De abandonos, evasiones y héroes

"Un héroe es aquel que es capaz de romper con todo y cambiar el destino".

12/12/12 · 7:39
Fotograma de 'El beso de la mujer araña'

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a) ESA SOCIEDAD QUE ABANDONA. Manuel Puig, en su acercamiento, digamos, psicoanalítico a sus personajes, los retrata de una forma muy peculiar. Pensamos en el discurso fragmentado, tan similar al relato de los sueños, al lenguaje del inconsciente, de La traición de Rita Hayworth, donde no hay posibilidad alguna de hilo conductor, de narración ordenada. Pensamos, también, en el desbordamiento del mundo interior que se adueña de la trama de El beso de la mujer araña, donde los personajes se entregan a la ensoñación y a las convicciones con una pasión que ni quieren ni pueden evitar.

Esta forma de narrar y de mostrar a los personajes no es más que una forma de demostrarnos que todo en su literatura tiene un punto en común: la exclusión de los personajes de una supuesta e impuesta normalidad. La exclusión que surge cuando la sociedad impone un límite que alguien está dispuesto a franquear porque sabe que hay vida más allá de lo aceptado. Sus personajes van y vienen de lo correcto a lo incorrecto, jugando siempre a saltar el límite para volver a entrar y engañar a los que quedaron dentro. Por ejemplo, Molina, protagonista de El beso de la mujer araña, es ambivalente en sus “pecados”: es homosexual pero no ha matado a nadie, lo cual es más que suficiente para convertirse en una duda social y existencial.

Sin embargo, cuando surge la exclusión, florece, con ella, la indefensión, la sensación de abandono del que no puede enmarcarse dentro de ninguna estructura. Ni sociedad, ni familia, ni amor... en ningún sitio es bienvenido aquel que ha decidido vivir en el afuera. El humillado, abandonado, desprotegido, se encuentra entonces con dos caminos: puede mendigar, pedir auxilio, suplicar clemencia a esas estructuras que lo expulsaron o puede, en dirección opuesta, decidir apostar por ver la vida del otro lado de la línea fronteriza, por vivir pese al abandono, la desnudez, el frío, la soledad insaciable.

b) LA SUPERVIVENCIA, LA EVASIÓN. Hablábamos del relato fraccionado de La traición de Rita Hayworth como evidencia de la inscripción fuera del límite de lo social. De algún modo, este tipo de narración también se confirma a sí misma como la manifestación de su propia imposibilidad de inscribirse dentro del texto/novela convencional. Este mundo irreal y onírico, con una atmósfera enrarecida y construida a base de golpes de fotogramas, esos ecos cinematográficos, con una imagen fragmentada eternamente en escenas, son una apuesta por la no realidad. Son, yendo más lejos, la evidencia de la necesidad de una ruptura con la realidad. Literatura llevada al límite para dejar de estar en el mundo, físico y literario. Si todo está roto, Puig rompe con todo. Y es así como sus personajes pueden vivir.

Desde El beso de la mujer araña, el recurso al cine como universo paralelo en el que se refugian los protagonistas es algo evidente. Molina pasa las horas narrando escenas de películas a su compañero de celda. Sin embargo, hay algo en él que lo hace volar más lejos, y es el hecho de refugiarse en un amor que sabe imposible. Con el relato de las películas, hace posible la vida dentro de la celda (es decir, la vida fuera del mundo estando en el mundo). Con la entrega total a sus deseos, hace posible la vida dentro de la ilusión amorosa (es decir, la vida fuera de la celda estando en la celda). En Molina hay un movimiento de fuga constante. Si consigue seguir siendo quien es, es porque es capaz de crear un mundo propio donde todo es posible.

c) LA HEROICIDAD QUE SOBREVIENE. Hay un movimiento heroico en todos los personajes de Puig, y es el hecho de que saben saltarse su propio destino. Es más, lo hacen burlándose de la sociedad, con los recursos que ella ponía a su alcance para adormecerlos y someterlos. El recurso repetitivo a los medios de comunicación de masas se convierte en la creación de un inventario de cultura popular donde la alienación no se realiza porque los personajes de Puig son capaces de utilizar esos mecanismos para lo contrario a lo que están destinados: son las puertas de entrada a un mundo al margen, un universo paralelo, un lugar donde el destino y la obligación de ser o no ser se evaporan.

