Alex y las máquinas secretas

Como cada mañana, Alex acudía con exquisita diligencia y puntualidad a su trabajo. Un ejército de empleados cruzaba las puertas del edificio (una construcción moderna aunque completamente atemporal que provocaba una extraña sensación de desubicación y distancia), simulando una especie de llamada a la movilización total, una guerra sin bajas, un combate de intensidad regular y constante. Un simple vistazo no decía nada sobresaliente de Alex. Nuestro hombre parecía ser uno más entre aquel grupo de aprendices de soldados.

01/01/13 · 10:00
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Como cada mañana, Alex acudía con exquisita diligencia y puntualidad a su trabajo. Un ejército de empleados cruzaba las puertas del edificio (una construcción moderna aunque completamente atemporal que provocaba una extraña sensación de desubicación y distancia), simulando una especie de llamada a la movilización total, una guerra sin bajas, un combate de intensidad regular y constante. Un simple vistazo no decía nada sobresaliente de Alex. Nuestro hombre parecía ser uno más entre aquel grupo de aprendices de soldados. Sin embargo, cuando hacía su aparición en su despacho se convertía en un auténtico cruzado: solía detenerse unos segundos en el umbral, paseando su mirada por la habitación, hasta que se dejaba caer en su confortable sillón negro y ponía en marcha todo tipo de controles de sonido, sintetizadores y, por supuesto, su ordenador. Y entonces... comenzaba la experiencia.

Alex era consciente de que allí, en aquel lugar que siempre y de forma casi secreta amanecía inmaculado en su limpieza y perfecto en su orden, se escribía la vida de los hombres. Quizás la guerra invisible de nuestro tiempo. Porque el hombre era su objeto de estudio (el hombre común, pero también, como si se tratase de una verdadera categoría humana, el consumidor o el espectador, el trabajador o el ocioso, incluso aquel que esperaba impaciente en la sala de urgencias de cualquier hospital). Trabajaba con las emociones de aquella gente, hombres receptores de sonidos, codificadores de mensajes subliminales, hombres-antena ignorantes de la manipulación cotidiana, firmes creyentes en la máxima del capitalismo que advertía: “Haz realidad tus deseos”.

Y allí estaba Alex, sonriendo y satisfecho en lo alto de su trono de cuero.

Aquella guerra había comenzado muchas décadas atrás. Alex, por el contrario, tan sólo llevaba ocho años trabajando para la Muzak Corporation, la poderosa empresa norteamericana pionera en música enlatada diseñada para la manipulación y el control. Su fundador había sido un general llamado George Owen Squier, que en la publicidad de la empresa no dudaba en posar con uniforme de mariscal de campo. Entre los dudosos méritos de Squier estaba haber sido el primer hombre en matar a otros por medio de un arma dirigida por control remoto. Pura ciencia ficción antes de la ciencia ficción. A comienzos del siglo XX, Squier estaba fascinado por los sistemas de comunicación aplicados al arte de la guerra. Proféticamente, adelantó el uso de baterías en las comunicaciones con la tropa, absorto en lograr la ventaja definitiva que hiciera a su ejército invencible. Entonces se trataba de una tecnología completamente innovadora que suponía una ventaja técnica sobre los desgraciados contrincantes, quienes recibirían una lluvia de metralla cuando su posición fuese delatada y la información se transmitiese. En 1934, justo en el convulso período de entreguerras, estaba ya tras la pista de algo así como el proto muzak y para ello hizo uso de gramófonos de la marca Kodak. Squier accedió al panteón de la compañía por méritos propios y su inagotable figura inspiraba lealtad y prestigio, logrando un perfecto equilibrio entre pasado e innovación, tradición y modernidad. Su genio y reconocimiento quedaba patente cuando se le calificaba, nada más y nada menos, como un “audio arquitecto”.

Luego la situación se volvió peligrosa. Corrían los años ‘40 y Estados Unidos estaba en guerra. Un auge en los estudios sobre productividad por parte de un grupo de psicólogos industriales llegó a la conclusión de que con cierta música los obreros trabajaban de una forma más eficiente. Desde entonces, la Muzak Corporation diseñó su estrategia de mercado de una forma sofisticada y elegante, con lemas como “Si tu negocio pudiera hablar ¿cómo sonaría?” o “Una banda sonora para tus negocios”. Había encontrado la piedra filosofal.

