Al cambio que logremos lo llamaremos Utopía

Las sociedades industriales alumbraron sueños de convivencia y de organización que hoy, en el mejor de los casos, se ven con ternura. Son las utopías. Analizamos lo que queda de ellas.

07/08/12 · 0:00

- Aldous Huxley, veinticinco mil días de soma y elesedé

Pocas palabras han sido tan manoseadas, hasta el punto de terminar designando una cosa y su
contraria, como esta que un
buen día se le ocurrió a Tomás
Moro
. ‘Utopía’ es un concepto
tan desgastado que podría parecer inútil buscar en él algún tipo
de carga liberadora. Resulta llamativo, sin embargo, la insistencia con
la que se nos recuerda,
desde todo tipo de tribunas, lo
peligroso e infantiloide de la quimera utópica. La utopía ha sido
tradicionalmente vapuleada a
derecha e izquierda. El argumento más primario utilizado en
su contra incide en la imposibilidad de su realización material,
en su aspecto ‘soñador’. Algo tan
familiar como el paternalista
golpecillo en el hombro y el “eso
está muy bien, chaval, pero deberías cortarte el pelo y centrarte en tus
estudios, etc.”. Esta crítica a la utopía concebida como
sueño infantil apto para la hora
del bocadillo suele coronarse
con una enérgica condena del
totalitarismo al que, inevitablemente, conduciría cualquier
propuesta revolucionaria. Como
si el intento de adecuar la realidad a representaciones ideales
fuese un pecado contra natura,
castigado con el terror y la falta
de libertad.

Pero en estos tiempos de dios,
en los que el capitalismo espectacular se ha impuesto como el
único sistema social, no ya posible, sino como el único pensa-
ble, y en los que cada persona
(de modo similar a como el propio sistema es capaz de concebir
su continuación más allá de la
desaparición efectiva del planeta) ha interiorizado la creencia
de que, efectivamente, todo va a
reventar pero “yo voy a forrarme”, se nos antoja especialmen-
te útil retomar la tradición utópica entendida como la capacidad
de imaginar otros modos de vida. Entre otras cosas porque, como escribió André Breton en el
Manifiesto surrealista, “sólo la
imaginación me dice lo que puede ser”.

La utopía es, según una célebre definición de Darko Suvin,
“la construcción verbal de una
comunidad humana particular,
en la que las instituciones sociopolíticas, las normas y las relaciones individuales están organizadas según un principio más
perfecto que en la sociedad del
autor”. La ‘realidad’ de la utopía
es su esencia discursiva, un relato que no es un plan político,
sino una alteración del discurso
dominante que permite el advenimiento de lo inconcebible (indecible) en ese discurso.
Es normal, por lo tanto, que
la necesidad de imaginar nuevas formas de vida haya encontrado en la literatura a su mejor
aliada.

En 1516, Tomás Moro escribió un libro que bautizó con
una palabra intencionadamente
ambigua. Como se sabe, el prefijo de “Utopía” remite al griego
“ou” (no) pero también a “eu”
(bueno). Un buen lugar (topos)
o tal vez un no-lugar. La descripción del reino de Utopía realizada por Moro fijó para siempre la
estructura del relato utópico,
una forma dialógica y circular
especialmente rígida en lo que
atañe al argumento. El viajero y
su extrañamiento, el anciano venerable que le desvela hasta el
más
mínimo detalle de la modélica
organización social, la joven hechizadora e inteligentísima, el
viaje de regreso al país de origen
y el contraste con el maravilloso
mundo descubierto... son invariantes casi universales del género. Ciertamente, y aunque
desde aquí animemos a su lectura, el aspecto de los cuadros utópicos que se vienen pintando
desde hace quinientos años es
pesadamente monótono y aburrido.

