DEPORTES
El anillo de la conformidad

‘Conformidad’ es una palabra hoy en desuso que
la generación que padeció el siglo XX empleaba
para referirse a esa necesidad de aguantar lo que
le echaran y tomarlo de la mejor forma posible.

30/05/11 · 8:00
Edición impresa

El anillo ciclista que rodea
Madrid es, según sus promotores,
un intento de vertebrar la
ciudad, romper brechas entre
barrios y promover el deporte y
el respeto al medioambiente.
Dicho de otro modo, es un cóctel
confuso de buenos propósitos
que se concreta en una pista
de tono rojizo que circunvala la
ciudad a lo largo de 64 km. El
anillo quiso ser la imagen de ese
Madrid que aspiraba a los Juegos
Olímpicos. En el día en el
que las dos caras visibles de la
carrera olímpica, el alcalde Ruiz
Gallardón y el entonces secretario
de Estado para el Deporte
Jaime Lissaveztki, se disputaban
en las urnas el Consistorio, recorrimos
esta pista ciclista.

De Aluche a Puerta de Hierro

El descenso suave junto al parque
de Aluche queda ahora separado
de la pista para los peatones.
No siempre fue así, y esta
mejora invita al ciclista a pensar
que tal vez el anillo es por fin esa
ruta bien señalizada y protegida
de la que hablaban. La impresión
favorable puede mantenerse
al cruzar el puente sobre la
carretera de Extremadura y dejarse
caer hasta la Casa de
Campo: a horas tempranas aún
mantiene el olor acre de la hierba
recién cortada y ofrece un
espejismo de naturaleza sólo
desmentido por el olor putrefacto
de sus aguas. Los ciclistas
veteranos, los nuevos pelotones
uniformados en Decathlon
y los paseantes de perros conviven
en aparente armonía. En
un tramo se cuelan los coches,
nada grave aún.

Tras remontar el río Manzanares,
la pista cruza la M-30 por
un puente de rampas exigentes
y curvas imposibles. Comienza
el primer aviso. El camino se
vuelve angosto, apenas un sendero
entre la autopista y un muro
de cemento, y la maleza lo invade
con ganas. Por fin, una curva
a la derecha nos devuelve a
un trazado más amplio. Hemos
llegado al Madrid de las casas
amuralladas, protegidas por cámaras
de vídeo, a un barrio en el
que no es raro ver a peatones
arrastrando palos de golf. Cuando
el anillo llega a la altura del
Real Club Deportivo Puerta de
Hierro, una valla corta su trazado
y no admite personal ajeno
a la obra.

Desde Puerta de Hierro

Si alguien pensaba que el recorrido
permitiría pedalear a buen
ritmo sin demasiadas interrupciones,
a estas alturas habrá salido
de su error. El camino está
jalonado de semáforos por los
que se recomienda cruzar a pie,
de rotondas que obligan a rodeos
interminables y de cruces en
los que conviene tener un buen
sentido de la orientación o preguntar
a voces por dónde sigue
el dichoso anillo. Como era previsible,
nadie aguanta estas exigencias
y lo más habitual es cruzar
los semáforos en rojo, saltar
a la carretera para hacer las rotondas
y seguir en los cruces a
los que parecen saber dónde
van. Esta última opción no es
siempre recomendable, salvo
que uno quiera verse llevado,
por ejemplo, por el flujo de ciclistas
que se encaminan hacia
la carretera de Colmenar.

Adaptado ya a la ruta, la ventaja
de esta zona norte es que
ofrece horizontes abiertos y alturas
desde las que apreciar cómo
ha crecido la ciudad y qué
ganas dan de salir corriendo
hacia la sierra o hacia cualquier
parte.

De Palas del Rey a Moratalaz

Los postes que indican el kilometraje
señalan a la altura de
Palas del Rey el kilómetro cero.
¿La razón? Quizás porque
nos encontramos en el centro
de la parte superior del perímetro
de anillo... O quizás
porque en esta zona todo tiene
un aire de recién inaugurado,
de árboles que aún no dan
sombra. Nos encontramos en
los PAUS de las Tablas y de
San Chinarro. La pista sigue
el trazado de grandes avenidas
y es aconsejable hidratarse
para no sucumbir a tanto diseño
sobre plano.

Se inicia entonces el descenso.
Aunque el recorrido alterne
subidas y bajadas, el ciclista
tiene la impresión de caer hacia
Madrid de nuevo. A estas
alturas los semáforos en rojo,
siempre abundantes, pueden
ser una buena excusa para detenerse
a descansar. Pero no
conviene relajarse en exceso
porque llega uno de los tramos
más sabrosos. Cuando nos
acercamos al que iba a ser estadio
olímpico, el anillo desaparece.
Durante unos kilómetros
sólo queda dejarse guiar
por la intuición, seguir las marcas
desvaídas en la carretera,
esquivar a los coches y confiar
en que la senda rojiza vuelva a
aparecer en algún lado.

De Moratalaz a Aluche

Faltan menos de veinte kilómetros.
Es un buen momento para
arrepentirse de haber elegido un
día demasiado caluroso. Una
buena ocasión para constatar
que el ‘arranca y para’ constante
no permite alcanzar el ritmo mínimo
para disfrutar de la bicicleta.
Surge también una evidencia:
el ciclista que busque la libertad
de alejarse de los atascos, los cables
de alta tensión y los ruidos
urbanos se ha equivocado de ruta.
Pero habrá que buscar alguna
ventaja: somos legión los que
transitamos por esta calzada tan
mejorable. Un pelotón diverso
que parece conforme, entre ilusionado
y resignado.

Dicen que Madrid es una ciudad
en la que la gente es capaz
de pasear por cualquier sitio. Así
que el anillo hace honor a esta
idea: si hay que atravesar la carretera
de Andalucía por la acera
embarrada de un túnel sin luz
que surge después de un estercolero,
no pasa nada; todo sea
por completar el anillo verde ciclista.

Sin mirar el reloj para no asustarnos
con el tiempo invertido,
muy por encima del previsto, llegamos
de nuevo a Aluche, no sin
antes haber afrontado un parque
sin señalizar, una gasolinera –se
supone que hay que atravesarla
a pie– y la rampa más dura del
recorrido. Ese parque sin señalizar
se llama Parque Lineal del
Manzanares. Por él hay que inventarse
la ruta. Al hacerlo, el ciclista
descubre un estanque: en
él, varias familias se han inventado
una piscina.

Tags relacionados: Número 151 Deportes
+A Agrandar texto
+A Disminuir texto
Licencia

comentarios

0

separador

Tienda El Salto