Hasta siempre, gran juglar

El sábado 15 de octubre miles de personas fueron a la plaza de la catedral de Milán para despedir, con una ceremonia laica, al dramaturgo Dario Fo, maestro de la sátira y del teatro subversivo.

22/10/16 · 7:40

Milán, una jornada lluviosa. En la capilla ardiente, instalada en el Teatro Strehler, hay una foto de Dario Fo que retrata al artista sonriente, que con una mano levanta el pincel y con la otra invita al fotógrafo. Al lado sus pinceles y un trapo sucio de color, muchas flores, plantas, mensajes, una máscara de la Commedia dell’Arte y otros objetos que los milaneses han traído para homenajearle. Hay hasta una plantita de chile italiano. A Dario seguramente le gustaría.

Una canción, Bella Ciao, suena en la salida del féretro hacia la plaza del Duomo. Un gran aplauso y miles de personas bajo la lluvia coreando su nombre. Luego otra canción, Stringimi forte i polsi, la bossanova que Fo escribió para su mujer Franca Rame, fallecida en 2013. Es una ceremonia emotiva, el féretro en el sagrado corazón de la catedral, que por primera vez se ha prestado a una ceremonia fúnebre laica, y las palabras del hijo Jacopo y del amigo Carlo Petrini. “Somos comunistas y ateos, pero mi padre no ha dejado nunca de hablar con mi madre, porque no se puede creer que una persona muera realmente del todo”, dice Jacopo. “Estoy seguro de que ahora están juntos y se están riendo mucho”.

Jacopo Fo también recordó a quienes atacaron a sus padres durante muchos años, como la censura que sufrieron por parte de la televisión pública, y cómo Franca y Dario “nunca doblaron la cabeza”.

En estos días muchos han subrayado la diferencia entre el artista, el genio y su posicionamiento político. Esta separación, declara Petrini, “es imposible e injusta”. “Tenemos que reafirmar con fuerza –comenta– la simbiosis entre su arte y su compromiso político. Pensar en Dario sin política es como pensar en un vino sin uva”.

De hecho toda su amplia producción artístico-literaria es de alguna manera política. Lo son las obras más decla­radamente políticas, como Muerte accidental de un anarquista, inspirada en el caso de Giuseppe Pinelli, o Aquí no paga nadie, que incita a la desobediencia civil. Es político en Fo hasta el lenguaje teatral que inventa, desde la mezcla de latín vulgar, dialectos regionales y palabras inventadas, que da vida a una lengua popular en contraposición con la lengua culta, hasta el uso de la antigua técnica del Grammelot, que recurriendo a sonidos, fonemas sin sentido y onomatopeyas, desestructura el lenguaje oficial hacia lo más básico de la comunicación, dando cuerpo a un lenguaje humano universal.

Son obviamente políticas sus obras de contenido histórico, como Isabel, tres carabelas y un charlatán y su novela Lucrecia Borgia, la hija del Papa, ejemplos de un espíritu libertario que no está dispuesto a creerse la historia tal como la cuentan los vencedores. En su lectura de la historia, que incluso corrige, recupera algunos personajes olvidados e incómodos, como en su segunda novela, Hay un rey loco en Dinamarca, la historia de un rey del siglo XVIII que aprovechó su locura para ser el primero en abolir la pena de muerte y dar a los campesinos la posibilidad de compartir la propiedad de la tierra.

Este compromiso político-social fue reconocido hasta por la Academia Sueca, que al otorgarle el Nobel de Literatura, en 1997, dijo que Dario Fo merecía “el epíteto de bufón en el verdadero sentido de la palabra”, al emular a los bufones del Medievo cuando critica a la autoridad y sostiene en alto la dignidad de los oprimidos.

Es política también su mirada crítica hacia la religión, de la que ridiculiza la estructura eclesiástica y de poder, recuperando, en cambio, aquel sentido de lo religioso como comunidad del pueblo, la “eglesia del pueblo” en contraposición al moderno “dios-banco”. La historia religiosa entonces viene a ser historia y cultura popular. Fo recordaba la necesidad de “conectar el pasado con el presente, bucear en la historia y salir a la superficie”.

Separar a Dario Fo del activismo político es entonces absurdo, ya que toda su obra y acción teatral está enmarcada en la crítica política, desde 1968 cuando, con Franca Rame, fundó la compañía teatral autogestionada Nuova Scena, para realizar un teatro auténticamente popular, crítico, social y político. En 1978 la ­compañía, trasformada en el Colectivo Teatral La Comune, fue objeto de un atentado por un grupo fascista.

Dario Fo fue incomodo a muchos por su empeño po­lítico y por su constante ­desafío al poder y a la hegemonía cultural. Fue procesado 40 veces por delitos de opinión y, en 1980, las autoridades migratorias de EE UU le negaron el permiso de entrada al país a causa de sus ideas políticas.

Con 90 años recién cumplidos, mantuvo hasta el último momento la pasión por el teatro, la pintura y ese activismo que lo llevó a convertirse en referente moral de una izquierda italiana que, según él, murió el día “en que se casó estúpidamente con el poder”.

Cuentan que el juglar Dario Fo, autor y actor de una extensa obra irreverente, murió cantando. En el monólogo Il tempio degli uomini liberi, Fo decía que Adán y Eva no habían cogido el fruto prohibido por necedad. “Habían entendido todo lo que les esperaba, habían ­entendido perfectamente la muerte. Eligieron, porque entendieron que la consciencia y el conocimiento valen más que la vida eterna”. 

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