Raymond Trousson, seguramente la persona que mejor
ha estudiado la utopía como género literario, ha acotado con
precisión este tipo de cuadros.
Para él, nos hallamos ante una
utopía cuando “en el marco de
un relato (lo que excluye los tratados políticos), figure descrita
una comunidad (lo que excluye
la robinsonada), organizada según ciertos principios políticos,
económicos y morales que reproduzcan la complejidad de la
vida social (lo que excluye la
edad de oro y la arcadia), ya se
presente como ideal a realizar
(utopía constructiva) o como
previsión de un infierno (la
distopía moderna), ya se sitúe
en un espacio real o imaginario
o también en el tiempo o
aparezca, por último, descrita al
final de un viaje imaginario, verosímil o no”.

Sin influencia del exterior

Para Trousson (y para cualquiera) la característica exterior más
evidente y más común de la
Utopía es la insularidad. Utopía
es siempre una isla, aunque se
ubique en “una amplia planicie
del Ecuador”, caso de la Ciudad
del Sol de Campanella; en un territorio aislado por las montañas, como el país de Erewhon
descrito por Samuel Butler; en
el subsuelo terrestre donde
transcurre La raza venidera de
Lytton; en la Luna o, en fin, en
cualquier lugar que cumpla los
requisitos de la trinchera. La
insularidad obedece a la exigencia de presentar un mundo incorruptible y cerrado a cualquier
influencia exterior, cuya asepsia permita plantear un experimento social. Este reduccionismo necesario hace que las sociedades
utópicas se presenten como fijadas para siempre, inmóviles y
eternamente ancladas al presente, sin posibilidad de evolución o
cambio por haber ya alcanzado,
precisamente, la forma perfecta.

Así, cuando el visitante extranjero arriba a la sociedad utópica la
encuentra como un todo completamente realizado bajo la
forma, casi siempre, de una o
varias ciudades. Una serie de
murallas concéntricas suele
subrayar el aislamiento de estas
sociedades en miniatura cuyo
trazado geométrico facilita, por
otra parte, el control de sus habitantes y simboliza la inmutable
perfección alcanzada.

La ciudad sí es para mí

La ciudad no sólo permite el paso a una escala manejable que
hace accesibles las hipótesis del
utopista, sino que ella misma se
sitúa en el origen del pensamiento utópico, indiscernible del
surgimiento de la moderna sociedad urbana y mercantil. La
polis griega, la ciudad ideal
renacentista, la ciudad industrial, la ciudad jardín, la no-ciudad contemporánea, han sido
los escenarios sobre los que se
ha desplegado el pensamiento
utópico a lo largo del tiempo.
Hace ahora algo más de un año,
justo cuando el pensamiento
utópico parecía más profundamente enterrado, una multitud
variopinta inventó una nueva
forma de acampar, comer, beber, compartir, debatir, cacerolear, dormir, follar, asamblearse
anónimamente y sin convocatorias, y vivir en las plazas de las
ciudades. Y de nuevo la utopía
volvió a colarse en las bocas de
las gentes.

De más está decir que esta
realidad que nos ha tocado vivir,
la única en la que se dan simultáneamente todas las que han
sido, es especialmente miserable y criminal. Lograr la inversión del pensamiento, llegar a
concebir una forma de vida que
no identifique lo real con lo
posible, crear cesuras radicales
en la representación de la realidad por las que entre algo de aire, de luz y de agua, hacer aflorar las posibilidades laterales
y su representación son las
tareas propias del pensamiento
utópico entendido como rebelión contra lo real.

Este texto se basa en la introducción al no 6 del fanzine Vacaciones en Polonia,
dedicado a las utopías literarias y editado, conjuntamente, con el no 5
(Literatura y dinamita).

Otros
mundos
mejores

Ni siquiera nuestros antepasados y antepasadas tenían la suerte de vivir en
sociedades perfectas. Por
eso, desde bien temprano, obras como el Poema
de Gilgamesh
y autores
como Hesiodo han dibujado espacios en los que
la paz, el conocimiento y
la felicidad estaban al alcance de la mano.

