EL REGATE
El enigma del Conejo

Cuando Toshack dijo
que los suplentes de
un equipo le odiaban
y que eso, sumado a los odios
de los familiares y de las novias
de cada uno de ellos, juntaba
a mucha gente en su
contra, seguro que no se refería
a Javier Saviola, al que,
por otra parte, no conocía.
¿Cómo se explica que alguien
tan educado, tan inmensamente
correcto, haya venido
de Argentina, el lugar donde
nacen los cancheros más
atrabiliarios? ¿De qué planeta
sale este muchacho peterpanesco?

05/02/09 · 0:00
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Cuando Toshack dijo
que los suplentes de
un equipo le odiaban
y que eso, sumado a los odios
de los familiares y de las novias
de cada uno de ellos, juntaba
a mucha gente en su
contra, seguro que no se refería
a Javier Saviola, al que,
por otra parte, no conocía.
¿Cómo se explica que alguien
tan educado, tan inmensamente
correcto, haya venido
de Argentina, el lugar donde
nacen los cancheros más
atrabiliarios? ¿De qué planeta
sale este muchacho peterpanesco?
A medida que se extinguía,
despacio, su contrato
con el Barcelona, Saviola destilaba
mayor tranquilidad. No
sólo porque su futuro –y el de
los suyos– estuviese para
siempre asegurado, sino porque
su titularidad en la selección
albiceleste se mantenía
intacta. Cuanto menos jugaba,
a Saviola se le consideraba
mejor jugador.

El misterio del Conejo era
más comprensible cuando todavía
era un muchacho. Una
gran parte de la grada, huérfana
de héroes, se erigió como
la madre de Javier, mientras
el otro sector ejercía el
papel de padre. Apenas un
par de fogonazos, de los que
ya casi nadie recuerda, justificaron
el empeño del Nou
Camp, tan sólo comparable al
que puso San Mamés en
mantener el mito de Julen
cuando a éste se le acabó el
gas. A tenor de su participación
en el juego, los goles de
Saviola siempre fueron como
raros accidentes. Muchos aficionados
hubieran preferido
que el Conejo jugara su propio
partido, solo, y que se hartara
a confirmar lo que fuera
que apuntase cuando bajaba
la cabeza y buscaba sin éxito
pasar con el balón entre una
nube de piernas.
El Madrid, que reserva menos
espacio para una abstracción
como la que propone el
juego de Saviola, le ha devuelto,
quién sabe si definitivamente,
a su eterna condición
de mudo calientabanquillos.

Cuando se acabe su contrato
aquí, otro equipo grande lo
reclamará: saben que el
Conejo cobra y mantiene su
cara de extraterrestre sin doblez.
Le cae bien a la gente.

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