ENTREVISTA CON AVI LEWIS, DIRECTOR DE 'THE TAKE'
“En Argentina observamos cómo las ideologías tratan de alcanzar la acción”

‘The take’ (La toma): un
documental de los canadienses
Avi Lewis y Naomi Klein, que
viajaron a Argentina en busca
de alternativas.

20/10/06 · 12:30
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AVI LEWIS, durante el rodaje de ‘The take’, en Buenos Aires

Y las encontraron en
un barrio de Buenos
Aires, donde
gente humilde retomó
sus vidas, haciéndose
cargo de La Forja, la fábrica
en la que trabajaban, tras el
abandono del patrón. Avi Lewis
trabajó durante años en
la televisión pública canadiense,
pero para hablar de lo
que sucedía en Argentina decidió
tomar la cámara, la mejor
herramienta para “mostrar
cómo sucede el cambio
social en la vida diaria”. Así
construyó un documental sincero
y personal en el que se
muestran dos formas de hacer
política: la de las altas esferas
y la pugna electoral entre
Menem y Kirchner, frente
a la de los trabajadores que
autogestionan La Forja.

DIAGONAL: ¿Cuál fue tu primer
contacto con la crisis argentina?

AVI LEWIS: Queríamos hacer
una película sobre democracia
participativa y alternativas
y acabamos en el Foro
Social de Porto Alegre de
2002. Sólo hacía unas semanas
del 19 y 20 de diciembre
de 2001 en Argentina, así que
fuimos a ver qué pasaba en
Buenos Aires. Cuando llegamos
el país estaba en llamas,
con la primera rebelión nacional
contra el neoliberalismo,
en la que todo el mundo señalaba
al modelo económico como
origen de sus problemas.

D.: ¿Cómo fue el rodaje?

A.L.: La relación con los trabajadores
fue muy interesante.
El primer día que estuvimos
en la fábrica de La
Forja, hicimos entrevistas a
trabajadores... y fue horrible,
estaban rígidos, nerviosos,
no estaban acostumbrados
a que les entrevistasen.
No entendían qué hacíamos
ahí, “¿qué os importa a vosotros,
canadienses, lo que
pase en una pequeña fábrica
en nuestro barrio?”, y nosotros
les decíamos: “¿No os
dais cuenta? Sois la punta de
lanza de un nuevo tipo de activismo,
estáis poniendo en
práctica alternativas reales,
la democracia directa, ¡es increíble!”
[risas]. Y al cabo
del tiempo nos decían: “pues
sí, es verdad, estamos haciendo
algo que le va a importar
a la gente alrededor
del mundo”. Fue un intercambio
muy enriquecedor.

D.: The take no sólo trata sobre
la toma de una fábrica...

A.L.: Trata de reclamar la dignidad.
Los trabajadores reclaman
democracia, su trabajo, y
empiezan a reclamar su orgullo,
sus familias... en definitiva,
se reclaman a sí mismos.
Esto ocurre porque hacen algo
muy concreto, muy práctico.
En Argentina vemos cómo
las ideologías tratan de alcanzar
la acción. Entrevistamos a
una montonera que nos dijo
algo muy provocador: “En los
‘60 pensábamos que el cambio
tenía que venir de la cabeza
a los pies, que habría una
vanguardia, intelectuales de
clase media que irían y dirían
a los trabajadores cómo tomar
los medios de producción.
Ahora el cambio ocurre
de los pies a la cabeza, y los
intelectuales corren detrás de
los trabajadores, de la acción,
intentando construir un marco
ideológico que explique lo
que ocurre”. Y eso es bueno.
Puede ser una debilidad no tener
una ideología, o un análisis
político de lo que estás haciendo,
y te das cuenta de que
las luchas que sobreviven son
las que tienen más conciencia,
y aquellas en las que la
gente se deja llevar, no tienen
esa llama que las mantiene vivas.
Pero es un desafío, porque
a veces demasiado análisis
lleva a la parálisis. Y creo
que una de las cosas más bonitas
del movimiento en
Argentina es que no se paraliza.
Toman decisiones pragmáticas
y todo se mezcla. Y es
un espacio muy interesante,
porque no es puro.

D.: Así, lo que pasa en fábricas
como Zanón o Bruckman
no trata sólo de gestionar una
fábrica, sino que es una nueva
forma de hacer política.

A.L.: Lo que me parece nuevo
es que casi todo el mundo
cree por encima de todo en la
democracia, y que hay espacios
en los que la gente debate
y discute, que están abiertos,
porque pueden cambiar
de opinión, algo que no te permite
una ideología previa. En
Zanón siempre tuvieron claro
que todo el mundo tenía que
cobrar lo mismo. Pero hace
seis meses decidieron pagar
algo más a los cabeza de familia.
Así que ahí tienes a
Zanón, una de las fábricas
más grandes, radicales y mejor
organizadas, que cambia
de opinión. Ésa es una posibilidad
que sólo existe en un espacio
democrático, porque
nadie dice: vamos a ver en el
decálogo ideológico a ver si
se nos permite hacer esto.

