Crítica de cine
Fronteras de hielo

En el límite entre EE UU y Canadá, menos conocido que la frontera sur de EE UU, también se agolpan los inmigrantes ilegales en busca de otro futuro. Frozen river transcurre en ese paraje helado, bisagra de dos mundos.

08/09/09 · 12:57
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Frozen river es un filme de una rara belleza y honestidad, aunque en su premisa argumental cuente con algunas cartas marcadas. Estamos ante la historia de dos mujeres en apuros y en la frontera. Courtney Hount ha construido una obra que parte del realismo descarnado para acabar desembocando, con rara sutileza y limpieza en la puesta en imágenes, en la denuncia social, la alegoría y la fábula. Dos personas que viven en pequeñas caravanas, pero que pertenecen a dos culturas diferentes unidas por la misma necesidad de salir de apuros. Una busca a su marido que la ha abandonado con sus dos hijos y una casa llena de deudas y la otra es una joven mohawk cuyo trabajo consiste en pasar ilegalmente a inmigrantes de Canadá a EEUU. Ambas se encuentran y se embarcan, desafiando al peligro, en operaciones cada vez más arriesgadas. Entre las dos no surge una amistad al uso, ya que ambas están marcadas por el recelo de una hacia la otra, pero si una solidaridad que desembocará en el sacrificio.

Frozen river está narrada con inquietante solidez y combina con precisión los primeros planos de sus protagonistas con los planos generales de un lugar desértico y helado… El dilema moral y legal se diluye en favor del retrato humanista y lleno de autenticidad de dos mujeres solas y en apuros, a las que la directora dota de una extraña mezcla de fuerza y fragilidad, entereza y debilidad. Así, el espectador no sabe de qué modo van a conducirse sus criaturas y no entiende del todo, por ejemplo, las relaciones entre Ray (Melisa Leo) y su hijo mayor, marcadas por una mezcla de fidelidad y recelo, ni la verdadera naturaleza de los lazos que unen a Lila con los suyos, una tribu mohawk que está sujeta a sus propias normas y escapa de algunos de los dictados legales de EEUU. Diálogos concisos, acerados e inteligentes, una fotografía bella y una tensión interior y exterior, que se mantiene hasta el final del filme, hacen de Frozen River –ganadora del último festival de Sundance– una película extraordinaria con elementos del mejor cine de John Sayles, pero con una austeridad y sencillez propias, que finalmente logran conmovernos.

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