apostilla desde la mesa camilla
Buda explotó por empatía

Qué dura es la vuelta de vacaciones. Menos mal que ahí
está, esperándonos desde su pantalla, Ana Blanco, para
acompañar nuestra vuelta a la normalidad. Y es que ésa
parece ser la labor de los informativos: estar ahí y
hacernos sentir parte mientras deglutimos sucesos.

18/09/08 · 0:00
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ROSTROS CERCANOS. Los presentadores se han convertido en iconos fundamentales de nuestra sala de estar.

Ayer tuve una pesadilla.
Soñé que un
muchacho viejuno
con mechas y una
minicam llevaba a Zapatero
a una montaña y lo trataba
como a un buda. Desperté y
me dije entre babas: “Ich bin
berliner”. Y era verdad. El
muchacho, llamado Calleja
y conocido como “el aventurero
oficial” de Cuatro, ocupaba
en un auto-primerísimo
primer plano en night
shot (el occidental por fin ha
dado con lo más parecido a
la autofelación: la auto foto)
donde comentaba sus ‘Correrías
de la Montaña’ junto
a José Luis Shiddarta Zapatero.
El resto es tan insustancial
y desubicado como
las propias figuras de presentador
y presidente, que
por compartir, hasta comparten
etimología.

Tengo miedo y el curso
acaba de empezar. No sé si
prefiero la alopecia informativa
(camuflada burdamente
por el accidente del McDonell-
Douglas) y los programas
plagados de bikinis y
objetos hinchables a este
marasmo de parrillas recién
prendidas en el secarral de
pensamiento actual. No estamos
solos. Están ellas, las
pantallas, dentro de casa,
haciéndose fuertes. Y cada
vez hay más –pantallas,
digo–. ¿Cuánto tardarán en
llegar los hologramas que
acompañaban como parientes
a los personajes de Farenheit?
En mi casa tengo,
de momento, tres pantallas:
la tele, el monitor de la ‘compu’
y la mini de mi móvil.
Casi tantas como amigas. Y
creo que soy de las que menos
tengo de mi bloque.
Ayer me contaba Aurelia
(ahora se hace llamar Aurelie,
estuvo treinta años
emigrada en Burdeos), una
vieja amiga –de cuando en
mi casa no había una sola
pantalla, sin contar las de
mis lámparas de pie–, el controvertido
despido del equivalente
a Gabilondo de la televisión
pública francesa.

Una cara que llevaba 20
años dando las noticias, con
toda la pregnancia emocional
que eso supone. Mucha
gente quiere más a Ana
Blanco que a su propia hermana,
esto es así. El señor
PPDA (Patrick Poivre d’Arvor),
un icónico periodista
que no entro a valorar porque
no soy Aurelia, y cuya
desaparición mediática creó
estupores parecidos a la
muerte del Papa o Freddy
Mercury, fue despedido
prácticamente de un día para
otro, dejando un agujero
en el abotargado equilibrio
de la psique de la clase media.

Porque los informativos
nos acunan antes de dormir,
nos despiertan para ir a trabajar,
nos susurran casi, casi,
“pásame la sal” en las comidas
solitarias, nos tocan a
cena con bandeja a las nueve
de la noche, nos acompañan,
nos recuerdan que pertenecemos
a una gran comunidad
deglutidora de sucesos
donde la obsesión no es
comprender –como pretenden
los publicistas de El
País– sino tener la suficiente
práctica para digerir a tiempo
antes de que venga la siguiente
bocanada de nada.
Un día ladrarán enloquecidos
o entonarán gorgoritos
tiroleses los presentadores
de los informativos y nos dará
exactamente igual, mientras
sigan ahí, acudiendo
puntuales a su cita. Su presencia
es lo que nos reconforta,
no su función.

Y volviendo al inicio,
ellos, los presentadores, nos
traen de vez en cuando, entre
alharacas, a los grandes
figurones, a los presidentes,
a los vicepresidentes, a las
ministras, los llevan ‘a casa’,
nos los acercan, los sientan
a nuestro lado, en un truco
de mágica ubicuidad, llaman
a cada puerta e insisten
en hacernos creer que son
como nosotros. Y nosotros
caemos, somos cómplices
del tono distendido, pisamos
la trampa y aceptamos el
trato. Somos parte. Que no
juez. Y lo curioso es que los
Francinos, las Vizas, los
Campo-Vidal, ellos mismos
se hacen pequeñitos y se corren
por dentro por entrar
en constelación con el poder.

Y se les escapa, entonces,
la oportunidad de ser
críticos, distanciados, siquiera
pelín incisivos. Hacer
su trabajo, vamos. No. Caen
del otro lado, se sientan con
nosotros en el sofá y se congratulan
de lo humano, lo
sencillo y lo cercano que es
el presidente, ¿verdad, tú?

Como en gran fake orquestado,
el personaje se va de
rositas. Y las entrevistas
anunciadas con fanfarria no
aportan absolutamente nada.
Nada. ¿Alguien recuerda
algún momento productivo
o siquiera incómodo en las
últimas apariciones de
Zapatero, De la Vega, Solbes?
Para ellos ninguno.
Para el entrevistador, todos.
Su proxemia delata su empatía
burlona, como si uno
de nos se encontrara a
Benicio del Toro comprando
en un puesto del mercado
y se acercara trastabillante
a decirle: “Benicio, chiquillo,
¿y ese nombre tan raro,
de dónde se lo sacaron tus
padres?”. Fuera del discurso
institucional, todo queda en
el ámbito de lo familiar, lo
nimio, lo simpático, lo divertido,
lo personal.

El momento más destacado
de lo que se supone que
iba a ser un calvario para ZP
en el circo romano de Antena
3 la pasada primavera,
fue el momento en que Julia
Otero le preguntó al presidente
por la uña negra de su
dedo corazón. Él confesó
arrobado cómo se había pillado
torpemente con una señora
ventana de su pisito de
La Moncloa y se fue del estudio
por su puente de plata,
en vez de como un San
Sebastián. Y todo por una
uña negra. Ahí está la noticia,
el guiño se ha apropiado
de la crítica. La anécdota de
la crónica. El falso sentido
del humor del tono. El detalle
del discurso. Nosotros,
mientras, sin darnos cuenta,
sonreímos, mudos y solos en
el salón de nuestra VPO, con
suerte.

Das sofa macht frei. El sofá
nos hará libres.

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