Literatura
Max Aub en Lesbos

La vida y la obra del escritor Max Aub estuvo definida por el exilio.

09/08/16 · 7:00
Un niño recién llegado a Lesbos tras la travesía por el mar. / Charles-André Habib

También nosotros cruzamos el mar hasta agotar los barcos. Hoy es inevitable recordar aquel tiempo en el que los indeseables que se agolpaban en la frontera y junto al mediterráneo eran españoles y no sirios. Cuando se exportaba la Marca España a golpe de exilio. Incluso el presidente de la Comisión Europea, cínico entre cínicos, llegó a referirse a los refugiados españoles en uno de sus discursos sobre la cuestión siria.

Sin embargo, aquí siguen siendo todavía tema controvertido, reivindicados por los de siempre e ignorados por los de siempre. ¿O alguien imagina a Rajoy apelando a la España exiliada? Ni siquiera en el Congreso, donde uno puede hablar sin temor a que le presten atención. Desgraciadamente, la única herencia de nuestro pasado reciente que logra cierto consenso sigue siendo el miedo.

Será porque los países no tienen costumbre de escuchar a sus exiliados –que para eso los exilian– y sólo atienden al idioma de las remesas. Será también porque nuestros refugiados guardan voces dinamiteras, gente que escribió alto y claro, como Max Aub.

Se podría decir que Aub fue un refugiado profesional. Su familia llegó a España huyendo de la primera guerra mundial, y luego él acabó en México huyendo del prólogo de la segunda. Antes de llegar allí estuvo en Francia y pasó por el campo de concentración de Roland Garros, por el de Vernet y por el de Djelfa, en Argelia. Luego fue volcando sus experiencias en novelas, cuentos, poemas y obras de teatro, muchas de ellas incomprensiblemente descatalogadas o por reeditar. Gerard Malgat sugería, a propósito de la escasa distribución del autor en Francia, que allí no les gusta recordar sus errores. Aquí, por puñetería, no recordamos ni nuestros aciertos.

Para muestra su relato Enero sin Nombre, que cuenta la travesía de quienes huyeron del fascismo en aquel enero innombrable de 1939. Un reguero de bultos y carros que cruza Figueres en dirección a Francia, como el que este invierno cruzó los balcanes camino de Alemania. Siempre la misma columna, que entonces copaba las portadas de la derecha francesa y hoy la propaganda de UKIP.

La historia no cambia y sin embargo Aub hace algo inesperado y genial: no es él quien nos habla, sino un árbol. Un haya para más señas, altiva, que desde el borde de la carretera ve pasar con curiosidad la gente y anota sus conversaciones, sus lamentos, sus culpas a toro pasado, y sus esperanzas. Esa mirada extrañada renueva el dolor de cada detalle en una imagen a la que ya entonces andarían acostumbrados. El juego literario es marca del autor, aunque se sabe cronista. Él inventa, pero no miente.

En esa línea escribe Manuscrito Cuervo, que vendría a ser como si el Principito sobrevolase un campo de concentración. Jacobo, el cuervo que escribe la obra, estudia el funcionamiento del campo de Vernet y lo toma por el de nuestra sociedad, sin que por ello se resientan sus conclusiones, ni envejezcan. Ve a los hombres como seres paradójicos, que hacen lo que no quieren y que para ello inventaron quien les mande. Así "cifran su ideal en la libertad, amontonando fronteras. Quieren viajar para aprender, su máxima ilusión, e inventaron los pasaportes y los visados para entorpecer su paso". Jacobo deduce que la burocracia debe ser algún tipo de dios. Eso explicaría por qué hoy nos dicen que, para mayor garantía, las deportaciones se harán conforme a las leyes europeas y, para mayor garantía, las leyes europeas se harán conforme a las deportaciones.

En su reciente ensayo, La Guerra Civil como moda literaria, David Becerra enumera los vicios de las novelas actuales sobre el tema: vana equidistancia, desideologización y liquidación de la historicidad. No se me ocurre mejor contraejemplo o complemento que Campo Francés de Aub.

En ella se describe la Francia de preguerra que se debate entre la desidia y el anticomunismo. Pero lo interesante de la novela es su forma de guión ilustrado. Aub incluye carteles e imágenes de la prensa de entonces, que van recogiendo el paulatino avance del fascismo, de modo que Campo Francés es como leer una película montada en paralelo: dos prisioneros discuten sobre el pacto germano-soviético y a su lado Molotov pasea con von Keitel; unas viejas juegan a las cartas, y a su izquierda se ve a judíos cavando fosas. La novela ata lo privado con lo público y distancia al lector, como haría Brecht, para forzar su reflexión entorno a la connivencia de los estados europeos con el fascismo. De nuevo, todo resulta familiar: la extrema derecha vuelve a crecer y acecha mientras en el telediario dicen que los atentados en Turquía beneficiarán la temporada hotelera local.

Por último habría que mencionar el poemario que Aub escribe en el campo de Djelfa. En él retrata a otros prisioneros españoles así como las condiciones inhumanas que padecen y que les convierten en roedores de huesos, en ex-hombres. Escribe sobre el paisaje, el de la España que recuerda y el que ahora le rodea –"¡Horizonte roído de miradas!"–. Por momentos, Diario de Djelfa es una obra que hoy puede leerse boca abajo: "¡Viento, si muero/ lleva mi polvo/ más allá del Estrecho!" puede decirlo tanto un español en Argelia como un eritreo en España.

Quizás lo más original y concerniente es cómo Aub se identifica con sus guardianes argelinos, no porque sean iguales, sino por lo que comparten en tanto que sometidos a la autoridad francesa: "Parece que los dos/ tengamos igual guarda/ y nos llegará el día/ de la misma almenara". Ese sentimiento solidario que no rehúye la diferencia es el germen de lo que algunos como Zizek reivindican para hacer frente al actual auge de la xenofobia: una conciencia de clase que cruce las alambradas. En este sentido, Aub nos ofrece un último servicio: abofetear el presente y preguntarle a qué tanto odio al de fuera, si todo pobre es un migrante con las maletas por hacer.

Como él mismo escribe, su obra está "atada al recuerdo, se desdibuja, palidece y cobra virtud fantasmal según los fantasmas de cada lector". Hoy el fantasma de Aub cruza Europa de Lesbos a Londres, y leerle es una de esas deudas con nuestro pasado que son gratas de pagar.

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