Audio-arquitectos

Alex no es un músico, pero sabe de música. Más concretamente se trata de un ingeniero al servicio del mercado que permanece alejado de nosotros, o al menos eso creemos. Sin embargo, no hay nada en él que sea realmente lejano: el resultado de su trabajo está ante nuestras propias narices cada segundo, las 24 horas, condicionando nuestros hábitos y elecciones. Todos los días del año. También es un particular creador de sueños. No es que tenga el poder de crear una “fábrica de sueños” al estilo de Walt Disney, ya que es un asalariado, pero su poder es inmenso. Lo que hace está calibrado al máximo, aunque a veces se encuentre con anomalías en las hipótesis y tests de comportamiento. A aquéllos que no responden adecuadamente a los productos que regularmente lanza la Muzak Corporation se les considera anomalías, y en la siguiente y mejorada versión del producto nadie podrá escabullirse. Ninguna grieta por la que colarse. Sin trucos.

Squier es el indudable patriarca de la empresa y Alex sueña con que algún día, cuando todos y cada uno de sus diseños obtengan excelentes resultados, digan de él que es un auténtico “audio arquitecto”. Mueve una tecla, aumenta un tono, los graves se vuelven arenosos y de una densidad casi tangible, justo cuando los sonidos salen disparados, rítmicos y sincopados, en medio de secuencias prefabricadas y de percusiones casi africanas (aquí todo es “casi” y Alex, que casi no escucha música “de verdad”, ya se ha acostumbrado al sonido enlatado). Un botón resucita una nota que parecía perderse y el ritmo se repite una y otra vez. Hasta el infinito. Alex ha cumplido el encargo prometido y los com­pra­dores de esa cadena de supermercados muy posiblemente se vean impulsados al consumo de forma compulsiva, no ahora o mañana, sino cuando aterrice el “producto” mágico y su sonido se distribuya a través de las decenas de altavoces colocados estratégicamente por toda la superficie del local. Y entonces, es como... como un concierto multitudinario, salvo que nadie sabrá que Alex es el culpable de todo aquello y que, para su desdicha, debe acostumbrarse a una vanidad con fecha de caducidad, a la sensación de anonimato perpetuo. Alex lo sabe, conoce este secreto y, a veces, cuando pasea con su carrito por los pasillos del supermercado silba los sonidos metálicos, tararea una secuencia que mentalmente convierte en números o cifras, anticipándose a una nueva melodía, al momento en que ésta comienza o termina, y también los pasajes de mayor tensión, como si fuese el interludio de algo que debe desencadenarse, una fuerza orgónica encerrada y por fin liberada. Porque su sueño es un sueño colectivo, y porque no hace falta que acuda a los centros de trabajo, a esas fábricas atestadas de hombres a los que previamente, mediante abultados y exactos estudios de mercado, ha observado detenidamente hasta llegar a comprenderlos, no a ellos, sino a sus razones y anhelos, a sus ritmos de trabajo, a sus condenados tiempos.

Su triunfo es el aumento de la producción. Todo sucede como si viviese el sueño de una omnipotencia casi celestial. Un producto especial, algo realmente potente para ese cliente que merece una recompensa a su fidelidad. El general Squier besando el presente, dándose de narices con la rabiosa actualidad, paseando su sombra por el centro comercial. Música estrella, lo último, éxitos garantizados, el no va más de la nefasta hora del café, capaz de vencer las somnolencias de ese atajo de vagos, para que, como por arte de magia, logre que el hechizo funcione y que las hileras de carne humana comiencen a moverse al compás de los minutos y que de esta manera todo vaya sobre ruedas y la economía prospere, pero no la de ellos (por supuesto) sino la de nuestros queridos clientes estrella.

La Experiencia Total.
La obra de un Dios.

Y no está solo. Alex, sin apenas darse cuenta, está conectado con otro Alex. De hecho, en toda esta historia existe otro Alex: Alex DeLarge, un personaje de ficción que en La Naranja Mecánica expresaba perfectamente la actitud del hombre vencido por la magia de las máquinas secretas y de los experimentos de inducción, ese otro Alex que, fuera de sí, gritaba horrorizado: “¡No pueden hacerle eso al gran Ludwig Van! ¡Él sólo hizo música!”, para más tarde, cuando el tratamiento había triunfado sobre el hombre, reconocer que “no cabía duda alguna. Me había curado”. La visión del cuerpo maltrecho y flagelado, aquel rostro de profundo espanto de ese otro Alex DeLarge refleja la crueldad absoluta del control subliminal. Es como estar ante un monstruo invisible, el hombre del saco, un atisbo de sombra tras el armario. Cuando esto sucede uno no puede más que admitir que ese miedo es real y cierto, y que al mismo tiempo se ha cruzado la línea que nos sitúa como directores de nuestra propia vida.

Dentro de una panorámica más amplia, el significado de lo que Alex hace y el por qué lo hace, lo sitúa como un arquitecto de la vida moderna. Entonces, cuando Alex asume estas premisas, comienza a burlarse del viejo Squire y su primitivo equipo, para inmediatamente posar sus ojos sobre los brillantes y pulcros pasillos del centro comercial, como el escenario clave de esa vida moderna vibrante y llena de oportunidades.