D.: ¿Qué sucede una vez que
las fábricas quedan en manos
de los obreros? ¿Consiguen
sobrevivir en el mercado

A.L.: El mayor problema que
tienen es que no les dan créditos,
ni el Estado, ni los bancos,
aunque las leyes de expropiación
les dan derecho a
gestionar las fábricas. Se las
tienen que ingeniar para ponerlas
en marcha. Pero si hablamos
de la viabilidad de sus
negocios, lo son porque después
de la devaluación del peso,
la demanda de productos
domésticos estaba ahí, hay un
mercado para cualquier cosa
que se produzca en el mercado
interior, y eso ha ayudado
mucho a las fábricas.

D.: También dices que el movimiento
de fábricas recuperadas
desafía al capitalismo:
¿en qué sentido?

A.L.: No, no es un movimiento
anticapitalista. Desde luego
que son personas que se
consideran anticapitalistas,
pero el movimiento funciona
dentro del capitalismo, en la
economía de mercado, así
que no, no es anticapitalista
en su identidad.

D.: Quizás es una forma de
supervivencia...

A.L.: Desde luego que surge
de la necesidad y de cierto
pragmatismo, pero no es sólo
una táctica de supervivencia,
porque desafían alguno de los
conceptos sagrados del capitalismo,
como el de propiedad
privada. Además, hacen
un argumento legal por el
cual afirman: “Hemos pagado
esta fábrica, una y otra
vez”. La primera vez, cuando
Cavallo nacionalizó la deuda
privada en 1983, y luego,
cuando él nacionalizó la deuda
de las multinacionales en
1991, antes de las privatizaciones.
De nuevo, cuando pagamos
esas tarifas absurdamente
infladas de Telefónica,
Repsol, para que ellas pudiesen
incrementar sus beneficios
mientras nosotros nos
empobrecíamos. Y volvimos
a pagar cuando Menem y
otros políticos dieron millones
de nuestro dinero a sus
amigos los dueños de empresas,
que los guardaron en
España o Suiza, o Punta del
Este. Ya hemos pagado por
esta fábrica una y otra vez. Y
en los tribunales, los jueces
están reconociendo la validez
de esta idea, y el derecho a
gestionar estos recursos. Así
que pienso que está en algún
lugar entre medias.

D.: Sin embargo, hay proyectos
de empresas sociales que
ven los límites de su experiencia
cuando ven que para poder
sobrevivir en el mercado
tienen que autoexplotarse.

A.L.: Los trabajadores del
movimiento hacen muchos
sacrificios para poder trabajar
así. Pero, para ellos, la alternativa
es... nada. Autoexplotación
o nada. Nosotros,
ciudadanos de clase media
privilegiados, podemos escoger
trabajar en una cooperativa
en vez de tener un jefe.
Pero escogemos desde una
posición de relativo privilegio.
Aun así, pienso que no es
suficiente; es un paso importante,
pero hay que unirlo a
un análisis más amplio.
Además, trabajar en un entorno
democrático es un proceso
en el que intentas despedir
al jefe interior, un intento de
erradicar las jerarquías que
existen en el capitalismo de
consumo. Y eso es una lucha
revolucionaria: aunque tenga
lugar en el capitalismo de
consumo, aunque suponga
que nos autoexplotemos, hay
algo muy revolucionario en el
hecho de desafiar las jerarquías
que hemos interiorizado,
y en tratar de no someternos
al deseo de tener un jefe
al que odiar, y que nos diga
qué hacer.


CINE CON
ESPERANZA


A Avi Lewis, su labor como
periodista y la experiencia
de rodar su primera película
(todavía está recuperándose
de todo el trabajo que
supuso: “No sabía en
donde me metía, lo que
está bien, porque si lo
hubiera sabido, quizás no
lo hubiese hecho”) le han
llevado a reflexionar sobre
la labor del cine. “Estuve
haciendo de jurado para
Hotdocs, el festival de
documentales más grande
de Norteamérica. Vi unos
35 largometrajes en sólo
dos semanas. Y, después
de verlos, estaba listo para
cortarme las venas. Pensé:
‘esto está basado en un
modelo antiguo sobre cómo
el arte puede provocar el
cambio social, que creo
que se ha roto’. El documental
en el que se presenta
una realidad social horrible
se basa en la idea de
que si conmueves las conciencias
de la gente, si les
enseñas algo terrible, se
enfadarán y se lanzarán a
cambiarlo. ¡Eso no pasa!
Porque estamos saturados
de horror, y de alguna
manera el sistema se las
ha arreglado para absorber
ese proceso y neutralizarlo.
Así que siento que casi
tenemos la obligación de
hacer películas con esperanza;
el problema es que
tiene que haber algo que
nos dé esperanza, lo tenemos
que encontrar. Así que
ahora estoy en una situación
difícil para hacer otra
película, pero me las arreglaré”.

¿PELÍCULAS COPYLEFT?
_ D.: ¿Habéis pensado en distribuir la
película bajo una licencia copyleft?

A.L.: No es posible. Queríamos
pagar a la gente que iba a hacer la
película, así que buscamos la financiación
de instituciones públicas de
Canadá, como la National Film
Board. Quería que el dinero público
financiase contenidos radicales.
Una vez que conseguimos el dinero,
la película era propiedad suya, no
en todos los aspectos, pero los
inversores tienen que ser consultados
en los acuerdos que hagamos,
porque quieren recuperar su dinero.
Así que no tengo la libertad de
hacer lo que quiera.

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