Hegemonía y comunidad

Gramsci anticipó algunas de las cuestiones centrales de la legitimidad del sistema.

Texto de Benito Navarrete.

05/09/11 · 8:00

Uno de los conceptos que más
fortuna ha tenido de los acuñados
por Antonio Gramsci (1891-
1937) es el de ‘hegemonía’. Esto
es, donde otros categorizaban
‘ideología’, él prefería hegemonía.

¿Por qué? Gramsci lo empleaba
a menudo para referirse
al modo en que el poder gobernante
se ganaba el consentimiento
de aquellos a los que sojuzgaba
–aunque en ocasiones
acudiera a este término para referirse
a la vez a consentimiento
y coacción–. Hay una diferencia
inmediata con el concepto de
‘ideología’, ya que resultaba evidente
que las ideologías podrían
ser impuestas por la fuerza.

Además, como advirtiera Terry
Eagleton, hegemonía era un concepto
elástico
pues “incluiría” la
ideología, pero no era reducible
a ésta.

Comunidades

Es interesante comparar dos figuras
coetáneas que poseerían
algún elemento común: Gramsci
y Rosa Luxemburgo. Sus posiciones
serían una articulación
entre la referencia en última instancia
a la comunidad crítica y
organizada de las víctimas
y la
comunidad de expertos, científicos,
militantes más destacados,
que dan a la primera un desarrollo
de su conciencia crítica en un
proceso de mutua fecundación
donde el experto aprende de la
base crítico-organizada, y ésta
también capta cada vez más profundamente
–colaborando en la
creación– las “explicaciones” de
la negatividad y las posibilidades
en la “construcción” de las
alternativas.

En el nivel de las
comunidades políticas (y en
otros movimientos sociales), la
“democracia” es el procedimiento
discursivo
de ese mutuo enriquecimiento
simétrico.

Crisis de la hegemonía

El “vanguardismo” consistiría,
entonces, en una sobrevaloración
del nivel consciente y privilegiado
de la comunidad de militantes
expertos responsables de
los órganos centrales del Partido
o del Estado, de “arriba-abajo”:
burocratismo. La “espontaneidad",
por el contrario, sería la
confianza cuasi-irracional en el
poder autorregulador
o creador
de las masas de víctimas o en la
mera comunidad organizada y
crítica de las mismas.

Antonio Gramsci dio a este fenómeno
el nombre de crisis de
“hegemonía”; era el momento en
que se pasa de la hegemonía
–cuando hay suficiente consenso
por parte de todos los miembros
de un sistema político, como
aceptación acrítica de las masas
del poder del bloque histórico en
el poder– a la “dominación” –como
coacción o represión en tanto
violencia, acción ilegítima
aunque legal por algún tiempo,

cuando el bloque social de los
oprimidos entrara en acción.

Esto es, el orden vigente tendría
derecho (legalidad) al ejercicio
monopolista legítimo de la
coacción,
en virtud de que lo público
(desde Kant) no puede dejarse
en manos de la decisión
subjetiva meramente individual.

Repitiendo, en su época clásica,
que Gramsci, llama el momento
de la hegemonía, el orden social
económico, político y cultural
gozarían de buena aceptación
por parte de los dominados,
que
no tendrían aún clara conciencia
de la dominación que se ejerciera
sobre ellos, o que fuera tolerable
(en vista de los todavía más
intolerables sufrimientos del régimen
anterior, reciente y recordado:
por ejemplo, los sufrimientos
de los siervos del feudalismo
con respecto a los obreros
libres de las ciudades europeas
medievales).

El orden político legal
sería legítimo cuando tuviera
aceptabilidad material (reproduciendo
suficientemente la vida),
con validez intersubjetiva racional
(los argumentos no pueden
ser refutados por otros mejores
o todavía inexistentes), y se presentara
como “eficaz” –con respecto
al orden anterior–. La legalidad
legítima imperaría sin
oposición.

Gramsci, a diferencia de la posición
fatalista de la Segunda
Internacional, incidió en la noción
de totalidad, reivindicando
lo subjetivo
que pensaba era intrínseco
al marxismo. Además
enfatizó la dimensión política del
mismo y la importancia de la lucha
ideológica en el proceso de
transformación socialista.

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