Estiarte y ‘Toto’: waterpolo comparado

Aunque el género de las memorias deportivas sea generoso
en perfiles autocomplacientes, en ocasiones ofrece relatos singulares,
emotivos, duros. El waterpolo español de los ‘90 fue excepcional
y ahora lo son los recuerdos de sus protagonistas.

17/07/09 · 0:00
Edición impresa

Manel Estiarte (Manresa, 1961)
y Pedro García Aguado, Toto
(Madrid, 1968) fueron protagonistas
destacados en la década
de los ‘90 de los éxitos del waterpolo
español. La selección obtuvo
la plata en las Olimpiadas
de Barcelona (1992), el oro en
las de Atlanta (1996) y de nuevo
el oro en los Mundiales de Perth
(1998). No era extraño entonces
encontrar reportajes festivos sobre
aquel equipo de catalanes y
madrileños que habían alcanzado
el equilibrio entre el arrojo y
la técnica, el desparpajo y la humildad,
y que eran sobre todo
un grupo de amigos bajo la batuta
de las ocurrencias del portero
Jesús Rollán, eternamente
sonriente.
Transcurrida casi una década
desde el principio del fin de los
buenos tiempos, parece el momento
de hacer memoria, y en
ese afán han coincidido de nuevo
Estiarte, que acaba de publicar
Todos mis hermanos (Plataforma,
2009), y García Aguado,
autor de Mañana lo dejo (Bresca,
2008). Hasta aquí, nada nuevo;
a fin de cuentas no es extraño
que deportistas en retiro se
dediquen a contar sus batallas y
la industria editorial tenga a bien
publicarlas.
Lo nuevo de las memorias de
Estiarte y García Aguado –lo que
convierte su testimonio en excepcional–
es que ambas dan la sensación
de estar escritas desde la
necesidad. Se diría que sólo ahora,
con la publicación de sus recuerdos,
han podido descansar.

Seis de la mañana

Sus orígenes fueron muy distintos
pero la hora a la que salían
de casa para entrenarse era la
misma: las seis de la mañana.
Esa escena de frío, invierno y pelo
mojado al entrar en clase se
repite en ambos, aunque en el
caso de Estiarte fuera en una ciudad
con tradición de waterpolo
como Manresa y arropado por
una familia unida, y en el de
García Aguado, en un Madrid
donde el waterpolo era una rareza,
y desconcertado ante una familia
que se rompía.
Se encontraron en la selección
nacional, cuando Manel Estiarte
ya era el capitán e iba camino de
ser una leyenda y los de Madrid,
recién llegados, eran sólo unos
críos “desordenados, indisciplinados…
pero con una seguridad,
una convicción y una fe en sí
mismos magníficas”, escribe
Estiarte. Los recuerdos de
García Aguado no le desmienten:
“Por no conocer no sabíamos
ni quién era Manel Estiarte.
No nos importaba, ni ellos, ni su
edad, ni su experiencia, porque
nos creíamos los mejores. No
mitificábamos a nadie, por puro
desconocimiento y desinterés”.
De aquel contraste surgió un
conjunto que aunaba temeridad
y contención, fuerza y técnica. Y
fue posible, según el relato de ambos,
por el nexo familiar que se
creó en el equipo, un sentimiento
de hermandad reforzado ante el
enemigo común: el entrenador
croata Dragan Matutinovic y sus
técnicas de entrenamiento basadas
en el sufrimiento y la humillación.
Tras el ‘fracaso’ de
Barcelona 92, en 1994 Joan Jané,
que había sido compañero e ídolo
de Estiarte, se hizo cargo de la
dirección del equipo y entonces
llegaron los triunfos –los oros en
Atlanta y Perth–.
Con Jané o a pesar de Jané,
aquí difieren los testimonios, como
una familia cada vez más
compleja –con roces y aristas–,
lo habían logrado. Lo tenían todo,
lo habían conseguido todo.
Y sin embargo, de la lectura
de Todos mis hermanosy Mañana
lo dejo se desprende que tal
vez tenían mucho menos de lo
que parecía o, al menos, que en
ambos casos y por motivos distintos
la experiencia del éxito
también lo era de dolor.
Porque en el abrazo de Estiarte
a su hermano Albert en la piscina
de los Juegos de Atlanta, una vez
conseguido el oro, sólo hay un
nombre, Rosa: la hermana mediana
que un maldito día de primavera
saltó al vacío desde el cuarto
piso de la casa familiar en Manresa,
ante la impotencia de Manel
Estiarte, que no pudo detener
aquel vuelo… ni la rabia ni la sensación
de culpa. Y Todos mis hermanos
resulta entonces un homenaje
a todos esos compañeros de
equipo y de vida, que más que
amigos han sido hermanos, pero
sobre todo un homenaje al recuerdo
de su hermana Rosa.
Tenían mucho menos de lo
que parecía, tal vez, porque en
los recuerdos de García Aguado
los éxitos deportivos se mezclan
con su autodestrucción por la vía
de la adicción al alcohol y la cocaína,
de la que sólo logró escapar
cuando ya no le quedaba nada,
cuando el waterpolo también
se había terminado. Jesús Rollán,
el portero, el amigo, no lo logró y
puso fin a su vida otro maldito
día, el 11 de marzo de 2005.
Son recuerdos de ausencias,
de tiempo perdido, irrecuperable,
el reverso de aquellos reportajes
festivos de finales del siglo
pasado. Son un último partido,
una necesidad.

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