Fantasías de la crisis

El filme ‘In time’ y la
serie de televisión
‘Torchwood: el día del
milagro’ son ficciones
en clave fantástica que
remiten claramente a
un presente de
recortes del gasto
social y concentración
de capitales.

10/02/12 · 7:47

Quizá la futura obra de Kathryn
Bigelow sobre Bin Laden
marque
un fin de ciclo, pero los
atentados del 11S y la posterior
gestión de la autodenominada
guerra contra el terrorismo han
condicionado una década de cine
estadounidense. El World
Trade Center, Iraq y Afganistán,
el miedo al otro y el miedo al
miedo, han impactado en lo que
Hollywood entiende como realismo,
y también en multitud de
ficciones de fantasiosidad variable
(de El mensajero del miedo a
La tierra de los muertos vivientes,

pasando por Hostel).

Ahora se diría que el cine del
11-S, si los intereses empresariales
lo permiten, debería ser
sucedido por un audiovisual
que aborde el crack financiero
e hipotecario. En este contexto,
han surgido películas ambientadas
en el mundo de la especulación

como la oportuna y
oportunista Wall Street II, o
Margin call, una ingenua mirada
a la quiebra de Lehman
Brothers. No hace falta recordar
la repercusión del documental
Inside job. E incluso ha
surgido algún thriller sobre
banqueros malvados como The
international.

Aun así, difícilmente se puede
considerar que la zozobra post-
Lehman y sus temas asociados
(las oleadas de paro, privatizaciones
y desahucios; los rescates
multimillonarios de entidades
bancarias) hayan igualado por
ahora la masiva presencia fílmica
del pánico a la violencia islamista,
o del recelo hacia la
Patriot Act.
Por mucho que puedan
trazarse paralelismos entre
ambas macrocrisis, en las que
las constantes alertas de amenaza
terrorista han sido sustituidas
por alarmas sobre primas de
riesgo, o extensiones contrarreloj
del techo de déficit de EEUU.

Un blockbuster para el 99%

El pasado octubre, tres años
después de que el presidente
en funciones George W. Bush
firmase un gran rescate del
sector financiero, llegaba a los
multisalas globales In time. El
cuarto largometraje como
director de Andrew Niccol
(Gattaca)
es una producción
de presupuesto medio con decidida
vocación comercial,
que explora un mundo futuro
en que el tiempo es la moneda
de cambio. La humanidad ha
vencido al envejecimiento y
los individuos pueden vivir
eternamente... si consiguen
que su reloj, su cuenta corriente
vital, no se quede a cero.

No hay que escarbar mucho
en el planteamiento de Niccol
para hallar comentarios sobre
la precarización de los trabajadores:
éstos viven literalmente
al día en esta distopía, renunciando
a gastos superfluos, corriendo para ir al trabajo y recibir
cuanto antes una soldada

mediante la cual escapar de la
muerte.

Pero la película también
parece apuntar a las masivas
transferencias de capital
del conjunto de la ciudadanía
hacia unos pocos oligarcas, hacia
ese 1% al que aluden las recientes
movilizaciones en Wall
Street. El protagonista es Will
Salas, un joven al que un diletante
hastiado le regala decenas
de años.
La dolce vita le seduce
a pesar del resentimiento
acumulado, pero la presión policial
(el regalo tiene lugar en
circunstancias dudosas) imposibilita
que opte por el olvido.

Así que Salas profundiza en
una indignación que le hace exclamar
que “para que puedan
vivir unos pocos inmortales,
muchos tienen que morir”
(o vivir
al límite de la subsistencia: los
cadáveres no compran
bienes de consumo). Con ello,
los responsables del filme
abren la puerta a juzgar la moralidad
del capitalismo, cuando
éste suele situarse al margen
de consideraciones éticas.

En este aspecto, el resultado
puede recordar a aquella especie
de cuento malévolo que fue
The box, de Richard Kelly
(Donnie Darko).

