ENTREVISTA AL ENSAYISTA CRÍTICO, POETA Y NARRADOR MATÍAS ESCALERA CORDERO
“Abogamos por un arte con consecuencias, que entre en contradicción con la realidad”

Matías Escalera, filólogo ligado a
proyectos editoriales y culturales
de transformación social, analiza
en esta entrevista el estado de la
cultura y el arte actual.

08/01/09 · 17:43
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MATÍAS ESCALERA ha coordinado el volumen ‘La (re)conquista de la realidad’, en el que colaboran novelistas, poetas, dramaturgos, profesores y editores.

DIAGONAL: ¿En
qué estado se encuentra
y para
qué, y a quién, sirve
la cultura actual?

MATÍAS ESCALERA CORDERO:
Para comprender el
estado de la cultura actual
(entendido que estamos hablando
del conjunto de instituciones
sociales y manifestaciones
artísticas y literarias,
en el más amplio sentido del
término, de todo aquello que
la mayoría entiende hoy
cuando oye la palabra ‘cultura’),
sólo hay que mirar a
nuestro alrededor, ver la televisión,
ir al cine o al teatro,
leer lo que se publica e inunda
los escaparates de los
supermercados del libro, etc.
Carnaza hortera y distraída;
magro espectáculo y mercancía
en que el envoltorio vale
más que el contenido... Tomemos,
por ejemplo, el caso de
los suplementos culturales
de las distintas familias mediáticas,
en los que cualquier
atisbo de disidencia se castiga
con la exclusión. O repasemos
la ‘programación de festejos’,
festivales, festivalitos y
‘centenariazos’… Tomemos
el caso paradigmático de
nuestro clown oficioso, Sánchez
Dragó, a su numerosísima
y sonriente comparsa, lo
más granado de nuestra ‘cultura’,
que ríe sin reparo alguno
sus monsergas mostrencas
y arbitrarias, pues el objetivo
es ‘salir en televisión’, sea
como sea, ya que, si no ‘sales’,
simplemente no existes. Y no
es que sean estúpidos, que no
lo son, es que quien participa
del espectáculo debe doblegarse
y aceptar las normas
impuestas por los dueños del
circo, sean bebidas refrescantes,
patrones políticos y mediáticos
o banqueros. Es la ley
del capital, y punto.
Enfrente, hallamos una
‘cultura’ crítica minoritaria y
dispersa, que pugna por materializarse,
fragmentada y
fragmentaria, encadenada, a
menudo, a discursos circulares
y herméticos, más atentos
a la defensa de parcelitas de
poder residual universitario o
político, y a la rentabilización
de pequeños montantes de
capital simbólico, que a su eficacia
práctica; ajena, por tanto,
a la realidad real, y ciertamente
autista con respecto
del país y la sociedad en que
se da; o que trata, otras veces,
de reproducir a pequeña escala
los mecanismos ‘empresariales’
de productividad y
lucro capitalistas, con resultados
más bien patéticos.

D: En alguna ocasión has dicho
que la cultura actual está
“vacía”.

M.E.C: Es el término que mejor
define el panorama que
acabo de esbozar. Y junto al
“vacío abisal” –como lo definió
Eduardo Mendoza–, la
absoluta irrelevancia e inconsecuencia
de los actos y de las
palabras: ésta es la condición
de los actos humanos en el
capitalismo avanzado; y ésa
es la condición de los actos
culturales integrados en el
‘espectáculo’ mercadotécnico.
Por eso, todo equivale a
todo, lo nimio y lo trascendente,
en las tertulias mediáticas,
en los suplementos culturales
o en las políticas institucionales;
y, por eso mismo,
algunos abogamos (y, desde
[el libro] La (re)conquista de
la realidad, lo intentamos),
por una literatura, un teatro,
un arte, con consecuencias,
que entre en contradicción
con la realidad, y que de hecho
nos obligue a entrar en
contradicción con ella.

D: En tu poemario Grito y
realidad especificas, sin embargo,
que “la poesía es un arma
descargada y en desuso”.

