LITERATURA
Casavella: el tipo que estuvo allí

Francisco Casavella murió hace menos de tres años, poco después de
recibir el premio Nadal. Queda su obra, un tiovivo de palabras acerca de
Barcelona, la tragedia, la farsa y la comedia.

01/07/11 · 8:00
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Como un regalo envenenado,
la adjudicación de los Juegos
Olímpicos para Barcelona inició
una delirante ola de cambios
y transformaciones en la
urbe
. Igual que un general de
las SS refugiado en algún rincón
de Latinoamérica o de la
Costa Brava, hizo un inconmensurable
trabajo de maquillaje
y ocultación de su identidad.
Renegó de su vida social y
cultural autóctona, apostando
por nuevas manifestaciones
que le eran ajenas, escondiendo
bajo la alfombra periférica
el polvo
que levantaba el tejido
proletario, que impulsó su prosperidad
y grandeza. Francisco
Casavella estuvo allí para observarlo,
sufrirlo y contarlo. O
mejor dicho... denunciarlo.

Francisco Casavella... tal vez
algunos le recuerden como
aquel tipo que recibió el Premio
Nadal con gesto de pasmo. Y
murió unos meses después, a
veces pienso, del disgusto de
que por fin el establishment literario
reconociera su labor. Al
poco de morir y como no podía
ser de otra manera, se celebró
una fiesta en su nombre. Una
juerga colectiva y popular
a la
que me dolió no asistir: se había
ido uno de los nuestros.

Toda la obra de
Casavella rezuma vida
y pasión. Dos conceptos
que si no consideras
sinónimos irás jodido

Me he negado a iniciar este
panegírico con tópicos del estilo
“fue el mejor cronista de la
Barcelona preolímpica” o “el
Juan Marsé de los 80”. Paso; sería
traicionar su espíritu. Porque
Casavella no fue un notario,
ni un mero observador de
aquellos años de delirio colectivo.
Casavella fue un vividor
[con mayúsculas]. Y eso le convirtió
en el mejor escritor de su
momento. No exagero un ápice:
sólo desde la vivencia se
puede escribir literatura emocionante.
Toda la obra de
Casavella rezuma vida y pasión.
Dos conceptos que si no
consideras sinónimos irás jodido.
Supo entender de dónde venía
y mondarse del espíritu de
su tiempo. Mientras todos se
maqueaban para la ceremonia
del despilfarro
, Casavella hizo
bandera de sus raíces, de esa
Barcelona que fue declarada en
caza, captura y exterminio.

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A correr, que llegó el Watusi

Acérquense, pasen y vean y
disfruten... con ustedes la
Trilogía del Watusi. Una obra
maestra tan honesta, tan patética,
tan real como la vida
misma. Una descripción, en
tres tiempos, de esa Barcelona
en plena operación de cirugía
estética que la llevaría a convertirse
en putón verbenero;
pero más, mucho más. Una
narración sobre el crecimiento,
personal y social, sin escamotear
la carga de corrupción
que suele implicar dicho proceso.
Y monumental; monumental
sin pretenderlo, como
debe ser. El volumen que recoge
La Trilogía del Watusi es
un tocho que asusta pero, en
las antípodas de lo que suele
pasar con este tipo de libros,
no le sobra un solo párrafo.
Todo el texto vibra, fluye, conmueve...
y explica un lugar y
un tiempo.

Hay más Barcelona en
Casavella. Años antes ya nos
había entregado El Triunfo,
otra gran novela sobre el fracaso.
Sobre la vida lumpen,
los extrarradios, el trapicheo
y el techo de cristal de la injusticia
social
. Llena de sonidos
rumberos y olor a botella
de Soberano. Es, precisamente,
la crónica de esa Barcelona
que los años ‘80 se empeñaron
en borrar por decreto; por
decreto de impostura cultural.
Pero, amigos, la psicología lleva
décadas advirtiendo que no
se puede enterrar el pasado
alegremente. Que lo que fuimos
somos y por mucho que
vistamos zapatos de marca
nuestros andares descubrirán
el macarra de barrio que llevamos
dentro.

Y llegamos a mi favorita: El
Secreto de las Fiestas
. La novela
que más veces he regalado
en los últimos diez años.
La novela que me hizo enviar
mensajes de móvil a mis amigos
cuando Casavella se alzó
con el Nadal, porque se había
producido uno de esos extraños
momentos de justicia poética
.
Una novela que empieza
con un “Soy raro...” y continua
regalando lecciones sobre esa
conga a la que llamamos vida.
En toda la obra de Casavella
hay alegría. Alegría como antídoto
a todos los males: sumergido
hasta el cuello en la
corrupción, surge la sonrisa;
cuando las cosas parece que
no pueden ir peor, suena una
rumba. Y El Secreto de las
Fiestas
es la mejor plasmación
de dicha alegría. Una
alegría que igual nos sirve
para convertirnos en as del
pinball, que para meternos a
las chicas en el bolsillo, que
para soportar que tu viejo sea
un puto jipi.

La algarabía, esa conga
promovida desde las
instituciones, se refleja
en los protagonistas
de la obra de Casavella

Más que prohombre, titán

El fascismo suele presentarse
con una sonrisa. El pederasta
atrae a sus víctimas ofreciéndoles
caramelos. Todas las religiones
nos hablan de una vida
mejor. Y volviendo al tema
que nos ocupa, aquellos cambios
que prometían las instituciones
se presentaron bajo
el espejismo de la prosperidad.
Ese es el momento de la
vida barcelonesa en que trascurre
El Secreto de las Fiestas.
Resulta evidente en su obra
cómo el momento individual
corre de la mano del colectivo
.
Toda esa algarabía, esa
conga promovida desde las
instituciones se refleja, lo sepan
o no, en los protagonistas
de la obra de Casavella.

A la postre, aquella fiesta se
revelaría como una gigantesca
maquinaria de exclusión social,
fascismo cultural y rendición
a las más ridículas tendencias
en cuanto a diseño y
planificación del espacio público
.
Todo eso lo vivió Francisco
Casavella y contra todo ello
edificó su obra. Se fue del mismo
modo que le descubrimos:
por sorpresa, sin despedirse a
unos tempranos 45 años.
Quizás se había cansado de
aguantar monsergas. Pero no
nos aflijamos, lustremos nuestros
mejores zapatos y salgamos
a bailar la conga porque
como repitió él mismo y quedó
como cabecera en varios obituarios:
“Todo es terrible pero
nada es serio”. Gocemos su legado.

La gran novela de la Barcelona olímpica

Los juegos feroces, Viento y joyas y
El idioma imposible
son los títulos de
las tres partes de que se compone El
día del Watusi
, una novela excesiva
en la que Casavella saldó cuentas
consigo mismo, con la Barcelona del
Franquismo, la transición y el pelotazo
del '92. Casavella rasca en la
marca de la ciudad marca y, de
fondo, sin alusiones de ningún tipo,
quien lo lea puede reconocer el perfil
huidizo de Onofre Bouvila, del Pijoaparte
o de Charo, la prostituta que
acompaña a Pepe Carvalho. Pero,
más que un homenaje, El día del
Watusi
es un pasote al ritmo de una
canción de Ray Barretto.

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