ENTREVISTA | AURORA MORCILLO
Un régimen que puso a raya los cuerpos

El franquismo desarrolló una ideología de género destinada a sostener su proyecto político. El ensayo 'En cuerpo y alma. Ser mujer en tiempos de Franco', de Aurora Morcillo, analiza ese corpus teórico y las prácticas que lo cuestionaron.

18/09/16 · 8:00
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Aurora Morcillo, especialista en historia de género durante la dictadura franquista.

La historiadora y profesora de estudios de género Aurora Morcillo (Granada, 1962) ha publicado En cuerpo y alma. Ser mujer en tiempos de Franco (Siglo XXI, 2016), un estudio sobre la ideo­logía y las políticas culturales que el franquismo impuso sobre las mujeres.

¿Es exagerado decir que el Franquismo se sostuvo sobre los cuerpos de las mujeres?

Es importante que entendamos que la historia es una sucesión de control de cuerpos. No solamente de las mujeres, sino también de los hombres. Es fundamental saber cómo se construye el cuerpo simbólica, política y socialmente. Es muy importante para poder ejercer un control sobre la población. Creo que el cuerpo femenino supone un espacio de control y de justificación de muchas políticas franquistas.

El cuerpo femenino supone un espacio de control y de justificación de muchas políticas franquistas

Detrás de esa imposición está la ideología que tú calificas como "neobarroca". ¿En qué consiste?

El sustrato detrás de todas las políticas franquistas está basado en la religión católica. El franquismo va a mirar hacia atrás, hacia la reconquista, presentada como cruzada. Los rojos se van a convertir en los infieles de la época de la Contrarreforma. Es una manera de legitimarse en el poder con una cantidad de símbolos y de claves que son muy conocidas y muy familiares para la inmensa mayoría de la población. Y, además, tiene como apoyo a la iglesia católica del momento, desde el comienzo de la guerra con la Carta Pastoral de 1937.

Esta noción neobarroca es una manera del régimen de actualizar y de legitimarse en el poder a través de los discursos religiosos y las figuras sagradas como Santa Teresa de Jesús, o de los tratados del Renacimiento como el de La instrucción de la mujer cristiana de Juan Luis Vives, que va a ensalzar la virginidad tanto espiritual como física, y que se va a plasmar después en la sociedad franquista con esta división entre la mujer mala y la mujer pura, que está destinada a casarse.

Éste es el discurso oficial; luego hay una serie de resistencias, por parte de la población, en el día a día, que van a contradecir estos discursos.

Hay un cambio en mitad de ese periodo, de paso de la autarquía a la sociedad de consumo. ¿Cómo influye en la sociedad?

Es muy interesante explorar los 50, que es una década gozne entre la autarquía de los 40 y la sociedad de consumo que se va a inaugurar con los dólares americanos después de firmar el Pacto de Madrid en 1953, con la entrada en Naciones Unidas en 1955, y con el concordato del 53 con el Vaticano, que rehabilitan internacionalmente al régimen.

La americanización de Europa es a partir de entonces evidente, y esa americanización es la que va a hacer que se rehabilite la dictadura franquista. Los distintos modos de vida se van a cambiar por la emigración, con el turismo que viene a España, etc.

Esa época de transición es donde uno puede advertir lo que va a venir después, cómo la derecha se va a metarmofosear para hacerse más aceptable. Me parece que el estudio de los 50 es muy interesante en el sentido también en que son el germen de todos los movimientos sociales más interesantes de los años 60, la época poscolonial y demás.

En ese momento, los cuerpos se convierten en espacios de resistencia y de control. A través de la sexualidad o a través de la tortura. Se ejerce el control, no solamente por parte del Estado, sino que cada uno nos lo imponemos a nosotros: "Esto es pecado o no es pecado", que es lo que las mujeres tenían en la cabeza.

Hay que fijarse en lo que supone transgredir estos discursos. Cosas que son invisibles como revolución al uso de movimientos políticos, pero que son una resistencia personal de autoafirmación, como creo que las mujeres españolas ejercieron con sus hijas.

Ese cambio tiene especial impacto sobre las mujeres que ejercen la prostitución.

Realmente, el argumento que trato de hacer es que tanto la mujer 'mala' como la 'buena' necesitan la una de la otra para perpetuar la sexualidad disfuncional del régimen. Es decir, el cuerpo de la prostituta se convierte en un espacio público controlado hasta 1956. Es propiedad pública realmente, con las Casas de Tolerancia del Régimen, que están enraizadas también en la Contrarreforma.

