"""Tokyo-Ga'"
En busca de Yasujiro Ozu

WIM WENDERS (1985)

21/02/08 · 0:00
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Todos, aunque sólo sea
mentalmente, hemos
vuelto alguna vez a
esos lugares donde fuimos
felices en algún momento
del pasado. También, cada cierto
tiempo, cuando estamos viviendo
una experiencia que sabemos
que vamos a recordar
con nostalgia, tratamos de grabarla
con fuerza en nuestra memoria
para conservar un recuerdo
nítido de ella. Si se es director
de cine esa vuelta puede hacerse
acompañado de una cámara
con la que grabar los
nuevos momentos de felicidad y
dejar un testimonio cinematográfico
de ello. Es lo que, en cierto
modo, hace José Luis Guerín
en Innisfree, persiguiendo el fantasma
de John Ford mientras rodaba
El hombre tranquilo, y
también lo que, en el caso que
nos ocupa, hace Wim Wenders
al buscar las huellas de Ozu en
el Japón de los años ‘80.

En Tokio-Ga, el autor de
obras maestras como El amigo
americano o El cielo sobre Berlín
rinde su particular homenaje
tanto al director de cine japonés
como a la ciudad donde ambientó
buena parte de las 54 películas
que, llena de títulos clásicos,
componen su filmografía. Para
hacerlo, en la primavera de
1983, 20 años después de la
muerte de Ozu, viaja hasta el país
asiático tratando de encontrar
todo lo que de él ha perdurado
con el paso del tiempo. Así, nada
más bajar del avión, constata
que, aunque nunca antes había
estado en esa ciudad, tiene la
sensación de conocerla, de haber
andado muchas veces por
sus calles, de haber estado en
ciertos barrios, de conocer muchas
de sus tradiciones; todo
ello gracias a las películas de
Ozu y a su costumbre de incluir
escenas cotidianas en sus films,
de presentar escenas domésticas
que son de Tokio y a la vez
de cualquier ciudad del mundo,
de realizar un cine lleno de elementos
locales que, sin embargo,
tiene rasgos universales.

Todo en Tokio le recuerda a
Ozu: los niños de los parques,
los restaurantes, las personas
solitarias, las parejas cogidas
de la mano, los atardeceres, los
mercados, la forma de las nubes
y también esos trenes que
cruzan la ciudad igual que cruzan
los fotogramas de sus películas
y de los que podría decirse
que, en muchos planos, son
como un actor más. Incluso
hay cosas que le recuerdan a
Ozu por contraste, por la añoranza
que produce aquel mundo
armónico de sus películas,
frente al artificial, ruidoso y
prosaico del Japón industrial y
capitalista de hoy.

En su búsqueda va también a
visitar a los que sobrevivieron a
Ozu, como, por ejemplo, Crishu
Ryo, uno de sus actores emblemáticos,
con el que, después de
robarle unos cuantos recuerdos,
se acerca hasta el cementerio,
lleno de cerezos en flor, donde
está su tumba. Y a Yukaru Atsuta,
su primer cámara durante
más de 20 años, que nos cuenta
cómo filmaba, esa peculiar forma
de poner la cámara al nivel
de la mirada de alguien sentado
en el suelo y su obsesión por el
objetivo de 50 mm.
La película, narrada en su
mayor parte por una voz en off,
transmite en todo momento respeto,
admiración y asombro por
la figura de Ozu, pues Wim
Wenders no sabe cómo agradecer
las muchas enseñanzas que
su cine le ha procurado, y su
manera de hacerlo tiene algo de
declaración de amor a un director
y a un estilo que tantas horas
de placer nos ha proporcionado
a muchos amantes del
séptimo arte.

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