Los personajes de La traición de Rita Hayworth están condenados a una existencia gris y mediocre. Sin embargo, nutren su realidad gracias a la fuerza de un yo demasiado potente como para ser sometido y silenciado, para ser anulado. El vigor y el valor de los personajes estriba en el hecho de que sean capaces de mantener esa fuerza individual que resiste los envites de una sociedad pintada con hollín aguado, repugnante, triste, insoportablemente apagada. Son unos personajes capaces de sobrevivir al yugo de la tristeza del día a día, los que demuestran que la verdadera ficción no es el relato roto que tiene entre sus manos el lector, ni mucho menos las historias de la radio que les sirven como refugio y demás ficciones para las masas. No, la verdadera ficción, tal y como nos la pinta Puig, es estar dentro de la sociedad. Por eso mismo, ¿acaso no podremos decir que Choli y Paquita son unas heroínas de lo cotidiano?

Volvamos a Molina. ¿Cuál es el movimiento heroico que hay en él? Sencillo: ni acepta la sociedad que lo oprime y mutila ni acepta la realidad plana de una vida sin afecto. Gran narrador de historias, pese a todo lo que sabe que lo persigue como un sino maldito, es capaz de sentarse a escribir con la mente su propia historia, sin desgastarse, y llevarla hasta las últimas consecuencias, apostando por dejar de ser “el homosexual”, “el preso” e incluso “el enamorado” para ser, sin rubores ni lamentos, “el que ama”. El grand finale dicta que la sociedad que asesina no se erige victoriosa pese a sus matanzas, sino que el héroe permanece siempre vivo en ese mundo al margen que Manuel Puig dibujó a través de sus personajes y donde ha conseguido meter al lector. Un mundo donde el destino es sencillamente algo que siempre se puede enfrentar para saltar por encima de él.

MANUEL PUIG POR SÍ MISMO

A partir de la edición de sus primeras novelas, gracias a la mediación de Juan Goytisolo, Puig se convirtió en representante del segundo “boom” latinoamericano, lo que le acercó al programa de entrevistas de Soler Serrano. De Youtube sacamos algunos de las constantes que siguen.

DESARRAIGO Y REALIDADES: La argentinidad

“Rechacé la realidad que me tocó vivir”, dice Manuel Puig en la entrevista con el pomposo (eran otros tiempos) Soler Serrano. Se refiere a su pueblo, General Villegas (provincia de Buenos Aires) que se define por su “ausencia total de paisaje”. Puig no halla en Buenos Aires una entrada a lo que él considera “la realidad” que ve en las películas, sino de nuevo un espectáculo de agresividad y prepotencia. Puig mantuvo una relación conflictiva con Argentina, explicitada en diversas salidas y un exilio hasta el fin de sus días en Río de Janeiro y México. No obstante, el autor bonaerense reconoce que, una vez encontrada su vocación, el lugar desde el que se escribe era secundario.

DENUNCIA DEL MACHISMO: La autoridad

Puig empuja el humo de tabaco, sonríe risueño y utiliza algunas palabras a las que vuelve como a un territorio propio: comodidad, fortaleza, debilidad. En las entrevistas que realizó aparece una constante de su vida, elaborada pacientemente (es la época dorada del psicoanálisis) y volcada después en su obra; esa constante es el conflicto con la autoridad, el rechazo a la agresividad y la prepotencia, que Puig identifica tempranamente con el machismo y el patriarcado. “La escuela [de esas relaciones cortadas por el patrón machista] era la pareja”, dice Puig. Ese rechazo a las relaciones de poder, su conflicto con la autoridad, marca también la elección de su carrera: “No me gusta el trabajo de dirección [de cine], me parece demasiado autoritario”, dice en los ‘80.

QUE PASEN DE MÍ ESTOS ROLES: La identidad

Los roles de los personajes de Puig son intencionadamente marcados y a menudo sirven para mostrar la construcción de la brutalidad a través del sexo. El beso de la mujer araña pone en juego ese establecimiento de roles. El propio Puig explica que la elección de un comunista como contrapunto de Molina en esa novela surge por la necesidad de presentar a un personaje dialéctico, abierto a la discusión, y al cuestionamiento de los roles (añadimos nosotros). Puig extendió esta crítica de los roles a la comunidad gay: “Yo admiro mucho a los movimientos de liberación gay pero creo en la integración y pienso que hay que hacer una propuesta más radical: negar el sexo como signo de identidad”, dijo en la entrevista que Giovanna Pajetta le hizo en 1986.

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