apostilla desde la mesa camilla: UNA SESIÓN DE TELE CON LA DRA. SCHMIDT
Anestesia general y a corazón abierto

Hace unas semanas asistimos a la creación de un nuevo género televisivo, mezcla de ciencia ficción y vidas de santos: la miniserie del 23-F, en la que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Nuestra doctora favorita disecciona la operación maquillaje del Borbón.

05/03/09 · 0:00
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MEMORIA HISTÉRICA. La serie del 23-F convierte el pasado en una especie de Disneylandia de la historia.

Martes, diez de la
noche. Medio
país frente al hogar,
mirando con
cara de consumidor deseante
pero en crisis –doblemente carente–
la tralla de anuncios
que lavan su cerebro de primate
avanzado. La función va
a empezar. TVE 1 nos ha convocado
a conjurar demonios y
no seremos nosotros los que
faltemos a la cita con La
Primera, la Uno, la nuestra, la
de toda la vida, hostia. Es como
si el aparato del cuarto poder
–y del cuarto de estar– dirigiera
una dinámica de grupo
retransmitida por satélite
donde un gran capitán con
forma de falo, ese Pirulí de
moda, nos convocara con sus
ondas a movernos en corro y
al unísono mientras dice con
voz de animador de hotel de
Mallorca: “Hoy le vamos a lavar
la cara a… ¡¡¡el 23-F!!!”. Y
nosotros contestamos a coro
“Bieeeeen…”.

Un nuevo género ha comenzado:
la historia ficción,
en este caso, en su variante
golpista. Oh, oh, yeah. El título,
robado a Mr. Aute, como
supersimbólico: 23-F: La noche
más larga. Del rey, se entiende,
porque después del
año pasado, trufadito de meteduras
de pata y cierta sospecha
pujante de una parte del
pueblo, el paciente a rescatar
es sin duda el Borbón. Misión:
restaurarle el nimbo de los intocables.
La intervención comienza,
la disección de los hechos
queda quetecagas en textura
serie de ficción TVE 1, que es
igual a los mejores medios
técnicos más resultado casposete.
Encima la pagamos entre
todos con esa parte de la
nómina que pone deducciones.
La operación Maquillaje
va a ser larga y a corazón
abierto, porque ya desde primera
hora todo está circunscrito
al ámbito de lo emotivo,
lo pequeño, lo íntimo, como si
en vez de un suceso histórico
estuviésemos abordando las
intrigas psicológicas de unos
conspiradores que, sólo tangencial
y anecdóticamente,
son militares, y además su jefe
es el Jefe a su vez de un
Estado en pañales.

No hay estructuras que
analizar, sólo emociones que
subrayar. Shakespeare (perdóname,
Will) contra Marx. Y
pérdoname Will, porque en
tus obras las guerras y las sucesiones
tienen mucho más
peso dramático que los besos
y las lágrimas. Si me quedo en
la traición de un par de generales
se me olvida todo el contexto.
Si me concentro en la
constreñida figura de un
Juancarlos en la soledad de su
gabinete, superado por la inminencia
de la traición de un
par de Brutos entre sus filas,
me escaqueo de tener que
analizar en qué situación política
se encontraba el prota.
¿Qué no le llegaba la camisa
al cuello? Eso está claro.

Pero eso no da para una serie,
sea mini o no. Recordemos
que su agobio no era porque
un par de amigotes de toda la
vida –Armada y Milans del
Bosch– le hubieran levantado
la novia, tal parecía el disgusto
del arrobado Juancarlos en
la serie, sino porque verdaderamente
estaba en juego una
sucesión sujeta con alfileres y
toda una vida de renuncias y
chuparle el culo al caudillo se
nos va por el desagüe, Sofía.
Pero por dios, ¿cómo no
mostrar una sola incoherencia,
una sola sombra de duda
sobre qué le convenía más,
una rendija de posibilidades,
alternativas fuera del monolítico
pastiche institucional que
nos quieren meter a cucharadas?
Y ya no apelo a la fidelidad
para con la historia, sino
a los resortes del interés dramático
que cualquier personaje
debe tener. Paradojas,
contradicciones, debilidades.

En fin, esas cosas de lo de ser
humano. No, Juan Carlos es
un ciborg, en La Zarzuela le
implantaron una placa base
en la cabeza –por eso habla
así de raro– de la que sólo salen
cansinas consignas prodemocracia
y Constitución.
¡Anda ya! El caso es mantenernos
en la infancia como espectadores,
recortarnos el derecho
a la inteligencia, a pensar
–¡uy!–, a colegir, adivinar,
reconstruir. No, nene, aquí las
cositas bien planas, sin matices
y pa’dentro. Un panegírico
a algo supuestamente
muerto –el espíritu antidemocrático–
es lo más fácil de hacer.
Una campaña publicitaria
también. El objetivo está
clarísimo: vender. Y es mucho
más fácil hacer comprar que
hacer pensar, eso ya está más
que probado.

Pues la audiencia compró
la serie, y cómo compró.
Máximos índices en TVE desde
el partido de nosequién. Un
apoyo masivo, los destinatarios
de la campaña reaccionaron
superfavorablemente ante
el logo Corona, la marca
JuanCarlos y la sede Zarzuela.
En términos de márketing,
se llama ‘pregnancia’.
Implicación personal del consumidor
con la marca. Memoria
emotiva frente a memoria
histórica. A la historia de
nuestra transición de pacotilla
le hacía falta urgentemente
un trasplante de corazón. O
al menos un marcapasos. Y
ahí está el diligente equipo de
TVE 1 para colocárnoslo. El
desplazamiento hacia lo emocional
es lo más efectivo que
se conoce hasta ahora contra
la distancia crítica.

El ángel de la historia de
Walter Bejamin más que terrible,
se está convirtiendo en risible
y en vez de de tener un
pie en el futuro mientras mira
hacia atrás, pasa de puntillas
por el pasado mientras se proyecta
incesante hacia un futuro
donde el Progreso, la
Democracia y la Entrañable
Monarquía reinarán en una
especie de Disneyland de la
historiografía reciente. En la
puerta, un cartel dirá: “MUSEO
DE LA MEMORIA HISTÉRICA.
Rogamos apaguen
sus conciencias y suban el volumen
de sus clínex”. O algo
así. Hasta la próxima, amigos.

Tags relacionados: Juan Carlos I
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