Literatura
Desertores con causa: el Batallón de San Patricio

Pino Cacucci recupera en 'Los del San Patricio' la historia de los soldados que abandonaron las filas del ejército yanki para unirse al mexicano en la guerra entre Estados Unidos y el país latino de mediados del XIX.

, Diagonal
09/09/16 · 8:00
'Los sanpatricios', de Stefano Delli Veneri, imagen de la portada del libro de Cacucci.
Pelear en el bando ganador tragándote tus principios, o desertar ante la visión de la injusticia y el salvajismo cometidos por un ejército invasor en el que la ética y la humanidad hacía tiempo se habían perdido. Es el dilema al que se enfrentó John O'Riley en 1846 en el duro desierto entonces mexicano –hoy estadounidense–, un relato que recupera ahora el italiano Pino Cacucci en Los de San Patricio (Hoja de Lata, 2016).
 
En 1846 comenzaba la guerra entre una nación emergente que quería mostrar al mundo todo su poder, Estados Unidos, y un México heredero del imperio español, que poseía una buena parte del territorio actual del país más poderoso del mundo. En plena expansión, las barras querían añadir más estrellas a su bandera y, para empezar, Texas estaba en el punto de mira, aunque también la rica Alta California y otros territorios al oeste de la frontera yanki.
 
Diez años antes del inicio de las hostilidades, el territorio separatista mexicano, colonizado por emigrantes anglosajones, había proclamado su independencia. Entre las causas, los lazos culturales y religiosos con sus vecinos del norte, la prohibición mexicana de poseer esclavos o el fin de la amnistía fiscal que el gobierno había ofrecido por siete años a los colonos anglos. Todo mezclado con una buena dosis de odio racial y supremacía blanca. 
 
Con la llegada al mando del ejército del autoritario general Antonio López de Santa Ana, México pretendió desarmar a los colonos y establecer una línea defensiva entre Texas y los EE UU para frenar el expansionismo yanki. No sólo no lo consiguió, sino que además se vio envuelto en una guerra que finalizó con la derrota mexicana en la batalla de San Jacinto, en la que Santa Ana, capturado, reconoció la independencia de un Texas expandido hasta el río Bravo y no hasta el Nueces, como aparecía en los mapas internacionales.        

 
Tras una década de independencia, Texas ingresaba en 1845 como un Estado más de la unión norteña y la tensión sobre las fronteras de dicho estado con el sur pobre estallaba, brindando una oportunidad de oro a los yankis para realizar su planes expansionistas. 
 
Un joven irlandés, emigrado de su tierra cuando las escasas tierras familiares no daban ni raíces para comer, se encontraba entre las tropas que los yankis mandaron para apoyar a sus súbditos sureños, cuyas partidas de rangers eran el terror de la población mexicana. Se había alistado tras llegar una Nueva York que recibía a pedradas a “la escoria papista irlandesa” y en el que el racismo y el odio religioso de los colonos nativos WASP imperaba como forma de vida, no sólo contra indios americanos, mexicanos o esclavos negros, sino también contra los irlandeses que les quitaban el trabajo y “traían pobreza y enfermedades”, tal como rezaban las proclamas de los establecidos varias generaciones antes. Unas ideas con las que también comulgaban gran parte de las fuerzas del orden y militares. El ejército, de hecho, prohibía el uso del gaélico, idioma natal de Riley.     
Los de San Patricio cuenta la historia del sargento Riley, y de cientos de irlandeses, polacos, alemanes, judíos y esclavos negros huidos del norte que cruzaron a lo largo de tres años de contienda las líneas enemigas para pelear contra un ejército en el que hordas de colonos masacraban a la población mexicana que encontraban a su paso y violaban a mujeres –y niñas, tal como relata Cacucci– con el consentimiento de la oficialidad yanki.  
 
No sólo iban en busca de una sociedad que no les tratase a patadas, sino que además decidieron abrazar a sus antiguos enemigos, a pesar de estar mucho peor equipados y estar claramente abocados a la derrota. Lucharon como Batallón de San Patricio, en una especie de primeras brigadas internacionales de la historia, en las batallas de Monterrey, la Angostura, del Cerro Gordo y de Churubusco, esta última ya a las puertas de Ciudad de México.        

 
Los pocos supervivientes de los enfrentamientos murieron, acusados de traición a los Estados Unidos  y para dar ejemplo ante la avalancha de deserciones –9.207 según los datos de la U.S Army, aunque la cifra se considera minimizada– que registraba el ejército invasor. 
 
Riley, líder hasta el final del batallón, sobrevivió. Sólo para ser marcado con una gran D, de deserter, grabada a fuego en su cara y tras años de trabajos forzados. Fue el único que, años después de una contienda que hizo perder a México la mitad de su territorio en beneficio de EE UU, podía seguir evocando el grito de guerra que no sólo irlandeses cogieron como suyo, sino también hombres de diferentes razas y religiones que lucharon junto a los mexicanos codo con codo para no traicionar sus principios: Erin go brah, Irlanda por siempre
Tags relacionados: Estados Unidos Irlanda Texas
Imprimir Imprimir
Versión PDF PDF
Enviar
Corregir
+A Agrandar texto
+A Disminuir texto
Licencia

comentarios

1

  • |
    Nui
    |
    09/09/2016 - 5:06pm
    me ha gustado mucho el articulo... voy a indagar mas sobre ello.. gracias, Pablo