ENTREVISTA: ALFONSO SASTRE, PENSADOR, ESCRITOR Y DRAMATURGO
“Alfabetizar el teatro es una de las tareas más urgentes”

Alfonso Sastre Salvador es uno de los principales
representantes de la Generación de 1955 o del medio
siglo. Estudioso de las relaciones entre el hecho
escénico y la sociedad, hoy su escritura sigue más viva
que nunca y sus montajes tienen históricos reestrenos.

08/01/09 · 10:11
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SERGIO FRUTOS

DIAGONAL: En
sus últimas intervenciones
públicas
ha declarado
que el teatro español vive
buenos tiempos, ¿en qué
lo ve?

ALFONSO SASTRE: Me refería
tan sólo a que hay mucha
actividad teatral y a que
se suele trabajar con buena
técnica. Pero para mí son
ciertamente malos tiempos
aquellos como éstos en los
que no se sabe adónde se va;
y el teatro español no sigue
rumbo alguno que merezca
la pena; ni siquiera que se exprese
como tal rumbo, aunque
pudiera parecernos mediocre
o no satisfactorio. He
dicho más de una vez que
“programar es pensar”, y las
programaciones de los grupos
o compañías denuncian
una falta casi absoluta de
pensamiento.

D.: ¿Qué tiene que ver el teatro
español de hoy con su
idea de un “teatro vertebral”?

A.S.: Justo es eso. Es deseable
que haya al menos algún
grupo “vertebral”, tal como
he definido esta noción en
otro lugar. Un grupo vertebral
o vertebrado cuyos actores
hablen bien (tengan amor
al lenguaje verbal, además de
moverse y hacer gestos suficientemente
expresivos) es el
colmo de la belleza.

D.: ¿Qué piensa de los centros
sociales okupados (en
el caso de Euskadi de los
gaztetxes) como espacios
transformadores de producción
cultural y pensamiento
crítico?

A.S.: No aportan, que yo sepa,
gran cosa a la cultura. En
general son meros “teatreros”
que procuran divertirse
dignamente, eso sí. Equivalentes
de los “aficionados”
de otras épocas. Habrá algunas
excepciones.

D.: Tras la negativa de la
Feria del Libro de Durango a
que la editorial Hiru pueda
participar por no publicar en
euskera, ¿cómo valora el
apoyo institucional a la producción
cultural? ¿Le ve algún
límite al nacionalismo
vasco hoy?

A.S.: La Feria de Durango la
rige, que yo sepa, una asociación
privada, cuyos dirigentes
no se distinguen por la
brillantez de su talento. En
cuanto a los dineros públicos
tampoco son muy generosos
en este campo de la cultura.
Respecto al “nacionalismo”
vasco, al que supongo que
usted se refiere (pues hay un
nacionalismo español, en el
que por cierto coinciden su
derecha y su izquierda), es
un campo de contradicciones:
el PNV expresa, mejor o
peor, la derecha de ese sentimiento
o, si se quiere, de esa
idea. La izquierda política y
cultural vasca es un territorio
maltratado desde todas
partes y en todos los órdenes,
desde las ilegalizaciones
a las torturas, y, desde luego,
también por la derecha vasca
que es, en definitiva, cómplice
de esta represión.

D.: Desde su vivencia y pidiéndole
un ejercicio difícil
de síntesis, ¿puede comparar
los movimientos sociales y
culturales de la Transición a
los de ahora?

A.S.: Demasiado difícil esa
síntesis. En aquellos momentos
se trataba de nacer
sobre las bases de la lucha
antifranquista; hoy se trata
de buscar y encontrar caminos
y lugares de actividad a
unos movimientos sociales
y culturales ya nacidos y
existentes aquí, y sin el ejercicio
de los cuales todas las
esperanzas para el futuro
serían ilusorias. Creo que
Arnaldo Otegi, líder de la izquierda
abertzale, lo está
viendo así, y yo estoy de
acuerdo con él.

D.: Publicó un libro sobre las
incoherencias de los teatros
españoles, Grandes paradojas
del teatro actual, ¿puede
describirnos las más grandes
para usted?

A.S.: Yo prefiero llamar a
esas contradicciones paradojas -que no son mentiras,
sino, como decía Baltasar
Gracián, “monstruos de la
verdad”-; y he de decir que el
teatro es un mundo generalmente
paradójico. Si alguien
se interesa por ese tema, le
sugiero que lea mi libro; pero
la verdad es que ideas sobre
esta condición paradójica
del teatro están por todas
partes en mis obras.

D.: Usted trabaja muy bien
el juego yo/tú en sus textos
¿cómo escribe los diálogos
con su sombra?