Todo centro comercial que se precie dispone de su ración de muzak. Allí, la música suena acompañando al potencial consumidor que se cree un mero paseante pero que, en cambio, jamás puede serlo. No hay escapatoria posible. Todo, absolutamente todo, está diseñado para que la visita se convierta en algo único y, por tanto, repetible. En las horas punta, los comercios ponen a todo trapo su hilo musical. El cliente, frenético y casi siempre infinitamente cansado, debe hacer su aparición, comprando y abandonando rápidamente el lugar. Así se evitan las aglomeraciones. Los estudios advierten que una excesiva reflexión nunca es saludable para los negocios, al menos en los centros comerciales o los supermercados, y ésta es la razón del bombardeo sistemático de muzak y su obsesión por generar reacciones de pura compulsión. En cambio, durante las horas inmediatamente posteriores al almuerzo, muzak debe ofrecer algo bien distinto, como tranquilidad y sosiego. Y si inmediatamente pudiéramos trasladarnos a un centro de trabajo como por ejemplo una gran fábrica, veríamos que muzak se está comportando de una manera muy diferente: su objetivo es una reactivación inmediata, evitando la somnolencia y el escaqueo. En los restaurantes, la reacción provocada por el hilo musical es bien distinta y los expertos advierten de que gracias a una música lenta y agradable los comensales permanecen más tiempo y suelen dejar mejores propinas (aunque nada de esto puede aplicarse a las cadenas de comida rápida donde los clientes son como ganado y las mesas se llenan y vacían rápidamente, por lo que muzak debe atronar con ritmos frenéticos). Dentro de la categoría de restaurantes, los chinos son grandes expertos en muzak. Sus melodías nos suenan distantes y monótonas. Una batería programada suele acompañar un piano insulso y degradado. La siguiente canción parece ser igual que la anterior, intercalando las piezas de muzak con alguna canción popular. No suelen tener problemas de espacio, por lo que no persiguen que el cliente abandone rápidamente el local. Y funciona. Los chinos son los nuevos alquimistas.

Y los aeropuertos. Todos las zonas comerciales de los aeropuertos necesitan de los servicios de empresas como la Muzak Corporation, pero exigen siempre sonidos suaves y melodías que provoquen una sensación de calidez y elitismo. El comprador, que se dispone a volar en cuestión de minutos o de horas, está irremediablemente encerrado en el espacio ordenado de la zona comercial aeroportuaria. Una vez allí, y pasado el control de seguridad, debe transformar su tiempo muerto en tiempo de compras. Es sencillo: basta con dejarse llevar y muzak hace el resto. En muy pocos lugares como en estas zonas comerciales el paseante está más desprotegido, deambulando alrededor de tiendas inmaculadas y resplandecientes. Los aeropuertos siempre tienen algo de reflexión vital y de urgente análisis psicoanalítico, y todo lo que vemos nos induce a ello, pensando que quizás éste sea el momento en que nuestra vida cambiará hacia algo desconocido y seguro que más excitante, como si estuviéramos ante un cruce de caminos mágico mientras paseamos por la zona comercial o posamos nuestra mirada más allá de los ventanales que nos conducen a la pista de aterrizaje y de este modo soñar con otros mundos y otras vidas. Los anuncios son señuelos de última hora. El reclamo de unos precios más bajos puede ser la razón que nos induzca a comprar un determinado producto y que más tarde sonriamos cuando mostramos nada más llegar la “suerte” que hemos tenido al darnos de bruces con aquella “ganga”. Sin embargo, nuestro Alex ha tenido que ver algo con todo esto, sin duda.

Sueños eléctricos

Sobre el terreno, casi ningún trabajador es capaz de percibir el resultado de su esfuerzo. Se imagina y traza hipótesis, cuando no ve únicamente el resultado parcial y mutilado de su trabajo en objetos de consumo de todo tipo (coches, televisores y ordenadores). La diferencia (la suprema e inigualable gran diferencia) es que Alex ostenta el privilegio de ser una especie de Dios anónimo. No rinde cuentas a nadie, salvo a sus jefes, por unos actos que van más allá de un sinfín de programaciones y cuya trascendencia es innegable. Al igual que Dios, está en todas partes y al mismo tiempo en ninguna. Es inalcanzable e imposible de delatar, escondiéndose en medio del ruido de un mundo cada vez más sofisticado y mediado. Alex disfruta del placer de poder provocar cambios e influencias en las decisiones de unas personas que jamás conocerá ni tampoco sabrán la razón oculta de su comportamiento. El nuevo y flamante heraldo de la sociedad tecnológica. Nuestro hombre trabaja en regiones psíquicas misteriosas, donde las decisiones son como sueños eléctricos, acercándose de este modo a los grandes magos y habitando un territorio de sombras en el que las teclas despiertan (o deberían hacerlo) impulsos y miedos. El objetivo último no es otro que tener al hombre correctamente sintonizado.

