Amor al bar, amor en el bar

Un sobrecogedor relato que demuestra que los
bares amenizan los amores más hermosos y
consuela a los solitarios en sus bajones.

18/02/10 · 0:00
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Yo sólo puse una condición: jamás
juntos en una taberna irlandesa.
Tú no te quedaste
atrás. Nada de garitos indies,
nada de espirales pop, nada de
jóvenes ebrios abrazados, entonando
himnos generacionales
de los Planetas, o los Pixies, al
despuntar el alba.

Me gustaron tanto tus fobias,
que no pude evitar caer rendido
a tus pies. Supongo que algo parecido
te pasó a ti. Enamorarnos
en aquel tiempo era tan sencillo.
Bellos, jóvenes y becarios de
investigación. Dinero fácil, y
mucho tiempo libre para gastarlo.
Pronto comenzamos a ir juntos
a los bares.

No comprendo a la mayoría
de la gente. Se emparejan y
desaparecen de los bares. Llaman
“salir con alguien” a quedarse
todo el día en casa, comiendo
pizzas y viendo los DVD
que regalan con Público. Tú y yo
no íbamos a renunciar a los bares.
Nuestro amor se desarrollaría
a lo largo de una cuidada selección
de establecimientos hosteleros
(preferentemente nocturnos)
del Estado español.
Verte pidiendo otra caña más en
La Aguja de Lavapiés (Madrid),
o una absenta de fabricación casera
en El Marsella del Raval
(Barcelona), son imágenes de
una poesía difícil de explicar a
un abstemio, o a un vecino afectado
por nuestros ruidosos hábitos
nocturnos. Recordarte así,
aún pasados tantos años, sigue
conmoviéndome.

¿Bebíamos demasiado? Bueno,
tal vez. Tampoco diría que
fuésemos alcohólicos. En general
nos gustaban esos sitios en
los que puedes alargarte hasta
las tantas, bebiendo y hablando,
cualquier día de la semana.
Pequeños y acogedores como
El Olivar y El Paraguas, en el
Oviedo Antiguo, El Largo Adiós
en Valladolid, o La Masía, uno
de los últimos reductos de la
Barcelona preolímpica. El
Marzana 16, en Bilbao la Vieja,
con su barra de azulejos y mármol,
lograba la perfecta síntesis
entre las tascas telúricas que
tú buscabas y mi devoción por
el moderneo snob. El licor café
y los vinos a 50 céntimos del
Mosquito, en el barrio de San
Pedro, de Santiago de Compostela,
pronto se convertirían en
otro clásico fuera de discusión.

También bailábamos. Recuerdo
sudar contigo en las pistas
del Bullit de Bilbao, La Caja
Negra y El Flamin de Oviedo, o
en el Afrodisia de Granada. Los
baños se convirtieron entonces
en lugares especialmente propicios
para el amor.

No se en qué momento se empezó
a joder todo, pero seguro
que tuvo que ver con la nueva
ley de horarios de cierre. Fantasía
se moría, y para darnos la
puntilla, la Universidad nos cortaba
el grifo. Tú propusiste juntar
nuestros pocos ahorros y recorrer
el mundo, escribiendo algo
así como una guía universal
de bares. No llegamos muy lejos.
En Lisboa dimos lo nuestro
por concluido. Antes nos repartimos
los bares de la ciudad.
Para mí los del Bairro Alto, para
ti los de Alfama.

Ahora me he enterado de
que estás con un indie malasañero
que te arrastra al Ocho y
medio y al Nasty. Mi vida no
es mejor. Salgo con una asturtzale,
y curro en un chigre
celta de Xixón. Estoy del folk
y de la cerveza negra hasta los
cojones. El mundo es un lugar
extraño, y yo os echo mucho
de menos, a ti, y a nuestros
bares. //

Artículos relacionados en este número:

BARES
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Tags relacionados: Número 120 Oviedo
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