El cante para el que lo trabaja

Siguiendo la senda que abrió el cantaor Antonio Mairena; Moreno Galván, Menese y otros flamencos de La Puebla de Cazalla han insistido durante casi medio siglo en que el flamenco no pertenece a Marca España, sino a los que lo trabajan.

19/07/13 · 8:09
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Por resumir, desde los años 50 hasta los 70 un cantaor gitano llamado Antonio Mairena –casi con seguridad el cantaor de mayor relevancia de la historia del flamenco–, heredero, cuentan, de Manuel Torre y sometido a un simulacro de fusilamiento a manos de unos señoritos de la Falange sevillana, se puso el objetivo de compilar todo lo que del flamenco había sido creado por gitanos. A tal proyecto se le llamó “mairenismo” y se propagó en libros, grabaciones, conferencias y eventos. Entre sus máximos valedores se encontraban unos flamencos de la Puebla de Cazalla que, teniendo como referente a Mairena y como mentor a Francisco Moreno Galván, politizaron la escena de los 70.

Amén de arrojar luz sobre unos cantaores que, de otro modo, hubieran sido posiblemente peor tratados por la fonografía y la historia (Juan Talega, Rosalía de Triana, La Piriñaca, Pepe Torre o Manolito de María), pasados ya años desde su auge, sí podemos decir que el mairenismo supo poner el dedo en la llaga. Cabe lanzar la hipótesis de que Mairena tuviera una idea determinada de cuál era ese flamenco que, después de desaparecer de la faz de la tierra tras la guerra, aguardaba un redescubrimiento… o, más bien, una reinvención, de algún modo ahistórica y que lo insertaba en una especie de pasado mítico. Y era un flamenco gitano, refractario a los modelos de la ópera flamenca, lo que se reivindicaba: más no por viejo, menos por nuevo. Mairena es al flamenco lo que Homero a la mitología griega.

Ya desde su comienzo, y hasta hoy, los hay que niegan que el flamenco sea cosa de gitanos, incluso algunos niegan que se pueda hablar de un cante gitano diferenciado. Durante la época de Mairena tal negación tenía detrás el intento de nacionalizar el flamenco para ponerlo al servicio del régimen (cosa que, por cierto, se ha conseguido recientemente con la declaración del flamenco como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, desde la cual el flamenco trabaja ya oficialmente para la “Marca España”). Pero actualmente la cosa es mucho más turbia; para empezar porque se pone la ciencia por delante para demostrarlo, asegurando que no hay diferencia biológica entre gitanos y payos. Esto por sí solo ya sería grave, puesto que entiende que si no hay diferencia biológica (la importante) no hay que prestar atención a la diferencia cultural al ser un pseudoproblema. Más listo era Felipe IV cuando en su Pragmática de 1633 decía: “Habiéndose entendido por diferentes informes […] los grandes inconvenientes con que viven en algunos lugares los gitanos […] fue acordado lo que, por cuanto estos que se dicen gitanos ni lo son por origen ni por naturaleza, sino que han tomado esta forma de vivir para tan perjudiciales efectos […] que de aquí en adelante […] no vistan ni anden con trajes gitanos, ni usen la lengua, ni se ocupen en los oficios que les están prohibidos”.
Efectivamente, Felipe IV se dio cuenta de que el problema no era de índole racial, sino de formas de vida. Y si el actual “no hay razas” es ya de una miopía enorme, es todavía más lacerante que ni siquiera los especialistas entiendan que el proyecto de Mairena fue un proyecto político de expropiación del cante a aquellos que se lo habían apropiado, que casualmente eran los mismos terratenientes y caciques que explotaban a los jornaleros.

Tan claro es que lo de Mairena fue un proyecto político que, para poder dejar un corpus redondo, inventó todo lo que no encontró. El problema no era para Mairena arqueológico, sino de consistencia: el corpus gitano del cante tenía que ser tan consistente que ningún poder fáctico pudiera decir ya que el flamenco era una cosa española o un orgullo nacional, no, el flamenco era patrimonio gitano-andaluz, que para algo habían sido ellos los trabajadores explotados del cante. Claro que, para que la cosa funcionara, todos los cantes que grabó (y nada más que en seguiriyas y soleares grabó 256 distintos) los atribuyó a otros, siempre gitanos y casi siempre muertos, es decir, incontestables; como una inversión del “argumento de autoridad”. La historia flamenca discurre por unos vericuetos en los que los términos de verdad y mentira se convierten en paradojas y a veces dejan en pañales a aquellos que se aferran a ellos como a un clavo ardiendo.