El cuerpo de la prostituta se convierte en un espacio público controlado hasta 1956. Es propiedad pública realmente, con las Casas de Tolerancia del Régimen

Después de 1956, el Régimen tiene que abandonar este tipo de políticas al integrarse en el ambiente internacional de no tolerancia a la prostitución. Y de nuevo el cuerpo de la prostituta sigue como propiedad pública, ahora criminalizada.

En los dos periodos, la prostituta está mal vista, y en ambos va a ser, digamos, la Magdalena en ese discurso católico de un mal necesario para preservar con una "pared de carne" la virginidad y la pureza de las mujeres casaderas, de las mujeres buenas.

Cuando en los años 60 y 70 empieza a haber unos cambios de comportamientos sexuales porque hay emigración, y se conocen los medios de anticoncepción, o porque las suecas han venido a las playas y hay unos nuevos comportamientos, la prostitución también va a cambiar. Se va a convertir en lo que ahora es, un tráfico de personas y una explotación económica.

Cuando hablas de que la sociedad de consumo transforma todas esa concepciones iniciales, ¿ves que esto tiene un mayor peso sobre el conjunto de la sociedad que la acción política?

La definición de lo que es político es mucho más amplia, y al hacer historia cultural se insiste en que lo político también es lo personal, que es el eslogan de las feministas.

El motivo por el que yo hago una historia más de tipo cultural es porque me interesa averiguar qué es lo que pasa fuera del archivo, en la vida diaria, con la gente anónima que no dejó rastro escrito.

Entonces, tengo que mirar los discursos simbólicos, utilizar historias orales, el arte, la música, que nos dan una visión de las mentalidades más que de la superestructura o de las ideologías. Al fin y al cabo, la acción vecinal, por ejemplo, de los años 60 va a ser fundamental para articular después ciertos comportamientos democráticos, y eso no se puede estudiar separado de la mentalidad del día a día.

¿Consideras que ese proyecto o proyectos de mujer que se recrearon durante el franquismo han fracasado en nuestra sociedad actual? ¿Ese proyecto caducó o está vivo en la actitudes machistas de algunas autoridades, etcétera?

Sigue estando muy vivo el discurso machista. Y no es exclusivo de la derecha. No se ha estudiado el discurso misógino de todo el ámbito y arco político. Me gustaría ver a muchas más mujeres en todos los ambientes políticos. De hecho, es triste ver cómo a la derecha siempre le ha parecido mejor poner una mujer, como por ejemplo Margaret Thatcher, y nosotros en la izquierda no somos capaces de darle el espacio que se merecen las mujeres, como decían mujeres libres en los años 30, las anarquistas.

Yo creo que nos hay revolución sin feminismo, sin que se pueda hacer un cambio del patriarcado no puede haber una revolución, y el patriarcado no sólo lo construyen los hombres, sino también ciertas mujeres. Ahí está, por ejemplo, La Casa de Bernarda Alba, que lo representa muy bien.

Por lo tanto, esas mujeres que quisieron construir el régimen franquista de manera oficial, siempre tuvieron resistencia también dentro del régimen. Porque yo soy quien soy a pesar del régimen. Yo nací en el año 62 y a mí me criaron en mi casa con una mentalidad que me ayudó a ser independiente y fui a una escuela donde me impusieron esa mentalidad tradicional. Y ahora seguimos en ese mismo ámbito.

Creo que siempre, en distintos períodos históricos, hay esa tensión entre la continuidad y el cambio. El problema que ahora enfrentan las nuevas generaciones es que cosas que no se tenían en mi generación, por ejemplo, acceso a los anticonceptivos, muchas de las conquistas que se hicieron entonces, derecho al voto, ese tipo de cosas, ahora ya se dan por sentadas y es una lucha diferente la de mantener logros que se consiguieron en otra época a la de tener que pelear por algo que nunca se tuvo.

Ésa es la diferencia, pero las tensiones siguen siendo las mismas, ahora quizá con más pecado, porque se supone que la visión reaccionaria se ha votado democráticamente y se puede decir que es lo que la gente quiere.

Hay unas fuerzas reaccionarias que hay que resistir y que siempre utilizan los cuerpos de las mujeres como moneda de cambio

Yo siempre le digo a mis colegas americanas que cuando la píldora salió en los años 60 salió para todas al mismo tiempo. Nosotras le echábamos la culpa a Franco de no tener acceso a la contracepción, pero aquí en EE UU las mujeres tenían que probar que estaban casadas, no había cobertura para la violencia de género, y ellas tenían una democracia. ¿A quién le echan la culpa? Ésa es la manera que estamos operando ahora en el mundo occidental. Hay unas fuerzas reaccionarias que hay que resistir y que siempre utilizan los cuerpos de las mujeres como moneda de cambio. Es una cuestión de que las nuevas generaciones sigan en la brecha.

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