EL DULCE LAMENTAR
DE DOS PASTORES / La vida bucólica

Antes de que Tomás Moro interpretase a su modo La República de Platón, la idea de un mundo ideal tomó dos caminos. Por un lado, el religioso, representado por La ciudad de Dios, de San Agustín,
y por otro lado, siguiendo una tradición pagana y humanista, pervivió
el mito de la Arcadia, que hacía referencia a una provincia de la
antigua Grecia y cuyo clímax son Las Bucólicas de Virgilio.
La Arcadia como país imaginario se convirtió en material para
ensoñaciones de escritores, pintores y demás artistas, que veían en este
territorio el final de la corrupción y se deleitaban en una felicidad
serena y frugal, lejos del mundanal ruido. El hecho de que no se
proponga un modelo de sociedad lo diferencia, no obstante, de las
utopías canónicas.

WALKING
IN THE SAND / Amo esta isla

La ocurrencia de situar el espacio
utopico en una isla no debe atribuirse sólo a la obra de Tomás Moro.
Piensen en el mito de La Atlántida, recogido por Platón en el Timeo, un lugar legendario hasta el punto de que Heinrich Himmler
organizó expediciones para encontrar a los descendientes de esta raza,
bendecida por el dios ático Poseidón. La imagen de la isla como espacio
natural de la utopía ha pervivido en la cultura popular, ya que supone
el espacio ideal para consumar el anhelo de “empezar de cero”. Desde la
isla de los Houyhnhnms (en Los viajes de Gulliver), hasta la isla de Lost
(con matices y con una bomba H), las doradas playas de una isla repleta
de recursos y de nativos sabios se han conformado como una referencia
básica del imaginario utópico.

EN LAS CUMBRES MÁS
ALTAS ENCONTRARÉ LA PAZ / Shangri-La

La filosofía oriental ha aportado sus
propios lugares utópicos, un espacio en el que no faltan los libros, la
música y toneladas de meditación trascendental. Shangri-La, posiblemente
el lugar mítico más referenciado en la cultura anglosajona junto con
Xanadú, apareció por primera vez en la novela Horizontes lejanos, del escritor británico James Hilton.
En esta ocasión el paraíso terrestre se enclava en un monasterio
tibetano en medio del Himalaya, por lo visto inspirado en el mítico
Shambhala, éste sí, de la tradición budista tibetana. De nuevo aparece
otra constante de las sociedades utópicas: la consecución de la
inmortalidad, fruto de la espiritualidad extrema, la buena alimentación y
el buen rollito. Una curiosidad: Franklin D. Roosevelt bautizó como Shangri-La lo que hoy es Camp David.

PORQUE YO
LO VALGO / Nirvana

En esta ocasión, la utopía, entendida
como un estado de liberación, llega sin necesidad de traslado físico a
isla, monasterio, campiña o valle. Obviamente se trata de una utopía con
minúsculas ya que la Utopía, en rigor, es un constructo cultural
occidental que elude, en principio, la concepción religiosa que sí se da
en el Nirvana de la tradición hindú, tomado al vuelo por tradiciones
chinas, nepalíes, japonesas, etc. La búsqueda de la verdad universal
(esa verdad con mayúscula), se obtiene mediante el ejercicio mental y,
en este sentido, se ciñe mejor a la etimología de Utopía, que en rigor
significa “no lugar”. De todos modos, conviene matizar que en esta
ocasión se trata de una consecución individual y no de una sociedad
perfecta a la que dirigirse.

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comentarios

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  • |
    Dabi Lahiguera albericio
    |
    08/01/2013 - 9:00am
    La utopía es como el horizonte, no existe como algo tangible, es nuestra pecepción del final de la tierra y en un viaje la referencia última. Conforme andamos el camino, el horizonte cambia y nuestra referencia o nuestra meta también, pues el devenir del camino y las circunstancias, la orografía, no hace cambiar a nosotros y nuestras espectativas. El horizonte es inalcanzable, pero es la referencia, necesitamos un horizonte, necesitamos una utopía, o andaremos perdidos como en un día de niebla, sin referencia, en un todo blanco, neutro, en la nada, que es en lo que nos quieren hundir. Necesitamos un horizonte, necesitamos una utopía.
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