punto de encuentro para la reflexión y el debate. A su muerte, Iturri y otros decidieron “mantener su memoria también, y sobre todo, en internet”. Por eso javierortiz.net sigue siendo actualizada con puntualidad.

Ortiz llamaba a indignarse por el presente, pero también a mantener viva la indignación del pasado, porque para él “todas las indignaciones” eran “la misma indignación”. Olvidaba “las pequeñas afrentas”, pero no “las grandes traiciones”. Incluidas las políticas.

Representó la antítesis del periodista domesticado

Plantó cara a la dictadura, asumiendo la responsabilidad de diversas publicaciones clandestinas. Su visión crítica de la Transición quedó reflejada en su ensayo Tal fuimos, tal somos, incluido en una joya: su libro Jamaica o Muerte. Desmitificó aquella operación cuando muy pocos lo hacían, y anticipó las consecuencias de no haber llevado a cabo una ruptura con el franquismo. A lo que vino después le dedicó otro libro: el implacable El Felipismo, de la A a la Z. Endilgó al PP columnas tan poco condescendientes como "Recuerdo de un 3 de marzo". Escribió las biografías –basadas en las largas series de entrevistas que realizó a sus protagonistas– de Ibarretxe (Ibarre­txe) y Arzalluz (Así fue), dos de los políticos más vilipendiados por el establishment español. Representó la antítesis del periodista domesticado.

No eludía ningún tema, por comprometedor que pudiera ser. De su denuncia de la tortura surgió José K, Torturado, su única obra teatral, en la que aborda la cuestión como lo abordaba casi todo: buscándole el otro lado, el que no se ve a simple vista. Él no pudo comprobarlo, pero la pieza ha sido representada con éxito en escenarios de unas cuantas ciudades, incluido el madrileño Teatro Español.

“Seguiremos teniendo razón” fueron las últimas palabras de su última columna

Muchos nos preguntamos qué pensaría Ortiz sobre esto o qué habría escrito sobre aquello. “Seguiremos teniendo razón” fueron las últimas palabras de su última columna. Uno de los incontables testimonios de pésame escritos a su muerte concluía así: “No sé por qué, pero siempre te hacía sentir que tenía razón. Y la tenía”.

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comentarios

1

  • |
    sandra
    |
    28/04/2013 - 9:57am
    Tengo mucho interés en este periódico. me gusta el tipo de información.maravilloso artículo del autor de José K. torturado.<br /><br />