El sí de cada no
¿No hay tal lugar?

Debatir es o podría ser ampliar el campo de lo posible, asumir que la propia vida seguirá en pie también cuando se reconozca que acaso el otro o la otra acertó en algo.

26/10/16 · 7:31

Las discusiones en la red, los debates en los medios de comunicación y aun en los actos públicos se parecen al agrupamiento de limaduras de hierro en torno al polo de un imán. Alguien dice su idea y seguidores o contrincantes se agrupan en polos distintos.

Los argumentos son débiles e intercambiables, quien los esgrime parece dar por sabido que cualquiera podría voltear sus palabras hasta hacerlas decir precisamente lo contrario. Y no le importa, pues no se trata de discutir sino de alinearse e ir sumando frases, eslóganes y actitudes para generar esa aglomeración, sea de público, votos o asistentes, que se va confundiendo con victoria.

Aspirar a aquella esfera pública ideal de Habermas sería, desde la óptica marxista, ingenuo. Está por construir el espacio donde ciudadanos y ciudadanas se quiten el sombrero de género, raza, clase y diriman sus diferencias con una libertad real, que no se parezca a la del parado o la parada cuando pactan sus condiciones de trabajo. Pero, si no describe, lo cierto es que el idealismo significa: es útil el sueño de poder discutir sin presión.

La red pone, sin embargo, sobre la mesa una nueva fisura. Apenas queda en ella espacio donde dejar de ser “persona de negocios que conduce sus asuntos privados”, aun si se trata sólo del negocio de la propia imagen o estatus que repercutirá sobre su sueldo de cargo público presente o futuro, su caché de poeta, músico, articulista, sobre su libro, su popularidad, su valor de cambio como prescriptor, prosumidor, etcétera. Debatir entonces se convierte en dar munición a los tuyos.

Tantas risas porque en este país no dimite nadie pero quién recuerda una réplica con un “lo he pensado mejor y...”, a no ser tras un tuit cuyo error concreto quede demostrado. Debatir es o podría ser ampliar el campo de lo posible, tranquilear un poco, asumir que la propia vida seguirá en pie también cuando se reconozca que acaso el otro o la otra acertó en algo.

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