Catar, una pieza separada

En aquel tiempo, era difícil encontrar un deporte impermeable a la fuerza de Catar.

16/04/13 · 18:14
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Ahora que abundan los textos que lamentan no haberse dado cuenta a tiempo de la dimensión de la burbuja inmobiliaria (y de otras burbujas), cabe imaginar unas líneas que dentro de algunos años se flagelen por no haber reparado en el extraño fenómeno del deporte catarí. Unas líneas como las que siguen.

En septiembre de 2011 sólo 76 socios compromisarios del FC Barcelona votaron en contra del acuerdo de patrocinio que ligaría a la entidad azulgrana con Qatar Sport Investments hasta el final de la temporada 2015-2016. Votaron a favor 697 compromisarios. El entonces vicepresidente económico del Barça, Javier Faus, declaró sobre el emirato: “Están más cerca de Europa que del mundo árabe y quieren ser un puente con Asia, lo que nos favorece como club. Pese a lo que nos quieren hacer creer algunos, no es un paria mundial. Que la FIFA les haya dado el mundial es una garantía para nosotros”.

En efecto, a finales de 2010, 14 de los 22 ejecutivos de la FIFA que intervinieron en la votación final para elegir la sede del Mundial de Fútbol de 2022 se habían inclinado por la opción catarí. El que fuera presidente de la FIFA, Joseph Blatter, celebró entusiasmado la elección: “Quiero felicitar a la delegación de Catar, y dar las gracias a los otros candidatos. Gracias al Comité Ejecutivo de la FIFA porque vamos a nuevas tierras. Oriente Medio y Europa del Este [Rusia fue elegida en la misma fecha como sede del Mundial de 2018] estaban esperando esto. Soy un presidente feliz”.

“No hablen de dinero”

Un país que entonces no alcanzaba los dos millones de habitantes, que nunca había llegado a la fase final de un mundial de fútbol y cuyas temperaturas en verano desaconsejan el deporte al aire libre se disponía a albergar la principal cita del juego más seguido del planeta. “Iremos a nuevos territorios. No hablen de dinero. Esto no tiene nada que ver con dinero”, dijo Blatter en respuesta a sus críticos.

De modo que en 2012 Catar era el patrocinador del mejor equipo del momento (el Barça de Messi), el futuro organizador del Mundial de 2022 y la sede de una creciente lista de eventos: el Gran Premio de Motociclismo del circuito de Losai, el Tour de Catar (de ciclismo) o el Catar Open (de tenis).

Y las previsiones iban en aumento. En 2013 el país había ampliado sus conquistas y se disponía a acoger el mundial de natación de 2014, el de balonmano de 2015 y el de ciclismo en ruta de 2016. Resultaba cada vez más difícil seguir los consejos del presidente de la FIFA y no hablar de dinero. Era imposible pronunciar algo creíble sobre el asunto sin aludir al maná de millones de dólares del petróleo y el gas que el país ponía sobre la mesa para convertirse en una potencia deportiva –al menos como sede–.

Fraude

Los deportistas españoles no eran ajenos a la fiebre. En 2013 Jorge Lorenzo inauguraba la temporada con victoria en el circuito de Losai, Rafael Nadal era baja de última hora en las pistas de Doha y Raúl González ganaba la liga catarí con el Al-Sadd Sports Club. Quien había sido emblema del Real Madrid seguía así la senda de otras viejas glorias que pasaron sus últimos años de vida deportiva sesteando en la liga del emirato.
Pero ya entonces resultaban evidentes los problemas del espejismo. La revista France football publicó en enero de 2013 un documentado reportaje en el que demostraba que Catar había comprado varios votos entre los ejecutivos de la FIFA para hacerse con el Mundial de 2022. El supuesto fraude incluía una compleja red de compra de favores entre presidentes de federaciones de fútbol, deportistas de élite y empresas del sector deportivo y audiovisual.

Con semejante panorama llegó el más difícil todavía, el giro español. Iñaki Urdangarin –exjugador de balonmano del FC Barcelona, yerno del Rey y en aquellos días imputado por el caso Nóos– recibió una oferta de su amigo Valero Rivera para acompañarle como segundo entrenador en la selección de Catar. Así fue; hoy puede parecer una broma.

Lo ocurrido con posterioridad es de sobra conocido. Los implicados en diversos países siguen ofreciendo versiones variopintas. En el caso español, lo difícil es explicar que un país que vivía inmerso en una aguda crisis económica y ocupado en lamentar sus negligencias en los tiempos del “dinero fácil” volcara tantos activos deportivos de la “marca España” (entonces aún se usaba ese término) en dar publicidad a un territorio regido por una monarquía. Llegó el momento de hablar de dinero.

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