Los medios de producción
de los que ha gozado Niccol
comportan unos cuantos peajes:
aun con su barniz social,
In time es una action movie entre
lo chic y lo macarra,
que banaliza
y glamouriza la violencia.

Y su rebeldía, más bien
adolescente, comporta la conversión
de los protagonistas en
ladrones de bancos.
La respuesta
es, de nuevo, el gesto
heroico-suicida que puede estar
apoyado por otros, pero
que nace y se sostiene con decisiones
estrictamente individuales.

En todo caso, el relato
ofrece detalles ingeniosos.
Y
muestra un cierto potencial como
entretenimiento de consumo
juvenil, a pesar de que sus
responsables no parezcan haber
trabajado suficientemente
para dotarlo de lógica interna.

¿Torchwood vs Cameron?

Desde El ejército de los muertos
–un ácido ataque, en clave
zombie, a la instrumentalización
del patriotismo
por parte
de la derecha neocon–, no han
surgido muchas ficciones fantásticas
para la televisión tan
insistentemente orientadas a
la izquierda como Torchwood:
el día del milagro.

Este spinoff
de Doctor Who
(una franquicia
histórica de la ciencia
ficción británica) relata las
aventuras de un grupo clandestino,
de funcionamiento
algo anárquico, que protege
el planeta de amenazas extraterrestes.
En la cuarta
temporada, el proyecto
conserva la
mayoría de sus
convenciones narrativas:
sigue el
camino del thriller contemporáneo
de acción, con elementos sobrenaturales e interferencias
a veces chocantes de
humor y drama
más o menos
cotidianos.

El día del milagro, disponible
en la plataforma Filmin y
ahora emitida por Neox, parte
de una situación fantástica: los
humanos dejan de morir, por
muy envejecidos, enfermos o
heridos que estén.
Las autoridades
anticipan un colapso
malthusiano, y eso facilita que
el lobby farmacológico-sanitario
tome el control siguiendo
el manual de la doctrina del
shock: una situación excepcional,
a menudo provocada, legitima
decisiones terribles.

El desarrollo de la ficción es
algo repetitivo, pero el empeño
resulta simpático por cómo utiliza
acontecimientos fantasiosos
para criticar, una y otra
vez, los masivos recortes de
gasto público emprendidos por
la administración Cameron.

No es el único apunte político,
porque incluso aparece una
voz mediática que se antoja
surgida del populista Tea Party

y su elogio de la insolidaridad,
en una muestra más de la progresiva
americanización de la
serie (para esta última entrega,
la BBC se asoció con el canal
estadounidense Starz).

Como es habitual, no se
muestran prolijas tramas de
despachos sino que se apuesta
por la acción, por los héroes y
villanos,
y, en esta ocasión,
por lucrativas conspiraciones
sin presencia extraterrestre.

Para evidenciar, aún más, que
el día del milagro es un problema
estrictamente humano,
que esta vez el grupo
Torchwood se enfrenta a preocupaciones
reales,
como el
miedo a estar contemplando
la consagración definitiva de
un modelo de sociedad donde
no caben pobres ni débiles, y
el pánico a que uno de los villanos
esté en lo cierto cuando
afirma: “Así es como el mundo
funciona ahora, sólo lo hacemos
oficial”. //

'Super 8' en los suburbios

De Gran Bretaña
proviene
Attack
the block, un
Super 8 de
barriada que
se distancia
del mundo
de feliz
pleno
empleo del
filme de
Abrams.

Este último parecía
asumir que EE UU y sus
«otros» (¿el mundo musulmán?)
sólo pueden relacionarse
bajo un modelo aislacionista,
porque el dolor y la
desconfianza imposibilitan
por el momento una convivencia
civilizada.

La propuesta de
Cornish, por su parte,
remite más a Nuestros maravillosos
aliados (y a Critters)
que a ET: su reivindicación de
la solidaridad grupal en un
conflictivo barrio periférico
enriquece este modesto
espectáculo juvenil.

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