OPINIÓN
El fraude García Montero y la fuerza del lugar común

El autor de este texto denuncia el rodillo mediático que ha defendido al celebrado poeta
Luis García Montero en su litigio con su colega en la Universidad de Granada, José
Antonio Fortes, a cuenta de las filiaciones políticas del mito Federico García Lorca.

15/12/09 · 13:37
Edición impresa

Que una buena parte de la poesía
de L. García Montero es un
fraude lo demostró, hace tiempo,
el fundamental libro Poesía
y poder
del colectivo Alicia Bajo
Cero. Que García Montero como
personaje público es un
fraude se ha demostrado sobradamente
a lo largo de estos
últimos años, con la insidiosa
conducta que él y su entorno
mediático han observado en su
particular litigio
con el profesor
J. A. Fortes, de la Universidad
de Granada, del que, una vez
más –con la parcialidad que
acostumbra–, el diario Público
se hizo eco en su edición digital
del 25 de septiembre. De nuevo,
cansina y machaconamente, un
contencioso personal se disfraza
de cruzada ideológica contra
no sé qué “tésis revisionistas”
acerca de la obra de Lorca.

No se trata ahora de cansarnos
con la historia de tal contencioso,
con la suma de tergiversaciones
y manipulaciones,
desinformación e ignorancia
que se ha agregado al caso.
No. Ahora querría que fijásemos
la atención en cómo todo
esto nos desvía de la cuestión
central, la impostura y el fraude
que tal conducta encierra;
impostura y fraude que nos
atañen, pues se dan en el ámbito
de esa “izquierda mediática”
–cultural o universitaria–
que se aprovecha de nuestra
despreocupación, de nuestra
desgana y de nuestra desinformación.

Claro que hay impostores y
tramposos por doquier, con
mayor recorrido aún y suerte
que García Montero, especialmente
en los aledaños del poder:
propietarios de ordenadores
mágicos que plagian solos;
dandis y malditos de profesión,
que cobran tanto la hora de calaveradas;
o irreverentes provocadores
de pacotilla, que nos
causan más pena que escándalo.
Esos tramposos no nos interesan,
pertenecen a un mundo
que no debería ser el nuestro;
pero García Montero, y los que
lo rodean, sí nos tocan, aun de
manera lejana e indirecta, pues
pretenden, en parte, utilizar
las ideas y las palabras que
nos decimos y pensamos, en
su exclusivo beneficio, y debemos
responder.

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Aquel que se presentó –y es
presentado aún– como valedor
de la educación, de las libertades y del “civismo democrático”,
no sólo justificó, en su día,
sin el menor sonrojo, el insulto
como arma dialéctica, sino que
incluso exigió de las “autoridades
competentes” la represalia
administrativa y la acción inquisitorial,
como necesaria y
lógica respuesta a un supuesto
delito de opinión.
Quien se presentó a sí mismo
como campeón de la inocencia
y virginidad crítica de sus estudiantes,
los deja literalmente
abandonados a los pies del supuesto
corruptor. Y eso, porque
no le gustan –dice– los “aires
que corren” en su Departamento
(afirmación que señala directamente
a sus antiguos compañeros,
y cuestiona la valía profesional
de los mismos, incapaces
de hacer soplar los aires
que le convienen). Desde luego,
como gesto de compromiso
pedagógico y profesional, no
resultan precisamente ejemplares
esa dejación de responsabilidades,
ni ese vergonzante y
lastimero abandono de la trinchera
al enemigo –sobre todo si
se tiene en cuenta a toda la tropa
burocrática y municipal que
tiene detrás el señor Montero–.
Y es que quien declara tan
pomposamente que abandona
su “puesto de trabajo” víctima
de la injusticia y de la indefensión,
cual mártir de la causa lorquiana,
resulta que, en realidad
–otro fraude más–, activa un
privilegio funcionarial, la excedencia
voluntaria, y se viene a
la Villa y Corte, a vivir “en poeta”
(sic.). Y en sindicalista, cabría
añadir.

Aunque, si García Montero
resulta un fraude, como personaje
público –esto es, como profesor
y como escritor “de izquierda”–,
lo es esencialmente,
no por toda esta serie de pequeñas
y grandes imposturas, sino
por utilizar, desde posiciones
supuestamente “democráticas”
y “de izquierda”, la inmensa y
violenta potencia irracionalizadora
del mito y del lugar común,
asociados, en este caso, a la ignorancia
culpable de algunos, y
a la comprensible inopia de la
mayoría, que no tiene por qué
haber leído a Lorca, ni todo el
aparato crítico acerca de su
tiempo y de su obra. El ciego
apoyo que Izquierda Unida le
dio oficialmente creo que debe
ser entendido en ese contexto
de general carencia, sumada –y
es lo más grave– a la irracional
inercia que provocan los mitos
y los significantes ideológicos;
un síntoma más, en este caso,
de la decadencia política de la
organización misma. Lo del
puesto en la fundación de CC
OO, sin embargo, tiene, creo,
otras motivaciones; aquí se
trata de una decisión muy
acorde y muy coherente con la
deriva burocrática y acrítica
del sindicato.

En cuanto a lo fundamental,
si alguien duda, o no da la debida
importancia a esa fuerza
irracionalizadora del lugar común
y del mito, o a la peligrosa
deriva que pueden tomar
con la complicidad de personajes
públicos como el señor
García Montero, debería haber
visto la mirada inyectada en
odio, o la amenazadora mueca
del insulto, cuando en una cena,
entre personas y amigos
“de izquierda”, se me ocurrió
sugerir la lógica –natural e
irremediable, en términos de
coyuntura histórica– que llevó
a Alberti y a los demás miembros
de la Alianza de
Intelectuales a utilizar la muerte
de Lorca como estandarte
simbólico de la resistencia antifascista;
hecho que modificó
irremediablemente la lectura y
el significado de la obra del poeta
granadino. En esa mirada,
en esa grosera mueca, en ese
colapso instantáneo de la racionalidad,
de alguien que supuestamente
es “de izquierda”,
estaba concentrado todo el
mal que las invenciones míticas,
los lugares comunes y las
medias verdades pueden provocar.

Pero hay más, en el uso mistificador
y fraudulento que
García Montero hace de la figura
de Lorca –pero no sólo de
Lorca–, hay, además, mucho
de vampirismo crítico y literario:
de ese interesado ensañamiento
de un Vargas Llosa con
Onetti, por ejemplo; o de la furibunda
reacción de camada
que tuvieron contra el pobre
Gamoneda, por la interesada
tergiversación periodística de
sus palabras acerca de Mario
Benedetti.

Que vivimos una farsa, en
un gran teatro de marionetas,
cuyos hilos no movemos, es tema
antiguo donde los haya. Y,
aun así, es bueno repetirlo y
repetírnoslo, y levantar la voz
y señalar a los impostores que
pretenden aprovecharse de
nosotros; y señalarnos también
a nosotros mismos entre
ellos. Por eso tienen tanto valor
aquellos que reman contra
la corriente, que no sucumben
a la irracionalidad, ni a las medias
verdades, ni a las cómodas
inercias de los mitos y lugares
comunes; y nos obligan
a comprobar, una vez más, lo
que creíamos sabido, sea mediante
la provocación o el zarandeo
hiperbólico.

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