Cualquiera puede ser nadie

Las resistencias al enésimo asalto del
neoliberalismo han reencontrado en la figura
del personaje colectivo una herramienta de
lucha a lo largo de la historia.

10/02/12 · 10:52
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Ivan Solbes

“Yo no tengo nombre, puedes llamarme V”, dice en cierto
momento el protagonista de V
de Vendetta, personificación
de la anarquía oculta tras una
máscara de Guy Fawkes,
un
tipo que el 5 de noviembre de
1605 intentó volar el parlamento
inglés, en la llamada
“Conspiración de la pólvora” .

Aunque prácticamente desde
su creación, a principios de
los ‘80, V ha sido un referente
en el imaginario contracultural,

fue la infame adaptación
a la pantalla grande, en 2006,
de este cómic de Alan Moore
y David Lloyd la que realmente
popularizó el rostro de
Fawkes y lo convirtió en un
elemento cada vez más habitual
en las protestas de diversos
colectivos de base.

Con la crisis económica a la
vuelta de la esquina, iniciativas
como V de Vivienda y
otras comenzaron a utilizar
en
la política cotidiana esta imagen.

Tal vez, en principio, se
pueda atribuir este hecho al
carácter de icono de la cultura
popular que adquirió V tras su
paso por el cine en una versión
mucho más aséptica y
simplona que la original y a
su utilidad, por tanto, como
símbolo fácilmente identificable
de lucha contra la opresión

y la injusticia.

Sin embargo,
poco a poco y de manera algo
inesperada, los resultados de
estas acciones han ido derivando
hacia otros derroteros:
los del nombre múltiple.

Somos Legión

Probablemente, la clave para
que esto ocurriera es que
Anonymous hizo suyo el personaje.
Al pasar por el filtro
de este seudónimo, que es ya
de por sí un alias colectivo, la
máscara de Guy Fawkes se resignificó.

Se reforzaba ahora
con la figura de V, de manera
evidente, lo subversivo del
anonimato: el rechazo de los
activistas a una estructura
convencional, a líderes y a discursos
oficiales,
a visibilizarse
y, por tanto, a ser identificados
por el poder que, sin
saber qué hacer, perseguía supuestas
cúpulas, buscaba portavoces
y amenazaba al aire.

No se puede atrapar al cerebro
si el cuerpo ha renunciado
a tener cabeza.
Cualquiera
puede ser nadie.

Para mayor desconcierto de
los de arriba, la irrupción del
15M, con las dinámicas y movimientos
que lo impulsaron o
surgieron como consecuencia
inmediata, provocó que se incidiera
mucho, en asambleas
y manifestaciones, en conceptos
como horizontalidad, democracia
directa o ausencia
de representantes
desde el entendimiento
del pueblo como
multitud crítica. La máscara
de Fawkes estaba allí.

La indignación
viajaba por Europa,
y la máscara de Fawkes viajaba
con ella. Las protestas cruzaban
el charco y se extendían
por Norteamérica como la
pólvora, y la máscara de
Fawkes, claro, aparecía en cada
una de las réplicas
del movimiento
Occupy.

Y aunque el poder no sepa
nunca cómo reaccionar ante
estas formas de organización
y de funcionamiento de las resistencias,
el nombre múltiple
no es en absoluto un fenómeno
reciente.
Entre el mito y la
realidad encontramos numerosos
personajes colectivos
tras los que se esconden grupos
de artistas, escritores o
científicos en un intento de aunar
esfuerzos, entroncar con
el saber popular, escapar de la
represión o, simplemente, reírse
un rato.

Igualmente, muchas
leyendas en torno a la figura
del forajido, como la de
Robin Hood,
por ejemplo, pueden
venir de un uso múltiple
de una única identidad, haya
existido ésta realmente en algún
momento o no.

En el caso de los movimientos
políticos basados en el
personaje colectivo llama poderosamente
la atención el ludismo.

A principios del siglo
XIX tuvo lugar en Inglaterra
una serie de levantamientos
mecanoclastas contra la incipiente
maquinaria
industrial,
que amenazaba con agravar
aún más la precaria situación
del proletariado. El nombre
del movimiento estaba basado
en un semilegendario obrero
llamada Ned Lud,
muy probablemente
un nombre múltiple
para despistar a patrones y
Estado y evitar represalias.

Las
protestas se extendieron rápidamente
de la ciudad al campo,
donde Capitán Swing fue
el seudónimo de turno.


Sé Luther Blisset

Pero sin duda, el gran referente
contemporáneo de personaje
colectivo es Luther Blisset. En
1994 una pandilla de postsituacionistas
italianos
le robaron el
nombre a un futbolista inglés de
origen jamaicano que había llegado
al Milán en calidad de estrella
a principios de la década
anterior.

Tras realizar una temporada
nefasta, lesionarse y ser
objeto de duras críticas xenófobas
por parte de los tifosi
de su
propio equipo, el jugador abandonaba
el Calcio con más pena
que gloria, sin saber que en realidad
su nombre sí acabaría pasando
a la historia.

A medio camino entre lo libertario
y lo postmoderno,
los planteamientos de Luther Blisset
están centrados en la llamada
“guerrilla de la comunicación”,
concepto basado en la
acción política a través de la
cultura, la crítica a los mass
media y la no convencionalidad
en la creación y difusión
de los discursos.

Especialmente activos durante
la segunda mitad de los ‘90,
llegaron a conformar una red informal,
conocida como
“Proyecto Luther Blisset”, desde
la que los activistas podían
estar más o menos
al tanto de las diversas
acciones realizadas bajo
esta identidad
fantasma.

En el año 2000, algunos
miembros del colectivo italiano
original se refundaron
bajo el seudónimo Wu Ming
(“anónimo” o “sin nombre”, literalmente),

desde una perspectiva menos
política y más interesada
en la autoría colectiva del
arte y la cultura. Por su parte, el
nombre de Luther Blisset sigue
apareciendo de vez en cuando
en todo tipo de acciones en muy
diversos lugares.


Cualquiera puede ser Marcos

Incluso podemos ubicar en esta
tradición del personaje colectivo
la propia figura del subcomandante Marcos.
Los nuevos zapatistas
se cubren el rostro para ser
vistos; reniegan de su nombre
para ser nombrados.
Y aunque
Marcos es una persona concreta,
la máscara tras la que se oculta
o se muestra, como se prefiera
ver, nos habla de que Marcos
no es nadie o, dicho de otro
modo, puede ser cualquiera.
Todos y todas somos Marcos.

Cualquiera puede ser
Marcos. Cualquiera puede ser
Luther Blisset. Cualquiera puede
ser nadie. Yo, no tengo
nombre. Bienvenido. Sé Nadie
tú también.

Subversión,
anonimato,
contrainfo.

En el Manual
de guerrilla
de la comunicación
,
publicado
originalmente
en Alemania
en 1997
(en España
está editado
por Virus) y
firmado por
el grupo
autónomo a.f.r.i.k.a., Sonja
Brünzels y, claro, Luther Blisset,
encontramos algunos de
los mejores ejemplos del uso
subversivo del personaje múltiple.

En sus páginas, además
de un acercamiento teórico
a la acción política
a
través de la deformación de
los discursos del poder, se
hace un repaso por la historia
de las principales propuestas
de activismo contrainformativo
de las últimas décadas,
desde el culture jamming al
terrorismo cultural.

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Ivan Solbes
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