Reseña
Serendipias trágicas

La novela 'Las cuentas pendientes', de Gastón Segura, anticipó varias cuestiones que han terminado sucediendo: quiebra de cajas de ahorro y turbios asuntos familiares en los que no falta alguna muerte por resolver.

10/01/17 · 13:59

No hace falta recurrir a la Wikipedia para saber de palabros como serendipia. Por estas fechas de consumismo desorbitado, el anuncio de una de las principales marcas de automóviles te dará la mejor explicación.

En la literatura existen también las serendipias, lo diremos ya: la anticipación del relato literario a un hecho real. La más célebre es la recogida en Las aventuras de Arthur Gordon Pym, donde Edgar Allan Poe hasta vaticinó entre los detalles de la catástrofe, el nombre de la víctima, el joven grumete Richard Parker.

Morgan Robertson describe otro naufragio de un barco llamado Titan, 14 años antes del hundimiento del más célebre, el del Titanic. Titan y Titanic chocaron contra un iceberg en un mar tan tranquilo como un espejo, cercano a la isla de Terranova, junto a otras tantas coincidencias.

El crimen en Alicante, de la viuda del antiguo presidente de la CAM, dentro de un Porsche, volvía terriblemente a repetir este fenómeno literario –habrá que creer en la inmanencia profética del arte– pues algo parecido sucede en Las cuentas pendientes, de Gastón Segura (Editorial Drácena, 2015).

Por medio, un mismo Porsche Cayenne, una Caja de ahorros de Alicante –Segura es medio alicantino– y negocios muy turbios con familias enteras alrededor de ellos. Veamos.

La fortuna familiar se basa en un patriarca ya ausente en ambos casos: el padre de la chica. En la ficción, Raquel Planas, la heredera, casada con el luego presidente de la entidad financiera, Roque Durán, que para ello dejó oportunamente plantada a su novia Cloti, amiga de Raquel.

El relato (se sirve de la analepsis, del racconto, más bien) arranca con su muerte, contemporánea a la desaparición de su hermano Jero. Pero éste puso antes a buen recaudo la gruesa documentación que prueba el vaciamiento de la Caja. (La CAM fue comprada por un euro y con la ayuda de unos 5.000 millones para tapar su agujero). Toda la contabilidad, la A y la B, "con los cobros a unos y los pagos a otros, en Panamá, en Andorra, en Ginebra...".

Cuando en 2009 Moncho Alpuente le encargó, entre cerveza y cerveza, esta novela negra en la plaza de Carlos Cambronero de Malasaña (ocho días antes de que Moncho nos abandonara, en el mismo garito compartí con él unas cañas), a este levantino le dio por adelantar la mala nueva: la quiebra de las cajas y la fiebre del Gobernador del Banco de España por buscar a los primos Zumosol de ellas.

Gastón Segura no es amante del género, sin embargo, es autor de una perla inédita sobre otro asesinato: la del hermano del periodista de la BBC en el exilio, Martínez Nadal. Por fortuna, pronto saldrá a la luz, después de esperar aún más años que Las cuentas pendientes.

Parece el sino de este sorprendente y, por momentos, enorme escritor, al que es difícil encasillar, o a esta obra, desde luego, por los transidos márgenes de la senda detectivesca.

Nada más atípico que el protagonista, burla de un Sam Spade o Philip Marlowe al uso, que asiste a la investigación como invitado accidental. Personaje, fuente de la historia, a través de sus diálogos (o monólogos) y los del narrador desdoblado en segunda persona, donde el tono intimista se impone a los externos, a veces pirotecnia de jergas, quiebras berlanguianas de seducción chusca (la madura coleccionista de monedas).

¡Ay, ese billete de 500 de Zuloaga, el Macguffin hitchcockiano, hasta dónde lleva! Parecido también a la maleta, luego estatua de la libertad, etc., en Frenético de Polanski. Película que junto a El tercer hombre, de Carol Reed, o El hombre que sabía demasiado, del maestro del suspense (Hitchcock) parecen inspirar la trama y el modelo narrativo, al lado de ese otro plano coloquial, donde el empleo de esa segunda persona, nos dice que las cuentas pendientes las seguirá pagando el protagonista en su huida a ninguna parte, porque su naturaleza es íntima y están unidas a su fracaso.

La instrucción del asesinato de María Carmen Martínez, la viuda del preboste de las finanzas provinciales, nos permitirá verificar aquella máxima de Julio Verne, el mayor cazador de serendipias (De la Tierra a la Luna y Alrededor de la Luna, Veinte mil leguas de viaje submarino o Los quinientos millones de Begún están llenas de ellas): "Todo lo que un hombre puede imaginar, otros podrán hacerlo realidad".

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