A.S.: Decidí que mi sombra
me hablara de usted, y a ella,
al parecer, le ha parecido
bien, aunque algunas veces,
sin querer, y dada la confianza,
me tutea. Somos tal
para cual.

D.: Propone un método teatral
“gramático”, es decir,
cuidar la significación de las
palabras, ¿tiene contacto
con autores que están en la
treintena? ¿Qué le parece su
escritura?

A.S.: El método “gramático”
que yo postulo para el teatro
no se refiere, como usted sabe,
al significado de las palabras
sino al aspecto sintáctico
de la gramática, o sea, a la estructura
de los dramas.
¿Autores “que están en la
treintena”? La verdad es que
yo no les pregunto la edad
cuando los leo, y en general
las generaciones posteriores a
la nuestra escriben muy bien.

D.: Si la ha leído/visto ¿qué
piensa de la escritura teatral
que están desarrollando Angélica
Liddell y Rodrigo
García?

A.S.: Nada he visto, pero
algo he leído de estos autores,
y, digamos, no soy
un entusiasta en cuanto a
su lenguaje literario; de
ella porque su lenguaje
me parece superferolítico
y de él porque, al contrario,
me parece vulgar. Mi
“poética de la llaneza”, de
base cervantina, se sitúa
tan lejos de lo uno como
de lo otro. Hay algún autor
de penúltima hora (no
sé qué edad tendrá) que
escribe en ese nivel, tan lejano
del casticismo como
del cosmopolitismo. Este
autor en el que ahora
pienso es magnífico, y se
llama Vladimir García
Morales. Todavía no sé de
nadie que se haya dado
cuenta de su existencia,
aunque está ya publicado.

D.: Las políticas culturales
hacen poco por sacar las
piezas teatrales de los armarios
de sus autores, pero
es que muchas veces no se
escribe para decir. ¿Puede
formular algunas ideas para
que la escritura dramática
funcione en escena?

A.S.: Lo estoy haciendo
siempre al postular la escritura
dramática como
una “parlatura”. Ay, Dios
mío. ¿Cuántas veces habrá
que decirlo?

D.: En el siglo XX el teatro
europeo tuvo grandes
autores y teóricos (Brecht,
Piscator, Lecoq, Grotowski…)
que se reflejaron en
grandes prácticas, ¿siguen
siendo válidas esas
teorías?

A.S.: Sí, sobre todo Piscator
y Brecht, en ese orden.
Pero nunca me olvido del
magisterio de Tadeusz
Kantor. Como sabe, yo
trato de asociar en la actividad
humana lo que ella
tiene de praxis y lo que tiene
de agonía.

D.: ¿Hay una entidad estética
(o “poestética” como
usted dice) propia de estos
tiempos?

A.S.: La poestética es el
nombre que yo doy a la actividad
artística en general,
recogiendo en un mismo
término la “creación”
(la Poética) y la “recepción”
(la Estética) de las
obras, y creo que esa actividad
es propia de todos
los tiempos. El mundo de
las escuelas y de los estilos
es otro. Cuando yo me
refiero a él, apuesto siempre
por un “realismo de
vanguardia”, en el que
una base es la coincidencia
en determinados puntos
y momentos de la realidad
de la familiaridad y
la extrañeza.

D.: ¿No cree que el teatro,
en su aspecto social y
cultural, hasta que no
evolucione visiblemente,
tiene poco que hacer
frente al poder de convocatoria
de otro medio como
internet?

A.S.: No. Ese fue un error
de las gentes de teatro, que
no debemos repetir hoy, al
tratar entonces de competir
en ritmos y “realismo” con
el cinema sonoro. (¿Por qué
yo habré escrito tanto también
sobre ese tema?). El
drama tiene sus propios
medios y, eso sí, tiene pleno
derecho a usar las nuevas
tecnologías en su favor, asumiéndolas,
asimilándolas a
sus propios presupuestos,
como hizo Piscator con la
fotografía, el cine y la mecánica
del escenario (recuérdese,
por ejemplo, su “dramaturgia
de la banda sin
fin”).

D.: Escribió un libro donde
cuenta todas las obras que
no ha hecho porque no ha
“podido resolver los problemas”.
Si hubiera un grupo
de personas a las que tuviera
que proponer una
obra ¿qué encargaría?

A.S.: Sólo les aconsejaría
que se pusieran a leer, cosa
infrecuente en el mundo
del teatro; a leer, digo, tanto
a grandes autores de todos
los tiempos como manuscritos
recién salidos del
taller de nuevos escritores.
Alfabetizar el teatro es una
de las más urgentes y preciosas
tareas.

D.: ¿Cómo se imagina el
teatro español en el año
2050?

A.S.: Lo que ocurra dependerá
de esa alfabetización.
El narcisismo es necesario
en el drama, pero
no es suficiente.

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