VIOLENCIA EN LAS GRADAS
Bengalas de nadie

El lanzamiento de bengalas sobre
la grada de Montjüic no alteró el
discurso de los clubes. Lo más
significativo fue la actuación del
colegiado en el Barça-Espanyol.

16/10/08 · 0:00
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¿HECHOS AISLADOS? El asunto de las bengalas ha pasado a ser considerado tan sólo un hecho ‘grave’ / Fer3d

El Club Deportivo
Espanyol padece la
trágica circunstancia
de que dos de
sus aficionados se cuenten
entre las víctimas mortales
ocasionadas por la violencia
en el fútbol español. Guillermo
Alfonso Lázaro, de 13
años, falleció al ser alcanzado
por una bengala lanzada
desde una grada del estadio
de Sarriá, minutos antes de
iniciarse el partido Espanyol-
Cádiz el 15 de marzo de
1992. Frederic Rouquier murió
como consecuencia de
las heridas por arma blanca
que le causaron un grupo de
Boixos Nois en Barcelona,
tras el encuentro Espanyol-
Sporting de Gijón disputado
el 14 de enero de 1991.

La sentencia por el caso
de Guillermo Alfonso Lázaro,
hecha pública por el juzgado
número 17 de lo Penal
de Barcelona, condenó a seis
meses de prisión por imprudencia
al aficionado españolista
que lanzó la bengala y a
una indemnización de 42 millones
de pesetas al club
Espanyol por su “falta de
previsión incontestable”. El
fallo afirmaba: “Son las entidades
deportivas las obligadas
a impedir la entrada de
bengalas y otros artefactos
peligrosos (...). El Español lo
sabe y lo aplica después del
accidente, pero antes no lo
hizo con la necesaria escrupulosidad”.

En el caso de Frederic
Rouquier, la sentencia de la
sala segunda del Tribunal
Supremo, que corregía y aumentaba
el fallo de la Audiencia
de Barcelona, condenó
a cinco Boixos Nois a
un total de 141 años por un
delito de asesinato. Establecía
que la muerte de Rouquier
se produjo como consecuencia
de un “ataque que
debe ser calificado de súbito,
imprevisto, fulgurante y
repentino, siendo absolutamente
ilusoria la idea de que
el fallecido hubiese tenido alguna
posibilidad real de defensa,
cuando se encontraba
desprovisto e inerme ante un
ataque en grupo”.

Remontada

El pasado 27 de septiembre,
en el minuto 23 de la
segunda parte del partido
que enfrentaba en Montjüic
al Espanyol y al Barcelona,
seis bengalas lanzadas desde
la grada superior del
fondo norte, donde se encontraban
los Boixos Nois,
impactaron en la curva
ocupada por los aficionados
del Espanyol. Doce
personas resultaron heridas
de levedad, se produjo
un conato de incendio en la
grada, el partido quedó interrumpido
durante 10 minutos
y el Barça terminó
por remontar (1-2, con gol
de penalti en el descuento).
Concluido el encuentro,
no parecía arriesgado imaginar
que las declaraciones
de jugadores, entrenadores
y presidentes que prolongan
cada partido con frases
hechas y lugares comunes
encontraría esta vez un tópico
correcto en el que sostenerse:
ante la gravedad
de lo ocurrido en la grada,
el fútbol queda en un segundo
plano –o algo parecido–.
Pero no.

El presidente del Espanyol
se despachó con un
“este señor ha venido aquí
a hacer el mal”, en referencia
al árbitro Medina Cantalejo;
Guardiola lamentó
la falta “de instinto asesino”
de sus jugadores, que
se despidieron del campo
entre saltos celebrando
una victoria trascendental,
y el lanzamiento de bengalas
pasó a la categoría de
incidente desagradable válido,
sobre todo, para aliñar
la crítica deportiva;
porque los violentos eran
del Barça, según unos, y
quien les dejó entrar fue el
Espanyol, según otros.
Nadie quiso dar un cambio
radical al guión previsible.
No pasó nada.
Desde que ocurrieron los
hechos, la nómina de los que
no tuvieron ninguna responsabilidad
en lo ocurrido no
ha dejado de crecer. El Espanyol
ha sido multado por
el Comité de Competición
con 3.000 euros por deficiencias
en el control de acceso,
en lugar de los 18.500
propuestos por la Comisión
Antiviolencia. El asunto pasó
de ‘muy grave’ a ‘grave’.
El club no ha recurrido la
sanción.

Los dirigentes del Barça
no se han cansado de repetir
que los hinchas violentos ya
no entran en el Nou Camp.
Los jugadores blaugranas
que celebraron sus goles dirigiéndose
a la grada de la
que provinieron las bengalas
no fueron denunciados
por nadie; el Espanyol desestimó
finalmente esta posibilidad
y cuajó la idea de
que en la tensión del partido
Henry y compañía no se habían
enterado de nada. Se diría
que nadie se enteró de
nada. La policía que acompañó
a los Boixos Nois hasta
el estadio –una práctica no
por habitual menos extraña–
ha alegado que no le correspondía
el registro de la entrada.
De modo que los cinco
Boixos Nois detenidos la
misma noche del partido y
que permanecen en prisión
provisional desde el lunes 29
de septiembre llevan camino
de convertirse en los solitarios
protagonistas de la
violencia que todos los estamentos
del fútbol español
condenan y persiguen. Ellos
y sus bengalas, un hecho aislado.

Reparar en que una
bengala y la actuación organizada
de los Boixos –¿dos
hechos aislados?– causaron
a comienzos de los ‘90 dos
muertes y que entonces se
dijo que “nunca más” parece
un argumento retorcido. Lo
importante es que estos
energúmenos no adquieran
protagonismo y que Medina
Cantalejo no vuelva a pitar
al Espanyol.
El fútbol ya ha pasado página,
queda por ver si ese
asunto tan incómodo de la
justicia ordinaria salpica al
espectáculo.

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