Como cada día, en medio de una monotonía infinita, a las siete en punto de la tarde Alex se levanta de su impecable sillón y decide tomar el ascensor que lo conducirá al aparcamiento y de allí a su casa. Pero hoy, al tomar el ascensor, coincide con un tropel de empleados de otros tantos departamentos y que apenas conoce. Todos sin excepción se afanan por entrar cuando las puertas se abren. El ascensor es minúsculo y excesivamente perfumado. Alex nota sus cuerpos, el aire viciado y la lentitud del mecanismo del aparato. Y es entonces cuando siente un repentino y casi incontrolable acceso de claustrofobia y angustia que, afortunadamente, es rápidamente amortiguado hasta desaparecer cuando comienzan los primeros compases del hilo musical. Un piano enlatado interpreta una melodía popular. El saxo irrumpe cálido y suave. Y Alex siente que la calma llega en una oleada de placer que le sube por la punta de los pies hasta su cabeza. Es algo casi eléctrico e indescriptible. Y recuerda las palabras de su colega Alex DeLarge: “No cabía duda alguna. Me había curado”. Y nuestro Alex sonríe.

Recuerdo que hace por lo menos 20 años escribí un pequeño texto sobre Muzak. Entonces había leído algo sobre ellos en un fanzine y aún hoy puedo revivir la sensación de extrañeza y sorpresa que experimenté al enterarme de todo aquello. En la actualidad, la Muzak Corporation es un poderoso monstruo mucho más sofisticado que en los años ‘80. Esta empresa tiene la suficiente arrogancia para ofrecer un producto taimado, combinando en su lujosa publicidad elegancia y buen gusto, casi como el programa de actos de una prestigiosa ópera. Es la típica empresa engañosa que sería capaz de ofrecer sillas eléctricas tapizadas de color rojo, convirtiendo lo horroroso en irresistible. Todo se vende como una “experiencia única”. Y lo es, sin duda. Hace poco, la lectura de la reveladora obra del entonces filósofo marxista Jaques Attali Ruidos. Ensayo sobre la economía política de la música (Ruedo Ibérico, 1977), me puso sobre la pista de qué diantres había sido de Muzak. En esta obra, Attali afirma lo siguiente: “Hoy en día, Muzak, la gran empresa norteamericana de venta de música enlatada, se presenta como el sistema de seguridad para los años ‘70, pues permite utilizar los canales de difusión musical para hacer circular órdenes”. Attali escribió esto, nada más y nada menos, que hace 35 años.

Por supuesto, era previsible sospechar que de seguir existiendo la compañía había mejorado sus métodos. Así que hice la prueba y me puse a investigar que había sido de la Muzak Corporation. Os lo aseguro, aluciné al comprobar aquel magnífico ejemplo de control brutal pasado por la licuadora de la triple A de la excelencia. Y si alguien tiene alguna duda, que entre y compruebe cómo se las gasta la Muzak Corporation: www.muzak.com. En mi opinión, no estamos ante “música” en el sentido tradicional de la expresión, por lo que no puedo compartir la afirmación de Xavier Chavarria cuando señala que “Muzak es un magnífico reflejo del empobrecimiento de la conciencia musical de nuestra sociedad, que relega a un valor decorativo o puramente hedonista el arte musical”. Estamos ante una de las más sofisticadas expresiones del pasado y el presente, del mercado como auténtico campo de batalla. Esta empresa vende la mejor basura para empresarios lo suficientemente listos como para no dejar ningún espacio vital o atisbo de autonomía a sus trabajadores (porque, éstos, ya lo sabemos, se rebelan) o para unos consumidores demasiado empeñados en perder el tiempo y de paso mangar algo. Pero hay más. Una vuelta virtual por su plantilla estrella es aún más grotesco. Su máximo jefe, un tipo llamado Steven K. Richards, aparentemente afable y haciendo gala de una forzada cara sonriente, afirma que en su iPod últimamente suena Don’t Go Back to Rockville de 10.000 Maniacs, un grupo cuyo nombre le viene perfecto a la compañía que dirige. Sin embargo, me quedé estupefacto por las confesiones públicas de otro de los responsable, un tal Ken Eissing, quien hasta la fecha os aseguro que ha sido la única persona que ha confesado una admiración compartida por AC/DC y ¡Neil Diamond!, usando para ello calificativos como “soft rock” y otro tipo de estupideces.

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