M.E.C: Y no lo es en verdad.
La poesía (como la novela, el
cine o el teatro) por sí misma
no basta, no es un arma, como
pretendió y soñó Celaya,
en tiempos de sueños y de
pretensiones irresistibles y
acuciantes… No es un arma,
pero sí puede ser el inicio del
camino para la toma de un arma,
cualquiera que ésta sea,
que cambie de modo efectivo
la realidad; o la canción que
acompañe su uso… La poesía
no cambia la historia, pero sí
la acompaña. Y eso es lo que
trato de hacer con la mía,
acompañar –literalmente– a
mis ‘compañeros de trabajo’
(aquéllos que han renunciado
a infligir sufrimiento a los
demás) y arrastrar con ellos
“sus silencios y su propio sufrimiento”,
como quería el
protagonista de la monumental
y bellísima novela La estética
de la resistencia, de Peter
Weiss.

D: ¿Cómo funciona el circuito
de creación cultural; grandes
agrupaciones de empresas de
distribución e información
cultural, grandes empresas
de comercialización de ese
producto, y su recepción final
por el público, en última
instancia capacitado para rechazar
o aceptar una propuesta
artística?

M.E.C: En el planteamiento
mismo de la pregunta hay, tú
lo sabes, una contradicción
insalvable; los grandes nunca
dan una oportunidad real
a los pequeños. En un sistema
que se basa exclusivamente
en el lucro y el beneficio,
esto no sólo es así, es la
norma suprema de funcionamiento:
el lector, el espectador,
el público, en general,
jamás tendrá la menor oportunidad
de decisión sobre los
productos que recibe; pues
ni siquiera somos dueños de
nuestros deseos; inducidos,
los más, por la industria (esto
es, los vendedores) y la
‘costumbre’ (las inercias y
hábitos de las que se valen
para vencer nuestras resistencias).
La libre decisión es
una ardua conquista personal,
que no es fácil adquirir y
desarrollar… ¿Quién se atreve
a leer lo que los demás no
leen, a ver lo que los demás
no ven, a oír lo que los demás
no oyen, a hacer lo que los
demás no hacen?
En la industria cultural,
cada uno tiene su papel: las
empresas, producir y vender;
los periódicos, las emisoras
de radio y televisión,
las tertulias y las revistas culturales,
promocionar y publicitar;
las universidades,
las academias, los circuitos
culturales veraniegos –subvencionados
normalmente
por los banqueros–, bendecir
y aleccionar; el público,
simplemente, comprar.

D: Entonces, ¿es posible una
cultura crítica con el mercado,
si todo el mecanismo se
supedita al propio mercado?
O, dicho de otro modo, ¿se
puede escapar del mercado?

M.E.C: Sí, y no… Sí hay experiencias
o actos culturales
que se escapan o intentan
escaparse de las leyes del
mercado; sin ir más lejos,
Tierradenadie Ediciones, en
la que estoy embarcado, es
una experiencia editorial
que programáticamente renuncia
al lucro y a la acumulación.
La venta de nuestros
libros sólo genera más
libros, pero fíjate bien que
he dicho “la venta de nuestros
libros”, cuando en nuestra
contracubierta consideramos
que nuestros libros
no son una mercancía, aunque
de hecho, de alguna
manera, lo son, y asumimos
esa contradicción…
Existe otra posibilidad;
trabajar al margen absolutamente
del mercado, e Internet,
como la acción directa,
las intervenciones y las ocupaciones
de espacios, nos
dan sendas oportunidades…
De hecho, algunas experiencias
culturales críticas activan
ambas posibilidades…
Pero hay aún otra posibilidad,
inmersos en las leyes
del mercado promover ideas
o experiencias contra el propio
mercado…
No deberíamos renunciar
a ninguna de las posibilidades
de acción y proyección
crítica de nuestras ideas, tanto
si se nos dan, como si las
construimos o las conquistamos…
Debemos aprovechar
la extrema confianza del
capital en su propia omnipotencia,
para cuando las
circunstancias históricas
cambien, las contradicciones
se agudicen, y traten de eliminarnos,
acallarnos y exterminarnos.
Que entonces
nos encuentren diseminados,
incrustados y “capilarizados”,
“metastasiados” como
un cáncer incurable; no
debemos encapsularnos,
facilitarles el trabajo, autoexcluyéndonos,
localizándonos…
Somos francotiradores,
no debemos despreciar
ninguna posición de tiro.

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