Reseña
Difícil imaginar algo nuevo

Quizás leer sobre cómo se ha construido el pasado sea la única vía para imaginar radicalmente –imaginarnos radicalmente otros–: siguiendo las huellas, remontarnos hasta el origen.

24/01/17 · 12:19

Nuestro tiempo no es muy diferente de otros. Hay modelos que decaen y otros que resurgen en un eterno retorno de tintes hegeliano-marxistas. No hay nada absolutamente nuevo. Lo más original bebe de los orígenes, lo más radical de las raíces.

Quienes agonizan y sienten la decadencia de sus modelos, generalmente se revelan con furibunda ira tanto por el miedo a dejar de ser como por el miedo a aquello que creen que van a encontrarse. Si se detuviesen a pensar un poco, verían con claridad que lo que proyectan como novedad no es tan diferente de lo que ya conocen.

Cuando nos detenemos a diseccionar tales proyecciones observamos un efecto curioso. Todas ellas contienen, aunque sobredimensionadamente, lo peor de nosotros mismos atribuido siempre al otro, a quien parece que viene para desplazar radicalmente lo que conocemos y somos. Son los bárbaros.

Cuando a principios del siglo XX el movimiento feminista tomó fuerza, los hombres entraron en pánico. El mundo que conocían estaba siendo puesto en cuestión. El miedo les hacía imaginar una suerte de esquema social donde las mujeres, investidas de un poder absoluto, los tratarían como esclavos para desempeñar todas las labores serviles inimaginables y acabar reducidos a meros objetos sexuales. Aquellos hombres no hacían sino extrapolar –¿sobredimensionadamente?– el modelo que ellos mismos practicaban en la dirección inversa.

Entre quienes no proyectaban un modelo de "mujer nueva" abusadora de su independencia y libertad, se daba también el paradójico caso de imaginar lo mismo en lo contrario, esto es, una mujer en apariencia distinta (independiente económica y emocionalmente, igual en capacidades físicas y profesionales que su homólogo varón) pero en el fondo igual a la de siempre (más preocupada por realizarse como esposa y madre).

Es el caso de Victor Margueritte en su novela costumbrista La Garçonne recientemente editada por Gallonero. La Garçonne vio la luz en 1922. En su día fue un bestseller traducido a varios idiomas que acabó por agitar las plumas críticas más reaccionarias, hacer tomar medidas a la censura y llevar al ostracismo a su autor a quien le fue retirada la Legión de Honor.

El libro de Margueritte tiene el valor de haber fijado uno de los modelos femeninos que se abría paso en la época de entreguerras y que ponía en práctica un modo de ser mujer cercano en estética, maneras y valores, a los masculinos de entonces. Con el objetivo de describir a esta "mujer nueva" Margueritte inventa el personaje de Monique, una joven parisina de clase adinerada que decide vivir su vida antes que someterse al dictado paterno-social.

Pero la historia de Monique no es la de de una mujer que lucha por conseguir una posición económica por la que ganarse el reconocimiento del grupo de hombres y mujeres de su misma clase social –su tía muere oportunamente dejándole una herencia considerable– sino la historia de una mujer que busca cómo llenar el vacío que siente aún habiendo alcanzado éxito profesional, independencia económica y, por consiguiente, libertad de acción.

Como si se tratase de una novela de formación, Margueritte hace pasar a su protagonista por sucesivas situaciones (fumaderos de opio, relaciones tóxicas, bisexualidad, depresión) y discusiones en torno a cuestiones entonces candentes (el sufragio femenino, la maternidad, el divorcio) en las que se apoya, además, para dibujar el paisaje social del París de entonces.

Pero, aunque todo parece indicar que defiende una "mujer nueva", su Monique no es capaz de ser feliz en su nuevo papel y su búsqueda concluye cuando se enamora de un hombre comprensivo que le ha salvado literalmente la vida y a quien dispensa, cuando este yace convaleciente en la cama, los mayores cuidados y atenciones.

Como se ve, el imaginario de Margueritte no se aleja tanto de los valores y formas de ser atribuidos tradicionalmente a la mujer. Sin embargo, la sociedad de la época cerraba los ojos a los parecidos y prefería escandalizarse frente a los cambios pues eran preludio de otros de mayor calado. No podían arriesgar que cundiese el ejemplo y menos aún entre el grupo de los explotados. ¿Qué hacer? ¿Cómo reorientar el "nuevo" imaginario? ¿Cómo proceder para que todo parezca nuevo pero que siga siendo lo mismo?

Coincidiendo con el fin de la guerra y el traslado del epicentro económico-cultural de Europa a EE UU se impone un nuevo modelo, el de la pin-up, un tipo de mujer sexy y sumisa a medio camino entre la prostituta y la esposa fiel. De la garçonne a la pin-up, de Mercedes Expósito García (recientemente editado por Cátedra) es el análisis de ese viaje del imaginario femenino, el relato del nacimiento y evolución de dos modelos opuestos, uno de ellos surgido por reacción al anterior.

Leerlo no sólo nos permite asomarnos a un proceso histórico donde las luchas feministas tuvieron una importancia incuestionable a pesar de la poca atención que aún hoy se le sigue prestando en los análisis históricos sino reconocer de dónde bebe nuestro imaginario presente y por lo mismo, interrogarnos sobre su pertinencia y alcance.

Quizás leer sobre cómo se ha construido el pasado sea la única vía para imaginar radicalmente –imaginarnos radicalmente otros–: siguiendo las huellas, remontarnos hasta el origen.

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