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Relato inmersivo de una catástrofe anunciada

‘Marea negra’ es un intenso pero limitado espectáculo de acción y supervivencia. Se basa en el accidente que causó el mayor vertido accidental de crudo en la historia del planeta.

07/12/16 · 11:11
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Fotograma de 'Marea negra'.

El 20 de abril de 2010, la plataforma de perforación de pozos petrolíferos Deepwater Horizon comenzó a sufrir explosiones que acabarían con su hundimiento, la muerte de once personas y el vertido de una cantidad masiva de crudo en el Golfo de México.

Seis años después de los hechos, el actor y director Peter Berg (El último superviviente) ofrece una mirada cinematográfica al accidente: Marea negra, una superproducción apegada a las convenciones del cine espectáculo y las narrativas del heroismo individual.

En la película, Mark Whalberg interpreta a Mike Williams, jefe de técnicos de electrónica en la plataforma. Este trabajador sirve de enlace con la audiencia, de proveedor de la información mínima para entender el caos que se desata y sus motivos.

Ya desde el principio, Williams y su superior dejan claro que las prisas y la codicia corporativa están provocando riesgos de seguridad en la explotación. La catástrofe, por tanto, estaba anunciada. Y el relato se centra en los esfuerzos de los trabajadores para contener los estragos y sobrevivir.

Alcance crítico limitado

Berg se ha ido convirtiendo en una especie de portavoz de una parte de Estados Unidos. Quedan lejos los tiempos de su debut, Very Bad Things, una comedia negra influida por la mezcla de verborrea provocadora, gore y humor negro del tarantinismo primerizo.

Poco a poco, el realizador se ha acercado a una América patriótica y conservadora que, en esta ocasión, se cabrea con el establishment. Eso sí, se simplifican los acontecimientos para dirigir la ira popular hacia un objetivo muy específico: un arrogante ejecutivo de la petrolera BP interpretado por John Malkovich.

Rehuir la crítica sistémica es sólo una de las limitaciones que se impone el director

Rehuir la crítica sistémica es sólo una de las autolimitaciones que se imponen los responsables del filme. También se impone un humanismo algo miope. Los problemas asociados al mayor vertido accidental de crudo en la historia apenas adquieren relevancia.

A pesar de las imágenes de vulnerabilidad ante la fuerza de la naturaleza, Berg y compañía no parecen cuestionar la necesidad de perforar suelo marino a una profundidad insólita en aras del extractivismo de contaminantes combustibles fósiles. Sólo piden un cálculo de riesgos más prudente y menos avaricioso.

Se trata, como resume el protagonista, de pescar con la preparación adecuada. Una catástrofe colectiva se transforma en la lucha por la supervivencia de un reducido grupo de personas.

Se opta por el cine de acción y reacción, por ese survivalism que sirve tanto para un roto espacial (Gravity) como para un descosido terrorifico (No respires).

La dificultad para dotar de personalidad a los personajes es un peaje que pagar por este frenesí de intensidad narrativa. La representación de ese infierno de fuego, ruido y amenaza constante es apabullante e inmersiva. Y también cercana a los hechos reales, aunque la potenciación del heroísmo del protagonista pueda resquebrajar la verosimilitud.

Por el camino, se azuza un recelo superficial hacia las grandes empresas. No hace falta plantearse grandes cuestiones sobre una desregulación que favorece los abusos del sector privado, ni asumir algunas advertencias del ecologismo.

La audiencia puede centrarse en homenajear a los caídos por el ánimo de lucro desatado mientras se ofende a una de las mayores corporaciones del mundo. Algo es algo. 

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