"LA INSURRECCIÓN, ENCARNADA EN BANDAS DE MÚSICA Y ""TERRORISTAS CULTURALES"""
¡Al diablo con el pasado!

La oleada revolucionaria del 68
sacudió el terreno de la cultura
provocando el cuestionamiento
de la autoridad y el desarrollo de
un espíritu heterodoxo.

01/05/08 · 14:37
Edición impresa

En Inglaterra, a comienzos
de los
años setenta, la
banda protopunk
Hawkwind editaba un single
que llevaba por título
Urban guerrilla. Inspirado
directamente en los sucesos
violentos de los últimos
tiempos y que tenían como
eventuales protagonistas a
la guerrilla urbana anarquista
de la Angry Brigade
y los atentados del IRA, su
letra decía: “No me hables
de amor, flores u otras cosas
que no explotan. Nosotros
usamos y llevamos hacia
arriba nuestros poderes
mágicos”.

Las cosas habían cambiado
tanto que la tormenta
desatada en torno a la recurrente
fecha de 1968 parecía
ya pertenecer a una
belle époque irremediablemente
perdida. La rebelión
en suelo europeo, en sus
aspectos más salvajes y anticivilizatorios,
estuvo encarnada
por bandas cuya
música y actitud, como el
caso de los primeros The
Who o Social Deviants, fueron
consideradas un “crimen
armado contra la burguesía”.
Estos ejemplos
eran, en realidad, llamadas
casi tribales a exorcizar
nuestros miedos y a la realización
del deseo.
Pero esta revolución,
parcial y contradictoria, no
sólo fue una revolución cultural.

La generación que
impugnaba las viejas formas
de participación política
desarrolló un potente espíritu
antiautoritario y heterodoxo.
Cualquier forma
de autoridad fue criticada,
ya fuera el agente de policía
o el profesor, incluso se
atacó a aquellos intelectuales
que se mantuvieron al
margen de la acción directa
desarrollada en el Barrio
Latino de París, en las calles
de Berlín o frente a la
Embajada estadounidense
en Grovesnor Square. En
última instancia, el desafío
era mayor. “Es nuestra civilización
misma la que está
en peligro”, reconocía
Pompidou ante la Asamblea
Nacional el 14 de mayo
de ese mismo año.
Tras el verano del amor
(“los chicos hacen el amor,
fuman droga y cargan las
armas”, declaraban los
Weathermen), y la llegada
del amor armado, la década
siguiente, la de los setenta,
trajo el drama, la lucha
minoritaria y la ultramilitancia;
grupos de terror
cultural, como los Motherfuckers,
realizaban un llamamiento
a “expresar la
poesía a través del cañón
del fusil”. Muchos de los
derrotados de los años setenta
fueron, precisamente,
aquellos que se negaron
a aceptar otra derrota que
se pensó inimaginable, la
acontecida en 1968. Aquel
zeitgeist creció en torno al
dinamismo (movement), la
negación del lenguaje (lo
negro es hermoso) y la acción
directa (burn baby
burn). Hoy, 1968 es parte
de la cultura, esto es, ha
creado una ideología y, por
lo tanto, ha sucumbido a
sus peores presagios. Es
más, se ha integrado en la
hegemonía cultural a través
de la hábil recuperación
de alguno de sus principales
aspectos, como el
placer, el arte urbano, el
juego o el hedonismo.

Esa hiperconcentración
de mayos, con sus consiguientes
historias, no puede
producir su efecto más perverso,
es decir, la mitificación
de personajes y hechos.
“Todo lo que es discutible
está para ser discutido.
El azul seguirá gris en tanto
que no haya sido reinventado”,
señalaba un panfleto
enragé. Efectivamente, sin
discusión y sin que la autoridad
sea interrumpida (ya
sea en medio de una clase o
en plena calle), hablar de
1968 se convierte en un bello
ejercicio de nostalgia,
justo lo que entonces se detestaba.

“El tiempo corre
tras nosotros”, “Vive sin
tiempos muertos”… fueron
eslóganes que planteaban
que no había tiempo para
volver la cabeza hacia el pasado.
Y, por si quedara alguna
duda, un año antes un
periódico ácrata reconocía
que “hemos aprendido del
pasado, pero ¡al diablo con
el pasado!”.

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