ARTE: DÍA MUNDIAL EN LA LUCHA CONTRA EL SIDA
El arte detrás del sida

La pandemia del sida azota a millones de personas. Entre ellos también están artistas que con sus obras nos recuerdan que la
enfermedad todavía mata.

, angel@angelroman.net
23/11/06 · 0:00
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La enfermedad hace que seamos más conscientes del cuerpo: su visibilidad nos enfrenta con los monstruos de la mortalidad, algo que Occidente está intentando asesinar a toda costa con su propaganda antienvejecimiento, tratamientos estéticos y exaltación de la juventud como promesa de inserción social. Ante este panorama, cualquier enfermedad se esconde detrás de unos conceptos sociales que se predisponen de antemano a estigmatizar la diferencia, del enfermo.

La enfermedad devuelve
el humanismo perdido por
los avatares de la historia,
en el mismo momento en el
que lo humano se ve desligado
de lo corporal como cima
de las expectativas de la
revolución tecnológica. Es
curioso que sean precisamente
artistas enfermos de
sida los que alerten de esa
pérdida de humanidad que
se manifiesta en el mundo
contemporáneo. Su preocupación
llena vacíos y plantea
dudas acerca de los problemas
de las nuevas fronteras
abiertas por el hombre
en una época biotecnológica
que se ve en crisis por no
saber cómo resolver situaciones
médicas premodernas
como la pandemia del
VIH/sida.

El arte visto desde la
perspectiva de artistas portadores
de sida hace posible
una humanización del
problema cuyo acercamiento
a la enfermedad no sea
exclusivamente desde un
plano físico, sino también
emocional, sexual, mental,
íntimo o afectivo.

Robert Mapplethorpe

Robert Mapplethorpe, muerto de sida en 1989, fue un fotógrafo que se preocupó por deslegitimar las barreras culturales y afrontar el verdadero problema que representan las enfermedades de transmisión sexual. Sus fotografías rompen lo ‘socialmente aceptado’, interpretando los hábitos sexuales desde la triple mirada de artista, enfermo y ser social. Su universo estético y fotográfico se centra en desestabilizar los lazos existentes entre el tabú sexual y la perversión de las costumbres o comportamientos sexuales.

Tanto la sexualidad como el
sexo son espacios culturales
harto visitados por Occidente
que constata que ambos
son territorios donde se
cruzan la moralidad, la ética
y los prejuicios sociales. El
sida es el epicentro de estas
controversias.

La mirada de Mapplethorpe
desnuda los cuerpos
con la intención de que se
observe la carne del deseo,
poniendo en crisis los relatos
de la sexualidad imperante.
Su obra recoge el otro
lado del sexo no estandarizado
por las políticas del poder
establecido, desacraliza
los rituales sexuales trastocados
por una religión que
dogmatiza estigmas en vez
de otorgar benevolencia y
comprensión.

La enfermedad del sida ha
desestabilizado los mecanismos
de una cultura obsesionada
por el control y la seguridad,
que garantizaba las
certezas, primero por la necesidad
de protegerse del
contagio a través de prácticas
seguras como el preservativo;
segundo, al ser una
enfermedad de transmisión
sexual, las políticas se vuelven
más prohibitivas y conservadoras,
ocasionando signos
de discriminación.

Keith Haring

Otro artista que murió de sida
en 1990 y cuya obra está
infectada por el horror de
la enfermedad es Keith Haring,
un hombre con un
gran talento creativo al unir
el mundo del dibujo animado
con el cómic. Sus pinturas,
herederas de la estética
pop, revisan los principales
temas universales: sexo,
amor, amistad, enfermedad
o muerte.

Tanto Mapplethorpe como
Haring entendieron su
enfermedad como fuente de
inspiración artística, no como
silencio. Hay mucho dolor
en sus obras, pero también
mucha esperanza.
Los mensajes de los murales
de Keith Haring ofrecen
comunicación con el espectador,
no diseminan ni rabia ni
rechazo sino que asumen la
mortalidad humana. Los vivos
colores utilizados por su
paleta completan una gama
de emociones que oscilan de
la aceptación a la negación
de la propia enfermedad.
La realidad física de la enfermedad
acusa sobre el
cuerpo una desfiguración
palpable a la vez que degenerativa.
Pérdida de peso,
delgadez extrema, aumento
de infecciones, tuberculosis,
gripes o problemas con el hígado
son las muestras de
una enfermedad cuyo tratamiento
hasta la fecha es crónico,
por lo menos en países
occidentales. No sólo Mapplethorpe
o Keith Haring
intentan despejar incógnitas
sobre los estigmas involuntarios
que recaen sobre sus
espaldas, también el bailarín
ruso Rudolf Nureyev, muerto
por sida en 1993, habla de
la enfermedad desde su propio
cuerpo y desde ahí convoca
un discurso donde el
cuerpo se convierte en un
portador visible de la autoidentidad.
Sus manos, sus pies, sus
acrobacias o los movimientos
imposibles de su cuerpo
son batallas ganadas de su
enfermedad. Su arte es la expresión
viva de una emoción
que no quiere ser condenada
al exilio de lo tipificado
como enfermo; inmóvil, pausado,
lento, decadente.

Cuerpo, campo de batalla

El cuerpo es el principal
campo de batalla para cualquier
enfermedad, sobre él
la sociedad ha estimulado
ciertas imágenes que potencian
metáforas de uniformidad
y represión. Siempre se
ha visto la enfermedad como
lo extranjero, ‘lo otro’,
lo distinto, lo extraño, etc.
El centro del capitalismo actual
es nuestro cuerpo, sobre
él se proyecta el narcisismo
de una cultura que
quiere gustar a los demás
pero no a sí mismo. Un regimiento
de productos ha nacido
como consecuencia del
avance del simulacro del
cuidado del cuerpo, intereses
farmacéuticos y empresariales
que se me escapan
de las manos están detrás
de esa quimera.

Nada mejor que el ejemplo
de la modelo Gia Maria
Carangi para observar la
humillación que el sida
ejerce sobre el cuerpo. Ella
es la contradicción de lo
que hace la enfermedad sobre
el cuerpo. Su imagen de
belleza natural, cuerpo-objeto
y saludable era también
consumido por el virus,
murió en 1985.
La enfermedad escapa al
control, es el enemigo y como
tal se le debe de tratar.
La inseguridad, la duda contemporánea
o ansiedad de
la sociedad aterriza en el aeropuerto
de los enfermos de
VIH/sida, ellos más que nadie
ponen en cuestión la incertidumbre
de una realidad
cada vez menos real y
más virtual para garantizar
la no-infección.

Según datos oficiales existen
más de 40 millones de infectados
por el VIH, la mayoría
de ellos proceden de
África. Desde que apareciera
la enfermedad, allá por los
primeros años ‘80, han
muerto 25 millones de seres
humanos, y apenas 1,7 millones
de los cinco que lo necesitan
reciben tratamiento.
Una cifra de mortalidad que
no ha hecho nada más que
empezar. Pero esto ya no es
arte, es realidad.

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