Crítica teatral
Reikiavik, la historia en un tablero

Estados Unidos y la URSS no hablaban de ajedrez. El tablero de ajedrez de las superpotencias era el mundo. Fischer y Spaski, dos peones solamente.

24/10/16 · 11:06
'Reikiavik', en el Teatro Valle-Inclán de Madrid. / Sergio Parra

En ocasiones, contar algún acontecimiento histórico puede ser sencillo. Sencillo y complejo, porque lo uno no quita lo otro. Y ejemplificar la historia, hacerla accesible, contar algo a partir de un objeto, puede ser una buena forma de hacerla entender. Eso es lo que intenta y consigue Juan Mayorga en su obra Reikiavik, que estos días se representa en una reposición en la sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán del Centro Dramático Nacional.

La estructura de la obra es simple. Dos personajes (Bailén y Waterloo) y un muchacho (no tiene nombre). Bailén y Waterloo representan al muchacho la partida de Reikiavik, cuando en 1972 los ajedrecistas Bobby Fischer y Boris Spaski se jugaron el campeonato mundial de ajedrez. A partir de ahí, la lectura que podemos sacar de la obra es infinita. Un gran mérito de Juan Mayorga. Y como las lecturas son infinitas, remarco las que me han llamado la atención.

En primer lugar, Mayorga ha recurrido a una partida de ajedrez para plasmar la Guerra Fría. Ese conflicto entre Estados Unidos y la URSS que se extendió desde el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945 hasta la caída de la Unión Soviética en 1991. Y recurrir a un tablero de ajedrez no es baladí. El tablero de ajedrez es simétrico, como simétrico era el conflicto. La URSS dominó el panorama ajedrecístico durante 24 años. Spaski fue uno de sus representantes. EEUU se alzó con el título en ese campeonato en la persona de Bobby Fischer.

Pero si para Fischer (Waterloo) y Spaski (Bailén) el ajedrez lo era todo, para las dos superpotencias tan sólo era un escenario donde poder plasmar su rivalidad. EEUU y la URSS no hablaban de ajedrez. El tablero de ajedrez de las superpotencias era el mundo. Fischer y Spaski, dos peones solamente.

Y la fecha no era lo de menos: 1972. Aún se dirimen combates de la Guerra de Vietnam, conflicto donde EE UU y la URSS tuvieron una implicación. Es un año antes de que Salvador Allende fuese derrocado por un golpe de Estado que acabó con su vida y con las esperanzas del pueblo chileno de establecer un modelo social distinto. Y viene a colación porque en la obra, los actores interpretan a varios personajes. Y uno de ellos es Henry Kissinger, uno de los impulsores de la política de contención contra su enemigo soviético y uno de los intervinientes a favor del golpe de Pinochet en el Chile de 1973. Tiene reflejo en la obra.

También podemos ver la obra en clave del olvido. El olvido que cubre a algunos personajes cuando dejan de ser importantes para nuestros intereses. Les pasó a Fischer y Spaski en sus respectivos países. De héroes a villanos. Pero también es el reflejo de Waterloo y Bailén. Personajes anónimos, que como dice el director de la obra, "quieren vivir la vida de otros".

Una obra que puedes sacar la lectura de que incluso cuando ganas, puedes perder. Fischer y Spaski eran unos fuera de serie. Unos auténticos genios en su materia. Ambos habían ganado en algún momento. Pero posteriormente perdieron. Perdieron su batalla individual. Se dieron cuenta de que eran unos peones en un tablero demasiado complejo. Incluso la complejidad del ajedrez era demasiado simple en un contexto donde lo que menos importaba es como moviesen ellos las piezas en su tablero. La partida era otra. Y por ello, también, los nombres de los protagonistas no son casuales. Bailén y Waterloo. Derrotas determinantes de alguien que había nacido para ganar: Napoleón Bonaparte.

Pero también la obra refleja la vida y la esperanza. Fischer y Spaski tenían esperanza en el ajedrez. Su vida era el ajedrez. Bailén y Waterloo tienen la esperanza de representar esa vida para que otros la conozcan. Y no es trabajo menor, porque en muchas ocasiones nosotros y nosotras imitamos otras vidas. Pero también la obra tiene una clave en la muerte. Porque de aquella partida de ajedrez de 1972 que duró semanas (del 11 de julio al 31 de agosto y que gano Fischer por 12 ½ a 8 ½) sólo vive hoy Spaski.

La propia vida de los protagonistas reales de la obra daría para un artículo. Fischer falleció y fue enterrado en Reikiavik. El tormento fue el leitmotiv de la vida de Fischer. Infancia difícil. Él era judío pero rechazaba sus propios orígenes.

La partida que jugó contra Spaski fue la última que hizo oficialmente. Tuvo problemas con EE UU cuando fue a jugar a Yugoslavia otra partida con Spaski en 1992. EE UU había bloqueado las relaciones con Yugoslavia y le fue retirado el pasaporte. Acabó sus días en Islandia, concediéndole la nacionalidad islandesa. Murió el 17 de enero de 2008.

Spaski tuvo distinta trayectoria pero también muy trágica. Fue uno de los mejores ajedrecistas del momento. Ganó el campeonato mundial. Pero su derrota con Fischer le hizo bajar el nivel y ya no fue lo mismo de cara a las autoridades soviéticas. Tanto fue así que en 1984 cayó en desgracia y tuvo que salir de la URSS, nacionalizándose francés. Aun así, él siguió en la élite del ajedrez y llegó a jugar con el que sería un futuro campeón como Anatoli Karpov. Actualmente sigue viviendo en San Petersburgo.

Quizá en la obra de Mayorga los aspectos biográficos son los que menos interesen. Lo que importa es lo psicológico. Porque entre los dos grandes personajes, entre Fischer y Spaski, entre Bailén y Waterloo, está el muchacho. Y ese muchacho somos nosotros, los espectadores. Los ciudadanos. Además, el muchacho se mimetiza con uno de los personajes, que está desahuciado vitalmente, con la clara intención de sustituirle en esa plasmación de otras vidas. Sin quererlo, el muchacho puede ser el personaje más importante de la obra.

En definitiva, estamos ante una obra de teatro de calado. Muy recomendable. Lo poliédrico de sus lecturas hace de la obra algo magistral. A eso ayudan tanto la enorme dirección de Juan Mayorga, que se nota que se documenta para las obras, como el trabajo de los actores Daniel Albadalejo, Elena Rayos y César Sarachu.

Si pueden, no pierdan la oportunidad de ver Reikiavik, una partida de ajedrez con historia donde todos podremos vernos reflejados.

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