LAS AVENTURAS PRECARIAS DEL TEATRO DE CALLE
¿Arte en la calle o falta de curro?

Con el buen tiempo, los artistas callejeros toman
la calle, la plaza y las terrazas para divertir, contar
historias y mostrar un trabajo que no siempre es
reconocido. DIAGONAL habla con artistas de calle
sobre los múltiples obstáculos que aparecen.

15/10/06 · 17:47
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LICENCIAS. Los ayuntamientos ponen muchas trabas para actuar en la calle. // Salta

Los municipales corren
por las calles
detrás del top manta.
Los ayuntamientos
programan los actos públicos
como la programación
televisiva en las horas de máxima
audiencia. En el suelo
puede estar prohibido sentarse;
construir, no. Más de
diez somos concentración
ilegal. Uno solo ya es botellón.
Casi cualquier actividad
por hermosa, útil o enriquecedora
que sea, si no está
regulada por la Administración
será prohibida y perseguida
por alterar el orden del
espacio público.

Sin embargo, dentro del
mundo de las artes escénicas
sigue existiendo un gran número
de artistas y profesionales
que prefieren huir de las
compañías, teatros, eventos
organizados y formas de trabajo
reguladas para lanzarse,
de forma ilegal, a la aventura
que supone el mayor escenario
del mundo: la calle.

Estos artistas irrumpen en
nuestro previsible pasear e
intentan llamar nuestra
atención; intentan conseguir
que nos detengamos, encandilarnos
con sus espectáculos
y, finalmente, devolvernos
a la vorágine con una
sonrisa en los labios. Es una
apuesta arriesgada pues, a
cambio, tan sólo piden la voluntad.
Cualquier calle, plaza,
o lugar por extraño que
sea puede caer en manos de
los artistas callejeros.

“Se nos ocurrió hacer un espectáculo
aprovechando el
balcón de la Plaza Mayor donde
vivía. Nos pusimos a idear
la historia y nos lanzamos.
Fue todo un descubrimiento y
una gran sorpresa. Nos hicimos
unos adictos a la actuación
de calle”, dice Yeyo,
responsable de la Compañía
La Llave Inglesa. Desde hace
cuatro años representan
Amores en la Plaza para sorprender
a los paseantes del
gran centro turístico madrileño
desde el balcón de su casa.

Otro artista de calle que
prefiere no decir su nombre
trabaja de estatua por todo el
mundo y encuentra en sus
viajes el mayor disfrute:
“Japón, Australia, Argentina,
EE UU, Canadá, casi toda
Europa y por toda España.
Aunque ahora trabajo en TV
haciendo el gilipollas. O me
despiden o me iré”. A ojos de
actores y actrices, otros artistas
y gran parte de la ciudadanía,
los callejeros resultan
extraños y solitarios. Se puede
llegar a pensar que son
vagabundos.

La calle como escenario

El artista Egle forma parte,
junto a Gonzalo, del Gran
Circo Pequeño. Son callejeros
y actúan por toda España e
Italia. “No todo el mundo
aprecia el arte de calle, no lo
consideran arte. Un día una
señora dijo a un amigo que estaba
trabajando en un semáforo:
‘Mejor esto que ir a robar’.
Me quedé sin palabras”.

Pero la historia les da la razón:
mimos y pantomimos,
griegos y romanos, juglares e
histriones medievales... Este
modelo de artista pervive a
través de los siglos. Su valentía
y determinación son un
ejemplo para el resto de los
artistas. Daniel, de Madrid, ha
formado junto a Roberto, de
Brasil, el grupo Malabreikers.
En seis meses llevan más de
50 funciones, la mayoría en el
Retiro: “Muchos actores se
ven incapaces de hacer teatro
en la calle a la gorra, porque
sin el marco de una sala,
buen sonido y buenas luces,
lo que hacen queda desnudo
y no tiene consistencia”. Para
ellos, ser callejeros es “hacer
espectáculo puro, sin trampa,
y llevarlo a gente que muy
probablemente no iría a vernos
a un teatro”.

La conexión que consiguen
con el público supera muchas
veces la que consigue un actor
en un teatro. La necesidad
de captar la atención aviva la
comunicación entre el artista
y el transeúnte. Así, el público
pasa a ser juez y verdugo del
espectáculo. Y es que, actuando
“no es posible hacerse pajas
cuando miras a los ojos de
la gente y recibes su desaprobación”.
Ahí radica el peligro
del callejero. En un teatro,
una función puede salir mal,
pero al final todos cobrarán;
el callejero, no. Quizá esta
condición de que lo que hace
debe gustar en el momento, le
impide arriesgarse a mostrar
lo que nadie quiere ver, algo
que sí se puede hacer en un
teatro. La urgencia de hacer
nuestras compras no le daría
una segunda oportunidad.

Si en algo están de acuerdo
casi todos los artistas callejeros
es en que se niegan
a pedir licencias a los ayuntamientos.
“Me gusta ir de
ilegal. Creo que los ayuntamientos
no deberían poner
ningún obstáculo al arte de
calle. En realidad es un servicio
que deberían promover.
La gente lo pasa fenomenal,
se olvidan de los problemas,
vuelven a ser niños. ¿No es
un trabajo socialmente útil
hacer feliz la gente?”, se pregunta
Egle. Yeyo tampoco
confía en la vía administrativa:
“lo correcto sería pedir
una autorización por cada día
que actúes en la calle, pero
eso es imposible, primero por
el tiempo de antelación, y segundo,
porque sólo te dan un
día. Así que somos ilegales
pero con mucho arte”.

Dificultades y valentía

Otro artista anónimo cuenta
uno de los muchos problemas
que existen para trabajar en
la calle: “actuando en la calle
Preciados de Madrid, la Policía
Municipal me golpeó y
amenazó varias veces. Los denuncié
tres veces. En dos de
ellas me condenaron a mí; la
tercera vez, un municipal declaró
contra su jefe (Heras
Arribas) y lo condenaron a
pagarme 60 euros. Este maltratador
todavía sigue golpeando
a la gente que actúa por
el centro de Madrid”.

No cabe duda de que tanto
los artistas como la ciudadanía
debe no sólo valorar la calidad
y la valentía de los callejeros,
además es loable su
determinación por inundar
nuestros aburridos paseos
con lo que se puede considerar
un bien público. En palabras
de Daniel, “en el ámbito
de lo público somos uno más
de los muchos espectáculos
que existen. Todas las manifestaciones
artísticas callejeras
forman un collage del que
formamos parte, y que hay
que defender y apoyar, porque
su existencia es frágil, está
amenazada y es, a veces, algo
muy hermoso”.

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