Este proyecto generó una escuela, llamada mairenismo, con cantaores como Luis Caballero, Fosforito, Lebrijano, Menese, Clavel, Vargas o Gerena y escritores como Paco Vallecillo, Ramón Soler, Caballero Bonald o Francisco Moreno Galván. Tanto los últimos cuatro cantaores como Moreno Galván son oriundos de La Puebla de Cazalla, Sevilla, y todos ellos compartían dos cosas: no eran gitanos y eran de izquierda revolucionaria.

¿Qué pintaba un grupo de flamencos payos y de izquierda revolucionaria defendiendo el proyecto de un cantaor que proclamaba la autonomía del cante gitano? La primera imagen que viene a la cabeza (bueno, igual la primera no...) son las White Panthers apoyando la lucha de las Black Panthers; pero claro, entonces se debería comparar el proceso de expropiación cantora mairenista con el de soberanía negra de las Panteras, y quizá sea meterse en camisas de demasiadas varas. Lo que no deja de resultar curioso es que una gente comprometida con un proceso revolucionario o un pintor de pulso vanguardista como Moreno Galván no prefirieran decantarse por prácticas más “híbridas” y “contestatarias” como el rock flamenco, que desde finales de los sesenta ya se practicaba en España (el primer single de los Smash o el primer disco de Los Tarantos son de 1969).

Igual no es que creyeran que había que guardar el flamenco en la misma forma en que lo dejaron los maestros muertos en los años 50. Quizá es que tenía que resultar tan brutal ver cómo Mairena se enfrentaba a los propietarios de los medios de producción del flamenco, como tuvo que ser ver a los comuneros, y tantos tras los comuneros, reivindicando aquello de “la tierra para el que la trabaja”. //

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comentarios

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    27/07/2013 - 12:31pm
    Qué bueno, ha vuelto La Voz de tus Muertos. Os echaba de menos.Salud.
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    El Niño del Parche
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    27/07/2013 - 1:07am
    Gracias, Carlos, por el comentario. Un gusto leer el nombre de Jiménez Rejano y faltaría el del Turronero, creo: citamos a ambos en nuestra lista de cantes de acompañamiento, junto a Paco Moyano, uno de los injustamente olvidados. No creo que ignoremos esa "formación social determinada históricamente" que es Andalucía, pero sí lo pasamos deliberadamente por alto, porque no estamos del todo seguros de que esté tan vinculada con el mairenismo que, nos parece, quizá equivocadamente, que es más un gitanismo que un andalucismo, al menos del cuño del modernismo lorquiano o de Falla que sí es, evidentemente, andalucista... Complicado asunto: para batirse en cañas cuando se tercie. El tema es la hostia y además está ahora bien candente. Mil gracias de nuevo. Salud!
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    Carlos Ríos
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    24/07/2013 - 1:29pm
    <em><span style="color: rgb(60, 61, 60); font-family: Georgia, Times, 'Times New Roman', serif; font-size: 16px; line-height: 22px; ">&iquest;Qué pintaba un grupo de flamencos payos y de izquierda&nbsp;revolucionaria defendiendo el proyecto de un cantaor que proclamaba la autonomía del cante gitano?</span></em> <em><span style="color: rgb(60, 61, 60); font-family: Georgia, Times, 'Times New Roman', serif; font-size: 16px; line-height: 22px; ">Lo que no deja de resultar curioso es que una gente comprometida con un proceso revolucionario o un pintor de pulso vanguardista como Moreno Galván no prefirieran decantarse por prácticas más &ldquo;híbridas&rdquo; y &ldquo;contestatarias&rdquo; como el rock flamenco, que desde finales de los sesenta ya se practicaba en España (el primer single de los Smash o el primer&nbsp;disco de Los Tarantos son de 1969).</span></em> <h4 class="art_h4">Un muy buen artículo, pero ignora la existencia de una formación social determinada históricamente, Andalucía, que es la que explica el fenómeno Galván-Menese, Gerena... Y cuyas manifestaciones más longevas han sido Jiménez Rejano y, por supuesto, El Cabrero. Este fenómeno de &quot;Flamenco revolucionario&quot; (que ya apareció tímidamente antes de 1936) realiza una colusión con el mairenismo utilizando como puente la esfera política, con la cristalización de un nacionalismo andaluz de clara matriz popular precisamente en la década de los años 70 (y principios de los 80) que explica está búsqueda de las raíces andaluzas desde una perpectiva obrera y popular manifestada en el mairenismo y el Flamenco &quot;antagonista&quot;.</h4>
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