Carta al General Franco

París, 18 de marzo de 1971
Don Francisco Franco
Palacio de El Pardo
España

28/11/08 · 0:21
Edición impresa

 

FERNANDO ARRABAL, (Melilla, 1932), dramaturgo, poeta y escritor, escribió 'Carta al general Franco' en 1971. Ahora la editorial Augur Libros reedita este texto, que llevaba 30 años descatalogado.

 

Ex c e l e n t í s i m o
Señor:

Le escribo esta
carta con amor.

Sin el más mínimo odio
o rencor, tengo que decirle
que es usted el hombre que
más daño me ha causado.
Tengo mucho miedo al
comenzar a escribirle:
temo que esta modesta
carta (que me conmueve de
pies a cabeza) sea demasiado
frágil para llegar hasta
usted; que no llegue a sus
manos.

Creo que usted sufre infinitamente;
sólo un ser que
tanto sufre puede imponer
tanto dolor en torno suyo;
el dolor preside, no sólo su
vida de hombre político y
de militar, sino incluso sus
distracciones; usted pinta
naufragios y su juego favorito
es matar conejos, palomas
o atunes.

En su biografía, ¡cuántos
cadáveres! en África, en
Asturias, en la guerra civil,
en la postguerra...

Toda su vida cubierta por
el moho del luto. Le imagino
rodeado de palomas sin
patas, de guirnaldas negras,
de sueños que rechinan
la sangre y la muerte.

Deseo que usted se
transforme, cambie, que se
salve, sí, es decir, que sea
feliz por fin, que abandone
el mundo de represión,
odio, cárcel, buenos y malos
que hoy le rodea.

Quizás haya una remota
esperanza de que me oiga:
siendo niño me llevaron a
un acto oficial que usted
presidía.

Al llegar usted, entre ovaciones,
las autoridades le
agasajaron.

Entonces una niña, preparada
para ello, se acercó
a usted y le tendió un ramo
de flores. Luego comenzó a
recitar un poema (mil veces
ensayado)... Pero, de pronto,
presa de emoción, se puso
a llorar. Usted le dijo,
acariciándole la mejilla:

–No llores, yo soy un
hombre como los demás.

¿Es posible que hubiera
en sus palabras algo más
que el cinismo?

Yo no formo parte de esa
legión de españoles que al
finalizar la guerra civil cruzaron
los Pirineos cubiertos
de nieve. Como mi amigo
Enrique que tenía entonces
once meses. Las barrigas
secas, el espanto a borbotones
buscaban la cima y
huían del fondo de la furia.

¡Cuánto heroísmo anónimo!

¡Cuántas madres, a pie,
con sus hijos en brazos!

Luego, a lo largo de estos
años, de estos últimos lustros,
¿cuántos huyeron?
¿Cuántos emigraron?
Hace siglos, en tiempos
de la Inquisición, vivía en
Ávila una niña de ocho
años. Un día tomó a su
hermanito por la mano y
se escapó de su casa. Recorrieron
campos y montañas.

Por fin su padre
consiguió dar con ella. Le
preguntó:

–¿Por qué te has escapado?

–Quería irme de España.

–Pero ¿por qué?

–¡Para conquistar gloria!

–Lo mismo que dijo esta
niña –Santa Teresa– hubieran
podido decir tantos que
se fueron: cientos de miles.

Y también los Goya, los
Picasso, los Buñuel...
Lo mismo hubiéramos
podido decir los que en
1955 salimos de su España
negra.

Para conquistar gloria,
en el sentido más fascinante
de la palabra.

Esa niña que se escapaba
en busca del apoteosis,
más tarde iba a sufrir en su
carne y en su alma los golpes
de la intolerancia de entonces:
la Inquisición.

No vea en mí ningún orgullo.
No me siento de ninguna
manera superior a nadie
y menos que a nadie a
usted. Todos somos los
mismos.

Usted debe escuchar esta
voz que le viene volando
por encima de media Europa,
bañada de emoción.

Lo que le voy a escribir
en esta carta podrían decírselo
la mayoría de los hombres
de España si no tuvieran
sus bocas lacradas, es
lo que dicen en privado los
poetas.

Pero no pueden proclamar
en voz alta lo que les
grita el corazón.
Arriesgan la cárcel.

Por eso tantos se fueron.
Su régimen es un eslabón
más dentro de una cadena
de intolerancias que
comenzaron en España hace
siglos.

Quisiera que usted tomara
conciencia de esta situación.
Y, gracias a ello, quitara
las mordazas y las esposas
que encarcelan a la mayoría
de los españoles.
Este es el propósito de mi
carta:

Que usted cambie.
Usted merece salvarse
como todos los hombres:
desde Stalin hasta Gandhi.
Usted merece ser feliz:
¿cómo puede serlo sabiendo
el terror que su régimen
ha impuesto e impone?

Mucho tiene usted que
sufrir para crear en torno a
usted la intolerancia y el
castigo.

Usted también merece
salvarse, ser feliz.
España tiene por fin que
cesar de emponzoñar a su
pueblo.

¡Cuánta ceniza, cuántas
lágrimas, cuánta muerte
lenta entre funerales de
chatarra al son de campanas
podridas!

Este país era España.
Sus reyes se llamaban,
por ejemplo, Alfonso X el
Sabio o Fernando III el
Santo. Este monarca se
proclamó el “Rey de las tres
religiones”.

(Me siento orgulloso de
llevar su nombre.)
Imagínese la España de
hoy aceptando las tres corrientes
de pensamiento
más populares en el país
y apadrinándolas en toda
libertad: la democracia, el
marxismo y la religiosidad.
Si usted delegara su poder
al pueblo, ¡qué felicidad!
Qué felicidad para usted.
Qué felicidad para todos
los españoles.

Pero la tolerancia constructiva
que impregnó la
Edad Media iba a cesar brutalmente.
Los Reyes Católicos llegaron,
expulsaron dos de
las tres religiones, proclamaron
el cristianismo religión
obligatoria, por la
sangre y por el fuego intentaron
exterminar al judaísmo
y al mahometanismo.

La noche más negra de
la historia comenzaba en
España, los quemaderos
de la Inquisición se encendieron
y sus intolerancias
siniestras aún no se han
extinguido.

Y hasta hoy reina un silencio
de flores calcinadas,
de interminables rejas, como
un sordo enjambre de
arañas en nuestros sesos.
Aún en la España de hoy
se sigue pudriendo en las
mazmorras por delitos de
opinión.

Por proclamar en alta
voz el idealismo que abrasa
el corazón, por pedir de la
forma más sincera y pura
un sistema difere

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