Un barrio visto desde la barra

No hay zona de la ciudad de Barcelona a la que los medios de comunicación dediquen tanta atención como al céntrico barrio del Raval. La vida se desboca en sus estrechas calles, sin duda las más activas de la capital y se concentra en unos cuantos bares que se resisten a la gentrificación.

18/02/10 · 0:00
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Sería falso decir que el Raval de
 Barcelona es un barrio de silencio.
Es habitual escuchar noticias
circunscritas en este barrio
s obre acciones policiales dirigidas
 contra la prostitución, el tráfico
de drogas, fantasmales grupúsculos
 yihadistas o los ruidos
y las reyertas nocturnas. Tampoco
 faltan reportajes que buscan
 acercarse al fenómeno de la
 inmigración al ser éste el barrio
con las mayores tasas de migrantes
 de toda la ciudad. Aun
 así, más allá del delito y cuestiones
de convivencia, el Raval es
también el epicentro de revistas
 culturales pensadas para un público
 ávido por consumir la multiculturalidad
 y la bohemia fronteriza
 de estas calles.
Porque,
más allá de una marginalidad
 latente que no desaparece, el barrio
es también hoy en día el
 hábitat de hoteles de lujo, restaurantes
 caros, museos de arte
 moderno, peluquerías alternativas,
 tiendas de lo más fashion y
 locales de copas frecuentados
 por gente que cree ir a la última.

No hay silencio bajo tanto ruido
 pero sí un ensordecido lamento
 de aquellos que desde hace
 décadas habitan allí. Estos
 son los vecinos del Chino, nombre
 con el que se conocía al
 barrio hasta que en los ‘80 se rescató
la denominación 'Raval',

 pensando tal vez que así, conseguiría
 exorcizar a la zona de sus
males. Se trata de una sociedad
 en descomposición, último reflejo
de lo que fue un barrio de
familias de trabajadores de toda
 clase al que siempre acompañó
 cierta aureola canallesca. No es
 casual que el personaje más famoso
 vinculado con el barrio
–con todos los respetos que merece
 el gran Vázquez Montalbán–
 sea Makinavaja, ese delincuente
 de poca monta con incendiarias
 ideas libertarias que creó
 Ivà para El Jueves. Tampoco es
 casual que la gran mayoría de
historietas del Maki tuvieran como
 centro de operaciones el bar
Pirata, ya que es inconcebible
entender lo que fue, y aún es, el
 barrio sin aquellos bares baratos
 de toda la vida.
Es en esos bares
de tragaperras, bocadillos de aspecto
 rancio, cerveza, vermús y
 vinos malos, donde se pueden
oír los lamentos del Raval, las
pequeñas tristezas y alegrías de
 los históricos perdedores y es
también en ellos dónde se puede
vivir esa camaradería genuina
 que hace tan atractivo el barrio.

En una jornada cualquiera se puede tomar el primer café en el bar Olímpic con el hilo musical de las quejas de los viejos tenderos de la zona que cada día allí estrenan su vida social. Una vez informado de los quehaceres  matutinos del vecindario, se puede almorzar en el Xironda, donde trabajadores y solteros desocupados saben que, ademásde un buen menú de aires gallegos, se cocinan los mejores huevos con patatas fritas y jamón de Barcelona. Más tarde aún es posible ver cómo familias, jóvenes y viejos, juegan apasionadamente al dominó y a las cartas bajo un nubarrón de humo en el bar del Atlante FC, en la Rambla del  Raval. Un poco más lejos, en la bodega Montse, se practica el que antaño fue uno de los actos sociales más populares entre los obreros catalanes: hacer el vermú, es decir, beber a tragos lentos vino macerado en hierbas, rebajado con sifón si se prefiere, acompañado de unas olivas, en un histórico local donde el enorme cariño de la vieja Montserrat y su hijo se combinan con capas de polvo, barricas ajadas, carteles de viejas glorias de la tauromaquia y un baño apto sólo para los más valientes.

Entrada la noche, se pueden
 tomar unas copas en el anónimo
 bar que hay delante: el pornoshow
 Bagdad. Un tugurio auténtico,
viejo y dejado que cada noche
 se abarrota de gente joven y
 estrafalaria debido sus precios
 populares y a su proximidad con
 la discoteca Apolo. Además, hasta
 hace un par años el local gozaba
 del encanto añadido que le
 daba el estar regentado por el señor
Emili y la señora Enriqueta
“la maña”, personajes que no habría
podido concebir la mente
 del mejor director neorrealista
italiano. Todo ello forma parte,
como protagonista y testigo de
 un tiempo, de la historia viva y
valiente de un barrio irreverente
 a la oficialidad a la vez que humano
 y abierto a todas las personas.

 Un barrio que poco a poco,
 a golpe de plan urbanístico y
 con la llegada masiva de nuevos
 olvidados de otros lares del planeta,
 no tiene otra opción que
dejar el pasado atrás para evolucionar
 hacía un futuro incierto.

Al fin y al cabo, el auténtico
mestizaje del Raval radica en el
hecho de que, más allá de una
 presencia masiva de puestos de
 Doner-Kebab, son cada vez más
habituales las barras donde olivas
 y patatas bravas comparten
espacio con samosas y carnes al
 curry. Una adaptación a los
 tiempos que también se palpa en
 la Granja Plaza. Un local de desayunos
 y meriendas del que se
 dice que fue uno de los últimos
 locales que frecuentó Pepe
 Rubianes, uno de los mejores
gourmets de la Barcelona sin
postín. Otro ejemplo de modernidad
 y tradición es la Masía, en
la calle Elisabets. Un pequeño
 bar nacido en 1952, que su actual
 propietaria Montse, nieta
 del fundador, ha convertido en
 espacio para el birreo y la tertulia
sin prescindir por ello de los
 elementos que desde hace décadas
 definen el carácter del local;
 es decir, mesas de mármol, fotografías
 viejas, pósters futboleros
 y un calendario con una voluptuosa
 mujer desnuda que transmuta
 anualmente. Y es que, a
pesar de que los tiempos estén
cambiando y el viejo Chino vaya
desapareciendo, no son pocos
los que a diario se enamoran de
 su franca autenticidad.

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Interior de bodega Montse / Germán Delgado
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