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Sicarios protectores y damiselas del mundo global

Con su historia de redención en escenarios neocoloniales, 'Mechanic resurrection' supone una reorientación disparatada de la saga iniciada con 'The mechanic'

18/10/16 · 18:21
Fotograma de The Mechanic.

Al hilo del estreno de Transporter legacy, el crítico Diego Salgado reflexionaba sobre la influencia de la corrección política en las 'action movies' testosterónicas. Mechanic resurrection podría considerarse una señal tranquilizadora para los aficionados a estas ficciones: el cine de acción sexista sigue llegando a la gran pantalla, aunque sus exponentes más rancios tiendan a dirigirse a mercados secundarios como el videográfico.

The mechanic, 'remake' de un filme encabezado por Charles Bronson, presentaba a un protagonista de masculinidad rotunda con toques de contención 'cool'. Como dirían en Airbag, el Arthur Bishop de la secuela sigue siendo “muy profesional”. Aún así, se liman algunas aristas del personaje: deja de matar por dinero y deja de consumir sexo de pago para devenir un caballero andante enamorado. Al parecer, el amor romántico da un impulso al laxo código ético del antihéroe. En la terminología habitual del género, se trataría de una redención... algo abrupta y muy inverosímil, dadas las circunstancias del romance.

'Déjà vu' neocolonial

Mechanic resurrection cuenta una vieja historia sobre matanzas asociadas al dilema moral del matón, en la línea de El redentor o Asesinos de reemplazo. En esta ocasión, el protagonista rechaza un encargo y su cliente le amenaza: matará a la amante del antiguo sicario si éste no liquida a tres traficantes de armas. En sus intentos de eludir esos tres crímenes, Bishop acabará con la vida de decenas de personas. Los autores dotan de una estructura de videojuego clásico a esta trama: el antihéroe debe pasar las tres pantallas previas para acceder al enemigo final.

Las diferentes localizaciones en Brasil o Tailandia enfatizan este aspecto de aventura episódica y colonialista, con un magnate del crimen internacional que viaja por todo el mundo y contrata asesinatos teledirigidos. La misma producción adquiere connotaciones neocoloniales. Algunos de sus escenarios, modelados al gusto del turismo o de la casta ejecutiva de gigantes empresariales, se muestran en el escaparate de la pantalla global. Las escenas en que aparecen suponen otra manera más, como los viajes 'low cost', de tantear un mundo de diseño que apenas se vislumbra desde la cueva del precariado.

El trajín viajero potencia las arritmias de la función, y también su aroma a Bond de serie B. La deriva tiene sentido, porque el agente 007 no deja de ser un sicario estatal. Pero se asumen los elementos más pintorescos de lo bondiano, como el colorismo 'pulp' y los efectos especiales. Estos cambios friccionan con el universo de hipercapitalismo pijo y psicopático representado en The mechanic, donde algunos fogonazos de honor entre ladrones eran el único contrapeso al ánimo de lucro despiadado. El giro amable de Mechanic resurrection hunde a la saga en un relativismo aún más confuso. En este contexto, un vendedor de armas nostálgico de la URSS puede convertirse en un referente positivo. El apunte no parece más que una provocación inane dentro de un relato de tono inconcreto, al menos hasta que Tommy Lee Jones dinamita cualquier seriedad posible.

Por el camino, los responsables renuncian a posibilidades interesantes. Dado que la coprotagonista femenina tiene un pasado castrense, y el villano muestra cierto gusto por el chantaje, se la podría haber vinculado con las cloacas del imperialismo militar reciente. Pero Jessica Alba defiende un sonrojante papel de exsoldado desvalida e inocente en un mundo de caricatura y repleto de situaciones disparatadas. Lo único real es el poder del dinero (endulzado por un final de ONG)... y la división sexual de roles y trabajos.

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